¿Será Arabia Saudí el verdugo definitivo de Estados Unidos?

La hegemonía global de Estados Unidos y la supremacía regional del criminal régimen saudí ejercidos desde el final de la Segunda Guerra Mundial han sido posibles en la medida en que ambos regímenes protegían mutuamente sus intereses. A raíz de unos acuerdos bilaterales alcanzados tras la crisis petrolera de 1973, fundamentalmente, Estados Unidos garantizaba a los Al Saud protección e impunidad a nivel internacional así como la expansión de sus negocios e inversiones por todo el mundo a cambio de que la primera potencia petrolera mundial utilizara el Dólar como moneda de referencia para el comercio petrolero internacional, permitiendo con ello que Washington (con un Dólar hipervalorado artificialmente) impusiera su hegemonía financiera, monetaria, económica, política y militar sobre el resto del mundo. Así viene siendo desde 1975 hasta nuestros días.

(Un capítulo aparte merecería la utilización del terrorismo yihadista como arma geopolítica desarrollada por Washington y Riad – con la ayuda inestimable de Israel  y otros regímenes «aliados» – desde al menos el año 1978-79 en Afganistán en contra de la Unión Soviética y hasta nuestros días en contra de la República Árabe de Siria quien, finalmente, ha salido victoriosa.)

A las élites políticas y económicas de ambos regímenes (corporativo/wahabí) les ha ido muy bien desde entonces. Pero los acontecimientos ocurridos en la última década, con la resurrección político-militar de Rusia de la mano de Vladimir Putin y el ascenso económico-financiero arrasador de China convertida ya en la primera potencia mundial, han puesto boca bajo el tablero geopolítico global poniendo en peligro, incluso, esta vieja relación Washington-Riad basada en el  petrodólar.

En estos momentos Arabia Saudí tiene en sus manos el futuro del imperio estadounidense. El régimen wahabí puede romper el equilibrio de poder global en favor de China y Rusia eliminando del tablero a Estados Unidos.

Obviamente esta hipótesis es arriesgada, pero existen hechos objetivos que indican que Arabia Saudí, pensando únicamente en su propia supervivencia y en sus intereses mercantilistas, podría verse obligado a dar un giro geoestratégico hacia Eurasia (China-Rusia básicamente, así como Irán e India, entre otros mimbros de la OCS y del BRICS) que podría suponer el punto final de la dictadura del petrodólar y por ende de la hegemonía integral estadounidense.

No es la primera vez que Arabia Saudí amenaza con hacer «colapsar al dólar» como una forma de presión sobre las decisiones políticas de Washington. Esto ocurrió, por ejemplo, en abril de 2016 cuando en el Congreso de Estados Unidos se debatía la aprobación de un proyecto de ley que permitiera juzgar al régimen saudí por su responsabilidad en los atentados del 11-S (el entonces presidente Barack Obama vetó personalmente aquel proyecto de ley, algo que el propio Congreso reprobó y anuló posteriormente).

Posteriormente los multimillonarios contratos para la venta de armas firmados en mayo pasado por Donald Trump y el rey Salman bin Abdelaziz, así como las duras amenazas del presidente estadounidense contra Irán, han hecho que las aguas vuelvan a su cauce entre ambos regímenes, al menos aparentemente.

Si no puedes con tu enemigo… únete a él

Pero la geopolítica provoca extraños compañeros de cama y deja al desnudo la hipocresía de los discursos oficiales. Primero fue Turquía, más tarde Catar, y ahora es la mismísima Arabia Saudí quien está cambiando por debajo de la mesa su estrategia y buscando un acercamiento hacia Irán, aliada estratégica de Rusia y China.

Nada menos que el diario globalista británico The Economist, uno de los principales órganos de propaganda del capital financiero anglosajón, informó el pasado 7 de septiembre sobre este acercamiento entre Arabia Saudí y los gobiernos chiítas de la región, principalmente Irán. En el artículo se viene a reconocer implícitamente la situación de debilidad interna y regional que atraviesa el régimen wahabí. La utilización de la «fuerza» ha fracasado, porque sus rivales son más fuertes, y ahora toca explorar otras alternativas mientras recuperan oxígeno.

El cambio puede estar en marcha en las relaciones hostiles de Arabia Saudita con los chiítas y su campeón, Irán. (…) Al ascender al trono en 2015, el rey Salman bin Abdelaziz y su joven hijo y ministro de Defensa, Muhammad, buscaron revertir la influencia de Irán de la región por la fuerza. (…) Dos años después, el príncipe Muhammad, que desde junio ha sido príncipe heredero, puede estar pensando de forma diferente. En lugar de enfrentarse a los diversos satélites de Irán, los está cortejando a ellos y a sus gobernantes chiítas. [The Saudis may be stretching out the hand of peace to their old foes,- The Economist, 7/9/2017]

Este giro aparentemente tan radical y que contradice absolutamente el discurso público de Arabia Saudí respecto a Irán y su posición en Oriente Medio, no obedece a un cambio ideológico de sus dirigentes o a una crisis de conciencia por los crímenes cometidos. Obedece más bien a un pragmático cambio de estrategia obligados por la actual coyuntura económica, política y militar a nivel regional y global.

No es nada personal, sólo son negocios

La caída de los precios del petróleo ha dejado un agujero en las cuentas públicas saudís que no parece cerrarse a pesar del repunte en el precio del crudo de los últimos meses. La fuga de capitales parece imparable y las reservas del Banco Central están en mínimos históricos. El régimen saudí se ha visto obligado a poner en marcha un plan de diversificación y modernización de su economía que está disparando el gasto público contribuyendo con ello a incrementar su déficit fiscal. A nadie se le escapa que Arabia Saudí es una potencia petrolera y todavía mantiene unas reservas de divisas muy grandes, pero aún así el Fondo Monetario Internacional (FMI) pronostica que de seguir por esta senda en 5 años el país se quedará sin los recursos financieros necesarios para cubrir sus gastos presupuestarios.

En paralelo a la caída de los ingresos, el régimen saudí financió desde 2011 la guerra contra Siria y todavía financia una guerra contra Yemen iniciada en marzo de 2015 que tiene perdida. En Siria sus terroristas fueron derrotados y su millonaria inversión tirada a la basura. En Yemen ocurre exactamente lo mismo. El príncipe heredero saudí Mohammed ben Salman está tratando de buscar una salida digna en Yemen, lo que conlleva obligatoriamente a que Arabia Saudí y Estados Unidos – entre otros – alcancen un acuerdo con Irán.

De nuevo comprobamos que la retórica pública y la propaganda mediática van por un lado, mientras que la pragmática realidad trascurre por otra senda más oculta.

A toda esta precaria situación económica y geopolítica saudí, hay que sumar una desestabilización social y política interna provocada por una guerra civil desatada contra los chiítas en la  gobernación de Qatif y una lucha por el poder entre las élites wahabitas que se están librando de forma soterrada en el reino petrolero.

Las implicaciones del asedio de Arabia Saudí sobre la ciudad de Awamiyah, en la periferia de Qatif, están empezando a surgir. Varias fotos que muestran la destrucción y las condiciones similares a las de una guerra civil en la ciudad, de mayoría chií, demuestran la intensidad del conflicto. (…). Las fuerzas centrífugas de la provincia son muy importantes por tres razones. La primera; la mayor parte de la minoría chíi de Arabia Saudí (algunos estiman que compone el 15% de la población) se concentra aquí. La segunda; la provincia alberga la mayor parte de las industrias petroleras y petroquímicas del reino. La tercera; se trata del acceso de Arabia Saudí al Golfo. (…). Pero lo más importante es que el intenso conflicto en Qatif amenaza con acabar con la nueva y más agresiva política exterior saudí, como demuestra la guerra en Yemen y los intentos de aislar a Qatar. [Maha Abdin, Arabia Watch, 12/8/2017]

Esta situación de retroceso e inestabilidad saudí contrasta con el crecimiento de sus principales competidores comerciales y adversarios políticos. La alianza estratégica en materia energética iniciada en 2014 entre Moscú y Pekín ha propiciado que desde marzo de este año Rusia haya desplazado a Arabia Saudí como el principal exportador de petróleo a China, que es el mayor importador de petróleo del mundo. China y Rusia comercializan el gas y el petróleo en Yuanes respaldados por Oro.

La República Islámica de Irán, potencia energética y principal enemigo regional de Arabia Saudí, fue la primera que abandonó el Dólar en sus transacciones energéticas con China, evadiendo así las sanciones occidentales. En el año 2012-2013 las sanciones impuestas por el régimen de Barack Obama obligaron a Irán a buscar nuevos mercados en Eurasia. India se convirtió en uno de sus socios estratégicos de primer nivel en detrimento de Arabia Saudí. India comenzó a pagar el petróleo iraní en Oro utilizando a Turquía como intermediario y esquivando así las sanciones estadounidenses. Desde enero de 2013 Irán también comenzó a aceptar Rupias indias como moneda para el pago de petróleo y gas. Irán ha triplicado sus exportaciones energéticas a la India desde que se levantaran las sanciones en enero de 2016.

Estas maniobras llevadas a cabo por Irán demuestran que el Dólar no es imprescindible para hacer negocios y desarrollar las economías de los países (más bien al contrario). Las sanciones de Estados Unidos, aunque no son deseables por ningún gobierno, ya no son efectivas, y además obligan a estos gobiernos sancionados a diversificar su economía y buscar nuevos mercados y socios comerciales, como también ocurrió con Rusia que terminó hermanándose estratégicamente con China ante la irracional y peligrosa hostilidad de Occidente (EE.UU-OTAN-UE).

Arabia Saudí sigue siendo el principal suministrador de petróleo de la India (un gigante en ascenso con más de 1.300 millones de habitantes, potencia nuclear y el tercer mayor importador de petróleo mundial), pero en los últimos años está perdiendo terreno en favor de las empresas rusas que han iniciado una fuerte campaña de inversiones energéticas en el país.

Después de fallidas conversaciones con Saudi Aramco, Essar Oil podría vender 49% de su negocio a Rosneft a cambio de $5,5 millardos y un acuerdo de suministro de 200 mil barriles diarios (MBD) a 10 años. Parte de ese crudo ahora podría venir de las empresas mixtas en las que participa Rosneft en Venezuela.
Por otra parte, el gobierno indio ha animado a las empresas petroleras públicas y privadas a adquirir activos petroleros en el extranjero, desde Rusia y Sudán hasta Venezuela, como una forma de garantizar su seguridad energética. Después de un período de cierto retraimiento tras la crisis económica mundial, las empresas petroleras indias parecen estar mirando de nuevo al extranjero, con Ongc, Indian Oil, Oil India y Bharat Petroleum pagando $4,2 millardos, para adquirir participaciones en campos de Siberia Oriental de Rosneft.
Además, estas empresas indias están haciendo una oferta por 22% de Adco en Abu Dhabi. [India: un elefante sediento de petróleo ,- Kenneth Ramírez, diario venezolano El Mundo (Economía y Negocios), 21/8/2016]

Por otro lado Venezuela, que recientemente anunció que también abandona el petrodólar, es el cuarto suministrador petrolero de India y las transacciones entre ambos se realizarán a partir de ahora en monedas distintas al Dólar (Rupias y Yuanes básicamente). India es además miembro de los BRICS y de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), organismos que representan a la mitad del planeta tanto en términos demográficos como económicos.

Añadan a toda esta ecuación a Catar, que ya opera en Yuanes en su comercio con China, y se encontrarán con que algunos de los mayores exportadores de petróleo y gas natural del mundo y los dos países más poblados del planeta y que más hidrocarburos importan están abandonando o lo han hecho ya el Dólar como única moneda de referencia para sus transacciones.

[leer también: La guerra por el mercado europeo del gas o el suicidio del imperio estadounidense]

En esta extraordinaria coyuntura internacional Arabia Saudí tendrá que decidir si sigue perdiendo terreno geoestratégico de la mano de un imperio en decadencia, o se abraza al salvavidas euroasiático, lo que conlleva abandonar la exclusividad del petrodólar. Por el momento el régimen wahabí no ha tenido más remedio, para disgusto del imperialismo norteamericano, que recurrir a China para financiarse en Yuanes y tratar de revitalizar su economía.

Arabia Saudita está dispuesta a  financiarse en yuanes chinos (…) lo que plantea la posibilidad de estrechar las relaciones financieras entre los dos países. El gobierno saudita ha comenzado a pedir prestados decenas de miles de millones de dólares en el extranjero en el último año para cubrir su gran déficit presupuestario causado por los bajos precios del petróleo, pero sus emisiones de bonos y préstamos extranjeros han sido denominados en su totalidad en moneda estadounidense. La obtención ahora de fondos en yuanes podría darle a Ryad más flexibilidad financiera y marcaría un éxito para China, el mercado más grande para el petróleo saudí, en su campaña para hacer del yuan una moneda internacional de primer nivel. [Saudis may seek funding in Chinese yuan, Reuters, 24/8/2017]

Rusia y China han creado en los últimos años la infraestructura financiera necesaria para poner en marcha un sistema monetario internacional alternativo al petrodólar (aunque también es cierto que existen algunas contradicciones dentro de los BRICS que parecen retrasar este cambio, como explica el economista y analista geopolítico Peter Koenig en uno de sus recientes artículos: BRICS – Potential and Future in an Emerging New World Economy). Solo falta que de forma oficial y definitiva por fin se anuncie este cambio histórico de paradigma en la arquitectura del poder mundial.

¿Todavía no se lo creen? Hablemos de China y de la petrolera saudí Aramco

Debido a su delicada situación financiera el régimen wahabita anunció en 2016 que se disponía a privatizar el 5%, (por el momento) de su empresa estatal de petróleo Aramco, la mayor empresa petrolera del mundo. El dinero de esta venta serviría, según el régimen wahabí, para financiar el ambicioso y costoso Proyecto Visión 2030 mediante el cual Riad pretende diversificar su economía hasta el punto de llegar a no depender del petróleo en esa fecha.

La salida a bolsa de este 5% de Aramco ha sido pospuesta recientemente debido, entre otras cuestiones internas, a que los inversores dispuestos a comprar las acciones de la petrolera la valoran en un precio infinitamente menor que el marcado por los dirigentes saudíes.

Pero más allá de esta guerra interesada de cifras, el verdadero interés geopolítico de esta privatización parcial de la petrolera saudí reside en que, según señalan muchos de los expertos en la materia (por ejemplo Tom Holland en SCMP o Nick Butler en Financial Times), es el capital procedente de China quien más probabilidades tiene de hacerse con esta participación directa en Aramco.

Por un lado China, que consume 9 millones de barriles de petróleo al día y cuya economía sigue creciendo, necesita garantizarse el suministro de petróleo. Por otro lado Arabia Saudí, que necesita con urgencia el dinero fresco del que disponen los chinos gracias a su enorme superávit comercial global. La ecuación para sencilla de resolver.

El dinero corre en ambas direcciones. Arabia Saudí está incrementando en el último año sus inversiones en China a pesar de sus problemas financieros. En el mes de marzo el rey Salman ben Abdulazid y Xi Jimping firmaron «14 acuerdos de cooperación» por valor de 65.000 millones de dólares, especialmente en el sector petrolero y petroquímico.

Al mes siguiente, el 16 de marzo de 2017, la agencia Reuters publicaba la siguiente información:

El conglomerado chino de defensa North Industries Group Corp (Norinco) firmó un acuerdo marco con la petrolera estatal Saudi Aramco para construir un complejo de refinerías y productos químicos en el noreste de China. Los proyectos planeados – incluyendo una refinería de 300.000 barriles por día y un complejo de etileno con capacidad anual de 1 millón de toneladas – se construirán con un costo estimado de 69.500 millones de yuanes (10.090 millones de dólares), según un funcionario de la industria con conocimiento de el acuerdo. 

Hace apenas unas semanas, el 23 de agosto pasado, el ministro saudí de Energía anunció que Aramco había llegado a un acuerdo con la estatal PetroChina para invertir cientos de millones en una nueva refinería en la provincia china de Yunnan, donde próximamente esperan producir conjuntamente 260.000 barriles diarios de petróleo. Arabia Saudí ya es propietaria de un 25% de otra refinería en Fujian, en el sureste de China.

Además ciudades como Pekín, Shanghai y Xiamen albergan las oficinas centrales de Aramco China, la filial china de la estatal petrolera saudí, desde donde se gestiona no sólo el comercio petrolero con China sino su estrategia comercial de expansión por toda Asia.

La exportaciones petroleras de la saudí Aramco hacia Estados Unidos disminuyen en la misma medida en que se incrementan sus acuerdos energéticos con China. Arabia Saudí no sólo pretende «diversificar su economía» sino también diversificar a sus aliados estratégicos. China parece ser su prioridad vital de cara al futuro. Y obviamente sus intercambios petroleros se realizarán finalmente en Yuanes, lo que supondrá el adiós definitivo al petrodólar y a la hegemonía global estadounidense.

Las consecuencias de la derrota de la OTAN-CCG en Siria 

Si bien desde un punto de vista puramente económico la crisis financiera de 2007-2008 supuso un punto de inflexión en la decadencia de Occidente a nivel mundial, la reciente derrota geoestratégica de la OTAN-CCG en Siria supuso un golpe casi definitivo para sus intereses.

Esto explica porqué algunos de los principales patrocinadores de la guerra de invasión terrorista contra Siria iniciada en 2011 están dando ahora un giro tan radical en sus políticas, como Turquía o Catar. O como el propio Estados Unidos, que de la mano de Donald Trump buscaba tras su llegada a la presidencia un acuerdo global con Rusia, lo que suponía en sí mismo un reconocimiento del nuevo orden mundial multipolar y el fin de la hegemonía unipolar de Estados Unidos, como reconoce el propio Pentágono en uno de sus informes. Aunque ahora Trump parece estar definitivamente en manos de los sectores imperialistas más extremistas.

Siria ha sido, gracias a su pueblo, su ejército, su gobierno y sus  del Eje de la Resistencia, la tumba del imperialismo occidental y de sus títeres en Oriente Medio. Rusia, Irán, Siria y Hezbollá salen fortalecidas tras ganar la guerra al terrorismo occidental/wahabí. La OTAN, Israel y Arabia Saudí están aterrorizados ante el escenario que se presenta en la región. La Nueva Ruta de la Seda atravesará Irak y Siria en su camino hacia Europa, así como los gasoductos y oleoductos conjuntos de Irán y de un reconvertido Catar hacia el codiciado mercado europeo… con el permiso de Rusia.

Tanto Estados Unidos a nivel mundial como Arabia Saudí a nivel regional están siendo devorados por quienes algún día fueron sus víctimas. Unos países y pueblos cuyo instinto de supervivencia y necesidad de desarrollo han hecho que en los últimos años unieran sus intereses formando una red alianzas estratégicas y una infraestructura alternativa que ahora amenazan con tumbar a quienes fueron en algún momento sus verdugos e impusieron su dictadura neoliberal global a sangre y fuego.

Ni desde un punto de vista militar, ni económico-financiero, ni tampoco político-diplomático pueden ya las potencias occidentales imponer sus intereses en Oriente Medio y el resto del planeta. Ya nada se decide sin contar con el beneplácito de las potencias euroasiáticas y sus dirigentes.

Occidente no puede «aislar» a la otra mitad del planeta, y mucho menos cuando además las economías y demografías euroasiáticas están en continuo ascenso. A las élites políticas y económicas occidentales sólo les resta utilizar sus aparatos de propaganda mediática para manipular y vilipendiar a estos dirigentes euroasiáticos. Porque en la realidad, sobre el terreno, son ellos quienes se disponen a dirigir el mundo.

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