Supremacismo y geopolítica: dos claves para entender a Trump respecto a Jerusalén

El 12 de enero de este año 2017, cuando apenas faltaba una semana para que Donald Trump tomara posesión de su cargo, más de 250 delegados de la organización Christians United for Israel (Cristianos Unidos por Israel) dirigidos por el pastor John Hagee viajaron a Washington provenientes de 47 Estados diferentes de Estados Unidos. Su intención no era tanto felicitar personalmente a Trump, al que apoyaron firmemente durante la campaña electoral, como presionar al Congreso y al futuro presidente para que cumpliera sus promesas electorales. La principal de todas ellas era que el nuevo presidente reconociera oficialmente a Jerusalén como la “capital indivisible” de Israel.

Unos meses más tarde, el 17 de julio de 2017, el vicepresidente de Estados Unidos Mike Pence pronunció en la ciudad de Washington el discurso principal de la cumbre que anualmente celebran los miembros de esa misma organización, Christians United for Israel (CUFI), que es la organización sionista más grande de Estados Unidos con más de 3,8 millones de afiliados. Nunca antes desde su creación en 2006 un vicepresidente había acudido a tal evento [1]. El gesto y el discurso posterior de Mike Pence supuso toda una declaración de intenciones sobre la política exterior que aplicaría Washington en relación con Palestina.

“Ahora, como dice el Buen Libro: si usted debe deudas, pague deudas. Si honor, entonces honor. Si respeto, entonces respeto. Y estoy realmente aquí en nombre del Presidente y en nombre de todo nuestro equipo para pagar una deuda de gratitud a todos ustedes que ayudaron a elegir a un presidente que lucha todos los días para defender la fe, restaurar la libertad y fortalecer el vínculo inquebrantable de Estados Unidos con nuestro aliado más preciado, Israel. (…). Este presidente está con vosotros. Y les prometo que llegará el día en que el presidente Donald Trump traslade la Embajada de los Estados Unidos desde Tel Aviv a Jerusalén.”,– palabras del vicepresidente Mike Pence dirigidas a la CUFI.

El lobby sionista estadounidense, con sus millonarios donativos y sus medios de propaganda y capacidad de persuasión, contribuyó de forma notable para que Donald Trump llegara a la Casa Blanca y aplicara su agenda en Oriente Medio, incluido el reconocimiento de Jerusalén como “capital indivisible” de Israel. Como paradigma de este apoyo sabemos que el magnate sionista Sheldon Adelson (entre otros muchos) donó 25 millones de dólares a la campaña de Trump. Poco a poco estos “halcones” sionistas más reaccionarios han ido tomando peso en el gobierno de Trump. Recientemente algunos analistas han pronosticado la próxima destitución de Mike Pompeo al frente de la CIA [2], un cargo que sería ocupado por el polémico senador Tom Cotton, un títere del lobby sionista, pupilo de Bill Kristol y financiado por Sheldon Adelson, Paul Singer, etc. a través de la American Israel Public Affairs Committee (AIPAC) [3].

La influencia de su homólogo supremacista Benjamin Netanyahu también fue notable a la hora de que Trump anunciara que Jerusalén es la capital indivisible de Israel. Algunos medios israelíes publicaron a principios de diciembre que Benjamín Netanyahu y su equipo de gobierno habían sido unos “socios activos que trabajaron en coordinación total con el presidente estadounidense Donald Trump y su administración en el período previo al discurso del presidente” donde reconoce a Jerusalén como la capital de Israel [4].

El régimen colonial y racista de Israel es el espejo en el que se mira Donald Trump, quien ve a los inmigrantes mexicanos de la misma forma en que Netanyahu ve a los palestinos. Las similitudes ideológicas entre ambos personajes es tan grande que incluso el mismísimo Benjamín Netanyahu ya estableció en el año 1993 un paralelismo entre el peligro que suponen (según él) los palestinos para Israel y el peligro que suponen los mexicanos (y los “hispanos” en general) para Estados Unidos. Esto escribió Netanyahu en uno de sus libros:

Estados Unidos no está exento de esta potencial pesadilla. En una o dos décadas, la región sudoccidental de América probablemente sea predominantemente hispana, principalmente como resultado de la continua emigración desde México. No es inconcebible que en esta comunidad puedan surgir defensores del Principio palestino. Estos exigirían no solo la igualdad ante la ley, o la naturalización, o incluso el español como primera lengua. En su lugar, dirían que, dado que forman una mayoría local en el territorio (que fue tomado por la fuerza de México en la guerra de 1848), merecen un estado propio. … [Este escenario] puede sonar descabellado hoy. Pero no necesariamente sonará así de descabellado mañana, especialmente si se permite que el Principio palestino continúe expandiéndose, lo que seguramente ocurrirá si surge un segundo Estado palestino. [5]

De manera que, en resumen, una de las razones de fondo que motivaron el salto de Trump a la primera línea política fue tratar de recuperar la supremacía de los sectores “blancos, anglosajones y protestantes” (los llamados WASP, por sus siglas en inglés) cuya histórica superioridad demográfica y política estaba en claro retroceso en los últimos años. En el año 1960 había en Estados Unidos 6,3 millones de personas de origen latino; en el año 2015 ese número aumentó hasta los 56.5 millones de personas, y las proyecciones sociológicas indican que esa cifra aumentará hasta los 107 millones previstos para el año en 2065 [6]. Además un 43% de los estadounidenses menores de 35 años “no son blancos”, siendo “la generación con mayor diversidad racial de la historia de Estados Unidos” [7]. Es decir, existe un sentimiento de peligro entre los sectores supremacistas blancos del país que se sienten desplazados de su posición de privilegio de la que históricamente gozaban.

Por lo tanto no es extraño que un 81% de los cristianos evangélicos estadounidenses (que son en su mayoría “cristianos sionistas”) votaron por Donald Trump. Los dramáticos efectos que la globalización neoliberal, así como el derroche presupuestario destinado a financiar la interminable “guerra global contra el terrorismo”, tuvieron entre las clases trabajadoras y populares hicieron el resto del trabajo para que este millonario sin complejos se convirtiera en presidente.

Ahora, con su incendiaria decisión sobre Jerusalén, Donald Trump cumple una promesa electoral y paga su deuda con el núcleo duro de su electorado, sin importarle las consecuencias que esta decisión puede tener incluso para los propios intereses del imperialismo estadounidense. Puede que el traslado material de la embajada estadounidense a Jerusalén no se haga efectivo nunca, pero parece claro que la prioridad de Trump, contrariamente al eslogan coreado durante su campaña (America First), está en satisfacer primero los intereses de Israel y de los fundamentalistas anglo-sionistas que lo apoyaron.

Siria: la tumba geopolítica de Estados Unidos en Oriente Medio

A las razones profundamente ideológicas y viscerales que señalaba anteriormente, debemos añadir las razones geopolíticas que existen actualmente a nivel regional-global. Los tiempos en política son importantes. La decisión de Trump sobre la capitalidad israelí de Jerusalén fue firmada el mismo día en que Vladimir Putin anunciaba públicamente la “completa derrota” del Estado Islámico en Siria. Por razones obvias, los grandes medios corporativos dedicaron todo su tiempo a hablar de la decisión de Trump y sus posibles consecuencias futuras, sepultando mediáticamente un hecho tan trascendental como la derrota del Estado Islámico en Irak y Siria por parte de Rusia y el   Eje de la Resistencia.

El Estado Islámico fue presentado durante los últimos tres años por parte de todos los gobiernos de la OTAN y de sus medios de comunicación como el enemigo público número uno de nuestros tiempos y la mayor “amenaza contra la humanidad”. Obviamente agitando este fantasma y amplificando su verdadero poder real trataban de ocultar que ellos mismos arman, entrenan, financian y utilizan a los terroristas que dicen combatir, y al mismo tiempo trataban de justificar su presencia militar en Oriente Medio y norte de África.

Si realmente el Estado Islámico suponía tal peligro para Occidente, los gobiernos de la OTAN y las instituciones públicas y privadas occidentales deberían premiar de inmediato a Vladimir Putin (por ejemplo con el Premio Nobel de la Paz que concedieron a Obama, el patrocinador del terrorismo yihadista en Libia y Siria) y agradecer a la Federación de Rusia su intervención liberadora en Siria. Pero, muy al contrario, la derrota del Estado Islámico y Al Qaeda en Siria es contemplada y analizada en Estados Unidos y en la Unión Europea como una derrota propia. Con la aniquilación del terrorismo en Siria se esfumaron los planes de la OTAN y de los think tanks y corporaciones occidentales de reconfigurar las fronteras de Oriente Medio según los intereses anglo-sionistas (Medio Oriente ampliado).

Si hacemos memoria y repasamos cuáles fueron los objetivos por los cuáles Occidente y sus regímenes aliados buscaban un “cambio de régimen” en Siria, podemos evaluar hasta qué punto no sólo han fracasado en su estrategia sino que además la situación regional es justo la contraria a la que planearon mucho antes del año 2011.

[leer también: Daraa, el origen censurado de la guerra terrorista contra Siria]

La guerra contra Siria fue una guerra energética, o más concretamente una guerra por el control del mercado europeo del gas [8]. Arabia Saudí y Catar pretendían construir una serie de gasoductos a través de Siria destinados a suministrar al mercado energético de Europa en detrimento de Irán. El presidente sirio rechazó esta propuesta y, además, llegó a un acuerdo con Irán, Irak y Líbano para construir un “oleoducto islámico” que podría convertir a Irán en “el principal proveedor del mercado energético europeo”, lo que chocaba frontalmente con los intereses de Estados Unidos y sus aliados en la región, principalmente de Arabia Saudí, Catar e Israel. Estados Unidos buscaba un “cambio de régimen en Siria” que no sólo fortalecería a sus regímenes aliados sino que debilitaba a Irán y a Hezbolá, y al mismo tiempo a Rusia que perdería a sus principales socios geoestratégicos en la región. Turquía e Israel por su parte se apoderarían de gran parte del territorio sirio.

“Los cables secretos y los informes de las agencias de inteligencia estadounidenses, sauditas e israelíes indican que en el momento que Al Assad rechazó el gasoducto de Catar, los planificadores militares y de inteligencia llegaron al consenso de que organizar un levantamiento sunnita en Siria para derrocarle era la idea más factible (…) En 2009, según reveló WikiLeaks, poco después de que Bashar Al Assad rechazara el gasoducto, la CIA comenzó a financiar grupos de oposición en Siria”. [9]

Pero nada de eso ocurrió como estaba previsto. Seis años después la situación geopolítica ha sido un desastre para los planificadores de la guerra contra Siria. A día de hoy Catar, que fue uno de los catalizadores de la guerra, se ha alineado estratégicamente con Irán con quien pretende explotar conjuntamente el yacimiento de gas más grande del mundo (South Pars-North Dome). Turquía ya forma de facto una alianza con Rusia e Irán que está cambiando la balanza de poder en Oriente Medio. Erdogan además refuerza su liderazgo regional y aspira a que Turquía sea la referencia del “mundo musulmán” (sobretodo tras la reunión de la Organización para la Cooperación Islámica celebrada en Estambul y su histórica condena) en detrimento de Arabia Saudí y de un Mohamed Ben Salman cuya traición hacia Palestina ha quedado en evidencia ante todo el mundo.

Como señalé en otro artículo anterior sobre Jerusalén, la realidad objetiva hoy en día en Oriente Medio es que el Líbano no se ha fracturado; el Eje de la Resistencia (Hezbolá, Siria, Irak, Irán) sigue cohesionado tras derrotar al ejército yihadista de la OTAN (Estado Islámico/ISIS); los gobiernos de Siria e Irak ya trabajan en la reconstrucción de sus países de la mano de la Nueva Ruta de la Seda china en su enfoque hacia Europa y el Mediterráneo; la alianza de facto entre Turquía e Irán se consolida y se amplía a otros países como Catar o Pakistán; y la Rusia de Putin se coloca como la potencia mundial más determinante en Oriente Medio en estos momentos, con el apoyo discreto pero sólido de la China de Xi Jimping.

Esta derrota geoestratégica de la OTAN-CCG en Siria ha supuesto la tumba geopolítica para Estados Unidos en Oriente Medio. Las reacciones posteriores de Washington ante este escenario, como por ejemplo nombrar a Jerusalén la capital indivisible de Israel para tratar de incendiar la región e impedir su estabilidad, sólo están acelerando su caída como primera potencia hegemónica del viejo mundo unipolar. Todo ello en beneficio de sus enemigos oficiales, Rusia y China, quienes ya lideran el nuevo orden mundial multipolar que ha tomado el relevo.

REFERENCIAS – NOTAS 

[1] What you need to know about Mike Pence’s speech to Christians United for Israel,- artículo del historiador estadounidense experto en religión y relaciones exteriores Daniel G. Hummel (The Washington Post, 17/7/2017)

[2] Bad Moon Rising: A new cabinet will mark neocon ascendancy,- artículo de Phillip Giraldi (The Unz Review, 12/12/2017)
[3] Neocon meteor Sen. Cotton is funded by Abrams, Adelson and Kristol and loves war a little too much,- informe del periodista Philip Weiss (Mondoweiss, 11/3/2015)
[5] Netanyahu’s xenophobia: Bad in America, bad in Israel,- artículo del escritor y ex-corresponsal en Israel para diversos medios Larry Derfner (publicado en la revista +972 el 27 de noviembre de 2014)
[6] Facts on U.S. Latinos, 2015 (Statistical portrait of Hispanics in the United States),- un estudio realizado por Pew Research Center (publicado en su web el 17/9/2017)
[7] 10 demographic trends that are shaping the U.S. and the world,-datos de Pew Research Center (31/3/2016)

[8] La guerra por el mercado europeo del gas o el suicidio del imperio estadounidense,- Mirador Global (2/8/2017)

[9] Syria: Another Pipeline War,- artículo de Robert F. Kennedy, Jr. (EcoWacth, 25/2/2016)

*Recomiendo leer también el siguiente artículo del profesor y experto en geopolítica Alfredo Jalife-Rahme, del cual extraigo algunos de los datos y enlaces que aporto: Orígenes del trumpismo desde el siglo XVII y su Estado supremacista blanco del siglo XXI

 

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