Jerusalén: epicentro de un nuevo liderazgo para alcanzar la paz

Aunque pueda parecer lo contrario, la retórica belicista de la nueva alianza sionista-wahabí apadrinada por Washington está basada en el miedo y evidencia su creciente retroceso en Oriente Medio. La decisión incendiaria de Donald Trump (en realidad de su yerno Jared Kushner) de reconocer a Jerusalén como la capital de Israel supone una arriesgada huída hacia adelante en unos momentos de debilidad interna y externa tras su dura derrota geoestratégica en Siria e Irak. Sin embargo es muy probable que con este puñetazo encima de la mesa Donald Trump haya terminado por partirse la mano, y puede que la de sus regímenes aliados en Oriente Medio.

Definitivamente la política exterior de la Casa Blanca ha quedado en manos del lobby sionista estadounidense. De esta forma Donald Trump intenta devolver el gran apoyo financiero recibido por parte de este peligroso colectivo sionista (del millonario Sheldon Adelson, por ejemplo) durante la campaña electoral de 2016. Con ello, lejos de velar por los intereses del pueblo estadounidense como prometió, Trump antepone los intereses de poderes externos ajenos a su país (como el resto de presidentes anteriores), y al mismo tiempo acelera la decadencia del imperio estadounidense a nivel global.

De hecho, la  histórica condena por parte de la Organización para la Cooperación Islámica (OCI) en contra de la decisión de Donald Trump sobre la capitalidad israelí de Jerusalén, deja tanto a Estados Unidos (EU) como a Arabia Saudí (AS) y al régimen colonial sionista más aislados que nunca en Oriente Medio. El “mundo musulmán” (llamado la Umma) se unió en defensa de Palestina. La narrativa occidental que frecuentemente habla de la existencia de una “guerra sectaria entre sunitas y chiitas”, y que sirve a los medios corporativos y a sus analistas como argumento para explicar todos los problemas de Oriente Medio y ocultar así la injerencia imperialista occidental, queda también anulada tras la declaración final de la OCI reunida en Estambul, que fue firmada por dirigentes de 57 Estados que representan a más 1.600 millones de musulmanes. No es un problema religioso o étnico. ¡Se trata de geopolítica, estúpido!

Me pregunto qué pensarán estos millones de musulmanes acerca de la descarada traición de Arabia Saudí hacia los palestinos, a los que MBS pretende dejar abandonados a su suerte a cambio de neutralizar a Irán como potencia energética y comercial competidora de Riad, y de unos cuántos millones de inversión occidental para sus megaproyectos. Es muy probable que si este plan integral saudí fracasa (y todo apunta a que será así) MBS se vea obligado por las circunstancias (entiéndase China) a tener que abandonar paulatinamente el petrodólar para abrazar el petroyuan. Pero antes agotará todas las posibilidades aunque sea a costa de la sangre de los palestinos.

[leer también: ¿Será Arabia Saudí el verdugo definitivo de Estados Unidos?]

La pretensión de Trump y sus asesores sionistas era no perder el pulso en la región incrementando la tensión y fomentando el enfrentamiento entre los diferentes actores. Sin embargo a día de hoy el Líbano no se ha fracturado; el Eje de la Resistencia (Hezbolá, Siria, Irak, Irán) sigue cohesionado tras derrotar al ejército yihadista de la OTAN (Estado Islámico/ISIS); los gobiernos de Siria e Irak ya trabajan en la reconstrucción de sus países de la mano de la Nueva Ruta de la Seda china en su enfoque hacia Europa y el Mediterráneo; la alianza de facto entre Turquía e Irán se consolida y se amplía a otros países; y Rusia se coloca como la potencia mundial más determinante en Oriente Medio en estos momentos, con el apoyo discreto de China.

Vladimir Putin (que cuenta con una aceptación popular que supera el 84% entre los rusos) es reconocido por todas las partes en conflicto como un interlocutor válido y respetado para liderar un posible acuerdo futuro en Oriente Medio. Ningún otro dirigente mundial puede decir lo mismo, a pesar de la propaganda mediática en su contra dirigida desde Occidente.

Por el contrario la popularidad de Donald Trump cae empicado en la medida en que incumple sus promesas electorales (los republicanos acaban de perder las elecciones en Alabama). Su amigo Benjamín Netanyahu afronta serios problemas de corrupción dentro de su propio régimen mientras sueña con robar los grandes recursos energéticos de los ocupados Altos del Golán. Y su homólogo wahabí Mohamed Ben Salman continúa ocupado en su purga interna para acaparar todo el poder del reino mientras trata de recomponer su monolítica economía a través de un paquete de reformas neoliberales que empeorarán la precaria vida de sus ciudadanos de a pie.

Está claro que los recientes perdedores de la guerra geoestratégica en Siria-Irak no pueden imponer unilateralmente sus condiciones a los vencedores, que son quienes ahora tratarán de construir la paz en la región bajo un nuevo liderazgo y con otras reglas del juego. Todavía hay lugar para la esperanza.

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