BRASIL EN EL PUNTO DE MIRA ¿SOCIALISMO REVOLUCIONARIO O SOCIALDEMOCRACIA CAPITALISTA?

No es fácil tener una opinión cerrada sobre los acontecimientos que tienen lugar en Brasil con respecto a la celebración del mundial de fútbol que comienza este jueves 12 de junio. Son muchos los factores que hay que tener en cuenta a la hora de juzgar políticamente al gobierno brasileño. Su gestión parece moverse en un mar de contradicciones. De fondo, la eterna disyuntiva entre aquellos sectores “de izquierdas” o “progresistas” que piensan que dentro del capitalismo neoliberal se puede gobernar para las clases trabajadoras y populares, y aquellos otros que entendemos que dentro del sistema no se pueden acometer los cambios profundos necesarios que nos conduzcan hacia una plena soberanía popular y una verdadera democracia integral. ¿Socialismo revolucionario y realmente transformador, o Socialdemocracia reformista y continuista del capitalismo?

 
Es innegable que en los últimos once años de gobierno del Partido de los Trabajadores se ha avanzado mucho en la lucha contra la pobreza. En la última década 20 millones de personas han salido de la pobreza mientras que 35 millones de brasileños pasaron de la clase baja a la clase media. Se ha incrementado el salario mínimo y el acceso de la población a la educación y la sanidad, entre otros servicios públicos. También es cierto que el gobierno ha recuperado en parte la propiedad y la gestión de algunas empresas de sectores como el petrolero (Petrobras) que han mejorado los ingresos del Estado. Algunos datos brutos arrojan en principio un saldo favorable para la gestión de Lula da Silva y Dilma Rousseff.
 
Ahora bien, ¿es este el desarrollo social que se podía esperar y las políticas que se deben exigir a un gobierno de izquierdas de una potencia emergente mundial como Brasil? Evidentemente no. La reducción de la pobreza no ha sido exclusiva de Brasil, sino que ha sido una constante en los últimos años en toda la región, incluido en aquellos países donde ha gobernado la derecha neoliberal más reaccionaria, como en Colombia o Chile. Otros países como Venezuela y Ecuador están bastante por delante de Brasil en la reducción de la pobreza. El número de millonarios brasileños también se ha incrementado notablemente en estos últimos años. Las grandes corporaciones todavía controlan la mayor parte de los recursos naturales y los sectores estratégicos del país. Brasil sigue siendo uno de los países más desiguales y más latifundistas del mundo. Los avances se han mostrado claramente insuficientes porque las clases capitalistas nacionales y extranjeras siguen manejando la economía brasileña y apropiándose de su riqueza. Este es el mismo problema que existe en todas las demás economías capitalistas del mundo.
 
En un país con unas tasas de pobreza todavía inaceptables, donde existen unas clases trabajadoras que a pesar de reconocer lgunos avances de los últimos años están reclamando mayores derechos laborales y sociales, no parece una decisión muy inteligente ni muy justa celebrar un campeonato mundial de fútbol que lejos de beneficiar a largo plazo a las clases populares sólo beneficiará a corto plazo a las grandes corporaciones y oligarquías locales. Para liberar los terrenos donde han se ha construido las instalaciones deportivas necesarias para el Mundial, el gobierno progresista brasileño ha expulsado a 250.000 personas de sus barrios, muchas de ellas todavía no han recibido ninguna indemnización o fueron indemnizadas pero muy por debajo del valor del inmueble. Y la situación se agrava aún más si la gestión de esas inversiones es además manifiestamente corrupta y especulativa, como es el caso.
 

“(…) En ese sentido, el Mundial ha sido  revelador. Para denunciar, por ejemplo, esa forma de hacer negocios turbios con el dinero público. Sólo en la construcción de los estadios, el coste final ha sido un 300% superior al presupuesto inicial. Las obras fueron financiadas con dinero público a través del Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES), el cual confió la edificación de los estadios y las gigantescas obras de infraestructura a empresas privadas. Estas, con frío cálculo, programaron el retraso en los plazos de entrega, con vistas a realizar una extorsión sistemática. Pues sabían que, ante las presiones de  la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA), cuanto más se retrasara la construcción, mayores serían los pagos adicionales que recibirían. De tal modo que los costes finales se triplicaron. Las protestas denuncian esos sobrecostes efectuados en detrimento de los precarios servicios públicos ofrecidos en educación, salud, transporte, etc. (…)” [Brasil, fútbol y protestas,- editorial de Ignacio Ramonet en Le Monde Diplomatique]

              (Indigentes en Río de Janeiro. Brasil es uno de los países que tiene peor distribución de la riqueza. /ap)

Las protestas de las clases populares de Brasil, que ya se iniciaron en 2013 coincidiendo con la celebración de la Copa Confederaciones, están más que justificadas. Como lo estarían en España si la ciudad de Madrid hubiera sido elegida para celebrar los Juegos Olímpicos de 2016 o 2020 cuando en España más del 30% de la población está viviendo por debajo del umbral de la pobreza, incluidos tres millones de niños españoles y seis millones de desempleados. Además del despilfarro del dinero público, muchos ciudadanos protestan también contra la privatización de la Sanidad, o por los obreros muertos e incapacitados en accidentes de trabajo durante las obras del Mundial, o denunciando la situación de los niños y adolescentes que son víctimas de explotación sexual con la llegada de turistas, o por los derechos de los trabajadores ambulantes a los que se les ha prohibido vender cerca de los estadios, o por los manifestantes y familias desalojadas a la fuerza de sus casas sin el derecho a otra vivienda. [leer La Marca Brasil de Dilma]

“Muchas protestas son dirigidas directamente contra la FIFA, no sólo por las condiciones que impone para proteger los privilegios de las marcas patrocinadoras del Mundial (Coca Cola, McDonald’s, Budweiser, etc.) y que son aceptadas por el Gobierno, sino también por las reglas que impiden, por ejemplo, la venta ambulante en las cercanías de los estadios. (…)”

Los partidos opositores de la derecha brasileña y otros sectores extremistas han organizado también movilizaciones violentas en contra del gobierno aprovechando la coyuntura social y mediática del país. Aunque los medios de comunicación metan todas las movilizaciones en el mismo saco, debemos saber diferenciar entre las legítimas protestas de los trabajadores y clases más humildes, y las perversas movilizaciones de la oposición derechista que pretenden desacreditar y debilitar al gobierno frente a las próximas elecciones presidenciales del 5 de octubre. Estas últimas de corte violento se han ido reduciendo debido a que – según las encuestas – dos tercios de la población brasileña las rechazan. [ver análisis de Breno Altman, director del periódico brasileño Opera Mundi]
 
Tampoco debemos olvidar el papel que juega Brasil como impulsor del proceso de integración que vive América Latina y el Caribe, construido al margen de la hegemonía y el histórico colonialismo estadounidense. Aquí también se producen aparentes contradicciones. Las mismas corporaciones que actualmente desarrollan jugosos negocios en Brasil bajo el gobierno de Dilma Rousseff, no tendrán ningún inconveniente llegado el momento en  derrocar a este gobierno y colocar en su lugar a un gobierno títere de EE.UU que boicotee la integración regional latinoamericana y venda la soberanía del país por completo. Si no lo han hecho ya – como están intentando con el gobierno de Maduro en Venezuela – es precisamente por las facilidades que el gobierno brasileño brinda a los capitales internacionales para incrementar su beneficios.
 
Pero estos imposibles equilibrios y vaivenes ideológicos en los que se maneja el gobierno de Dilma Rousseff pueden tener los días contados. Brasil forma parte de los llamados BRICS, el grupo de potencias emergentes que de la mano de Rusia y China están desplazando a EE.UU como primera potencia hegemónica mundial – algo que ya es un hecho. Y no solo eso, sino que estos países pueden arruinar la economía de EE.UU si deciden abandonar el dólar como moneda de referencia para las transacciones comerciales y financieras internacionales, una decisión que discutirán en la próxima Cumbre de los BRICS que tendrá lugar a mediados de julio en Fortaleza, Brasil. Si esto se lleva a cabo tal y como parece, y a pesar de la docilidad del gobierno de Dilma Rousseff ante los grandes capitales internacionales y las clases capitalistas locales, es muy probable que dentro de un tiempo asistamos al nacimiento y bendición mediática de una “primavera brasileña”. Los precedentes de Sadam Hussein en Irak, o de Muamar Gadafi en Libia, deberían servir como muestra del riesgo que corren los gobernantes que cuestionan el petrodólar. De momento Brasil ya se encuentra rodeada por 25 bases militares de EE.UU (y con 13 bases rodea también a Venezuela).
 

En cierta medida me resulta difícil censurar totalmente la acción del gobierno de Lula-Rousseff, quizás porque sé que está en el punto de mira del Imperio, y porque soy consciente de su fuerte influencia positiva en la integración de los pueblos de Latinoamérica, y porque además la “alternativa” supondría una vuelta al pasado todavía peor que nadie desea para Brasil. Sería injusto no reconocer los importantes avances de estos últimos años, pero sería igual de injusto y muy poco ético por nuestra parte mirar para otro lado cuando hay demasiados motivos para la crítica o incluso para la rotunda condena en algunas de sus decisiones políticas (como la expropiación de tierras a los campesinos autóctonos en favor de las multinacionales). Además la crítica es un ejercicio democrático imprescindible si se quiere avanzar desde la izquierda y no desilusionar y perder el apoyo de las masas populares a las que supuestamente dicen defender.

Lo que sí tengo claro y de nuevo queda demostrado observando el caso de Brasil y de otros gobiernos progresistas de la región, o a los gobiernos “socialdemócratas” en Europa, es que resulta imposible “humanizar el capitalismo”. Las clases dominantes que detentan el poder y que gestionan y se adueñan de las economías capitalistas jamás van a permitir que se implementen las reformas necesarias para empoderar a las mayorías sociales y democratizar la riqueza. No basta con repartir las limosnas que nos dejan, como propone la socialdemocracia en el mejor de los casos. La dignidad de las personas no puede depender de las “fluctuaciones de los mercados”. Las políticas sociales o asistenciales, aunque sean necesarias y urgentes a corto plazo, no pueden convertirse en un fin. No se trata de subvencionar la pobreza eternamente, sino de dotar al pueblo trabajador de las herramientas necesarias para que ellos mismos se organicen y tomen las riendas de la economía y de la vida política de su país. Se trata de cuestionar y revertir la propiedad y la gestión de todos los recursos del Estado y de sus instituciones. Y para ello es imprescindible traspasar el poder desde las clases capitalistas hacia las clases trabajadoras y populares. Transitar del capitalismo y su lógica mercantilista hacia el Socialismo y su lógica de la igualdad y la justicia social. En Brasil esto segundo está todavía por hacer, y las mismas clases populares que auparon con condiciones al Partido de los Trabajadores al poder, pueden cansarse de tanto esperar.


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