ELECCIONES GENERALES EN ESPAÑA 2016: LA DICTADURA DEL CONSENSO O CÓMO LA IZQUIERDA ABANDONA SUS PRINCIPIOS

Tras meses de espectáculo mediático-político en busca de un nuevo gobierno títere que aplique la agenda económica impuesta por “los mercados”, se anuncian nuevas elecciones generales en España. Parece que existe un “consenso” entre la opinión pública y la opinión publicada en considerar esta nueva convocatoria electoral como una señal del “fracaso de los políticos” y una “mala noticia para todos” debido a la falta de entendimiento existente entre los partidos mayoritarios. Sin embargo mi visión es bastante distinta y se sale de ese supuesto “consenso” establecido.

No acabo de entender porqué algunos sectores de izquierdas en España tienen esa aparente obsesión por el “pacto de gobierno” y el “consenso” político. Los pactos de gobierno, si es que se alcanzan, son en principio legítimos, pero no son obligatorios. Un pacto de gobierno per se no significa nada en absoluto. El pacto, como la propia existencia de los partidos políticos o los movimientos sociales, no son un fin en si mismo, sino un instrumento de transformación social. Por lo tanto, será la composición programática de esos pactos o acuerdos políticos, y su capacidad o no para revertir la balanza de poder dentro del Estado y de la sociedad en favor de las mayorías trabajadoras y populares, lo que haga de esos pactos un instrumento útil o inútil y defina ideológicamente a quienes lo componen. No hay que preguntarse tanto por “quiénes” van a formar parte del futuro gobierno, sino qué políticas concretas y qué modelo económico se van a implementar y a qué clases sociales van a beneficiar.

 
Esta reflexión tan elemental, no existe en el panorama político-mediático español. No existe debate de ideas sino propaganda partidista que busca entretener a los ciudadanos para evitar dirigir la mirada hacia la raíz de los problemas. Importa más la imagen de los candidatos, el marketing político, el mensaje corto y directo que no requiera reflexión… que el análisis riguroso de los hechos y la profundidad y el objetivo real de las ideas que se defienden.   
 
Tampoco entiendo cuál es el problema de volver a celebrar unas nuevas elecciones generales. Si los argumentos utilizados para criticar las próximas elecciones generales pasaran por denunciar lo poco democrático, proporcional y representativo que resulta el sistema electoral español, o el papel decisivo y parcial que juegan los sesgados medios corporativos en la decisión que deben adoptar los ciudadanos, estaría totalmente de acuerdo en la crítica ante el nuevo escenario electoral.

Pero, en este caso concreto, la crítica por la convocatoria de unas nuevas elecciones generales, además de por su fondo, también debería hacerse por su forma. Me explico: salvo que se quiera correr el riesgo de repetir los resultados de las elecciones del 20N y su posterior espectáculo mediático-político, y en honor a la trasparencia  democrática y a la honestidad política, aquellos partidos políticos y organizaciones sociales que lo consideren necesario deberían presentar por adelantado sus “pactos de gobierno” y sus programas conjuntos, antes de someterlos a la voluntad popular. Es decir, que los ciudadanos tengan la posibilidad de votar no sólo el programa electoral sino a los partidos o coaliciones y dirigentes políticos que deben implementarlo. En el actual contexto político, ésta sería una propuesta novedosa y muy necesaria que obligaría a los partidos a retratarse de antemano, antes de las elecciones, mostrando sus cartas sin posibilidad de trucos y traiciones posteriores a sus electores. Como también lo sería establecer un porcentaje de participación electoral mínimo que de no alcanzarse invalidara el resultado electoral. Esto daría sentido a la abstención como herramienta social de protesta (que hoy en día no lo tiene al no existir por ley  ese porcentaje mínimo de participación), y a la vez acabaría con el llamado “voto útil” al que se aferraban en el último momento muchos ciudadanos desencantados con la política y con el sistema y que tanto se ha manipulado desde el bipartidismo político y mediático durante tantos años. 

 
Estas y otras muchas críticas deberían estar encima de la mesa en estos momentos. Pero… ¿de verdad que lo que más le preocupa a la izquierda es “el excesivo gasto” que supone para el Estado la celebración de unas nuevas elecciones? ¿Es ahí donde coloca el foco del debate la izquierda española? No hagamos demagogia, por favor, dejémosle ese papelón al Jefe del Estado no electo, Felipe de Borbón, representante mayor del IBEX 35 y defensor a ultranza de la OTAN.
 
El problema de la actual situación política en España no deriva del excesivo gasto que suponen unas nuevas elecciones, ni de la falta de entendimiento existente entre las fuerzas políticas mayoritarias, algo en cierta manera lógico entre partidos que se presentan ante los ciudadanos como “la alternativa” y dicen ser distintos entre sí (más allá de que lo sean o no). El problema político más grave que tenemos en España es que no existen dos o más modelos económicos enfrentados y que los ciudadanos tengan la opción de elegir en las urnas. No hay una verdadera pluralidad política e ideológica entre los partidos y candidatos con opciones de gobernar. Tal y como estamos viendo en el régimen de EE.UU. en estos momentos, los ciudadanos deben elegir entre lo malo (Donald Trump) y lo peor (Hillary Clinton). No existen en España dos o más bloques políticos y sociales con opciones reales de gobernar que presenten propuestas antagónicas entre sí y que éstas sean sometidas a la voluntad popular. En España, desde hace décadas, los ciudadanos votan por un candidato y por unas siglas utilizadas como “marca electoral”, pero no por un modelo de Estado, de país, de sociedad…
 
Lo vimos una vez más tras las pasadas elecciones del 20 de noviembre de 2015. Tal y como escribí en aquel momento, “la izquierda perdió las elecciones, no hay cambio ni motivos para la alegría” [El Mirador Global, 21/12/2015]. Los partidos neoliberales obtuvieron una mayoría rotunda y absoluta. Partido Popular, PSOE, Ciudadanos y otros pequeños partidos de su órbita ideológica obtuvieron la inmensa mayoría de los escaños parlamentarios. La mayoría del Parlamento o Congreso de los Diputados en España es de pensamiento neoliberal y pro-imperialista. Claro que, aquí, al realizar esta afirmación y este análisis, llegamos a un punto clave que explica, en parte, el fallido discurso y la errónea estrategia de la izquierda. La ceguera y la trampa dialéctica en la que cae continuamente la izquierda se puede resumir y entender teniendo en cuenta lo siguiente:
 
El PSOE desde los tiempos de Felipe González en adelante no es un partido de izquierdas. No puede ser colocado en ese lado de la orilla. La izquierda no puede pactar con “socio-liberales”, sino desenmascarar sus políticas y sus vínculos con el poder económico. Como tampoco son de izquierdas los mal llamados “medios progresistas” como El País, la cadena SER, La Sexta, Cuatro, etc. Los dirigentes de la izquierda deben perder el miedo a decírselo a la cara, presentando ante los ciudadanos las evidencias que lo demuestran. La izquierda debe perder el miedo a la amenaza del “aislamiento” político y mediático, que es el mismo “aislamiento” con el que el poder económico occidental trata de amedrentar a aquellos países y gobiernos soberanos que no se someten a sus intereses. La izquierda debe hablar de la lucha de clases existente, de la vigencia de las ideologías hoy más que nunca. Explicarle al pueblo trabajador que existe otra versión de los hechos y una visión multipolar del mundo distinta a la vieja visión unipolar que nos imponen los medios y gobiernos desde occidente basada en la hegemonía de EE.UU. y sus corporaciones sobre el resto de los pueblos del mundo. Que nosotros, desde Europa, formamos parte de los verdugos, estamos en el bando agresor; y que la izquierda quiere estar con las víctimas de su neocolonialismo. La izquierda debe perder el miedo y abandonar la dictadura del “consenso” que imponen las clases dominantes a través de sus medios corporativos.
 
El consenso neoliberal, el de Washington, el del pensamiento único, el de un único modelo económico posible impuesto a partir de los años 80 con toda su radicalidad por Reagan y Thatcher (“There is no alternative”, “No hay alternativa”, decía su eslogan hoy todavía vigente) y todos los presidentes occidentales posteriores, incluidos los socialdemócratas europeos y españoles, como por ejemplo el expresidente Felipe González, alumno aventajado del neoliberalismo y hoy en día ejerciendo como representante y portavoz de las grandes corporaciones apoyando todos los golpes de Estado o “golpes suaves” en Latinoamérica y todas las guerras económicas imperialistas en Medio Oriente y África o Europa del Este, rebautizadas ahora como “Primaveras Árabes” o las “revoluciones de colores” que tanto inspiran a la izquierda pro-imperialista, como el Euromaidán  en Ucrania del que ahora ya nadie quiere acordarse.

Ese modelo de globalización capitalista, imperialista, esa ideología neoliberal y las grandes corporaciones financieras y empresariales que la promueven, son el verdadero enemigo de las clases trabajadoras, de la democracia y de la izquierda política y los movimientos sociales en todo el mundo. Quien no se oponga a ese modelo de supremacía del capital sobre los seres humanos, sencillamente se sitúa fuera de la órbita ideológica de la izquierda.

La izquierda del siglo XXI es anti-neoliberal. Sus propuestas desde la oposición y sus políticas desde el gobierno si lo alcanza, deben ir encaminadas a la construcción de una alternativa clara y concreta al Neoliberalismo. Si la izquierda pacta o apoya a gobiernos neoliberales (como los del PP y el PSOE en España) o aplica esas mismas “políticas estructurales” o de “ajuste presupuestario” cuando gobierna (como el caso de Syriza en Grecia) pierde los valores tradicionales de la izquierda y se convierte en un instrumento más del poder económico dominante. Y cuando esto ocurre hay que señalar a los culpables con el dedo y ponerles frente a sus propias contradicciones. Una valiente e imprescindible tarea que la izquierda española, y la izquierda europea en general, todavía no ha hecho.

Gane quien gane las siguientes elecciones los grandes “consensos” políticos seguirán intactos en España: ni la monarquía española, ni el Euro, ni los tratados europeos (empezando por Maastrich), ni el sistema financiero internacional, ni la OTAN, ni la propiedad de la tierra, ni la propiedad de los sectores estratégicos de la economía, ni la propiedad de los grandes medios de comunicación, ni la centralidad del mercado, ni los tratados de “libre” comercio, ni el imperialismo económico occidental… se van a poner en cuestión por los ganadores de las elecciones.

 
Desde que en 1989 Francis Fukuyama lanzara a través de un artículo la teoría de la “muerte de las ideologías”, los globalizadores capitalistas han extendido por el mundo una única forma de gobierno posible que pueda ser controlado desde los centros del capitalismo financiero occidental por el poder económico encarnado en las grandes corporaciones financieras e industriales. Muchos movimientos sociales y políticos que mantienen vigente su estrategia de lucha de clases y se niegan a arrodillarse ante el capital y las oligarquías son duramente reprimidos o incluso asesinados, como vemos con especial énfasis en América Latina, con Colombia como paradigma de la represión con 534 activistas políticos asesinados en los últimos 5 años. En Europa y más concretamente en España no hecho falta llegar a tanto. Gran parte de la izquierda, o al menos aquella izquierda más visible mediáticamente y con más poder de convocatoria, ha entregado sus armas al enemigo y ha vendido su alma al mejor postor (por no hablar de los grandes sindicatos del régimen español, UGT y CC.OO, que merecerían un capítulo aparte).

Bajo este panorama de sumisión de la izquierda ante el pensamiento dominante, y una vez desarmados ideológicamente, las clases trabajadoras y los ciudadanos españoles ¿qué podemos esperar de unas nuevas elecciones en España celebradas dentro del mismo contexto legal, político, mediático, cultural, económico y social? ¿qué es lo que estamos eligiendo entonces cuando acudimos a las urnas en nuestra “democracia liberal”? Pues como diría el inolvidable Eduardo Galeano, estamos eligiendo “la salsa con la que vamos a ser cocinados”.


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  1. Loam

    Acertado análisis cuyas conclusiones comparto. Estamos atrapados en el insidioso bucle del oligopolio mediático (cuyos amos y dirigentes huelga nombrar), atrapados en la dictadura de su realidad paralela impuesta. El show impone la agenda y el programa, un círculo infernal aparentemente incontestable, difícil de romper, pero que hay que romper.

    Salud

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  2. Andrea Rodriguez

    Insuperable el análisis, Adolfo, 100% de acuerdo, siempre me preguntaba…”si son los mismos partidos, los mismos candidatos y los mismos que iremos a votar”…He estado dudando si votar o no, cada día menos ganas de participar en sostener este sistema nauceabundo. Un abrazo.

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