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EE.UU pierde la guerra contra China por la hegemonía mundial

A pesar de las grandes campañas de propaganda dirigidas a denunciar la ficticia “injerencia de Rusia en las elecciones de Estados Unidos”, la supuesta “amenazada nuclear” que representa Corea del Norte, el falso “apoyo al terrorismo” por parte de Irán, o la “crisis humanitaria” y “represión” que sufre la población civil en Venezuela, el verdadero dolor de cabeza que sufren los planificadores estratégicos estadounidenses se llama República Popular China. El resto de países son un problema para Washington en la medida en que éstos se están relacionando estratégicamente con China, que ya ejerce como la primera potencia mundial.

En julio de este año Michael Collins, subdirector adjunto y jefe del centro de misiones de la CIA en Asia Oriental, pronunció las siguientes palabras en un foro sobre Seguridad celebrado en la ciudad de Aspen, en Colorado:

“China representa una amenaza mayor que Rusia (…) China está socavando el orden internacional dirigido por Estados Unidos que ha traído paz y estabilidad en Asia durante los últimos 40 años. Beijing está tratando de usurpar el poder y la influencia estadounidenses en la región” (…). [CIA analyst: Beijing poses a greater threat than Russia, Asia Times, 26/7/2017]

Posteriormente el director de la CIA, Mike Pompeo, apuntaba en la misma dirección que su subordinado y añadía:

China, y no Rusia o Irán, es quien supone la mayor amenaza para Estados Unidos en materia de Seguridad Nacional” (…) debido a su economía robusta y creciente poderío militar, ambos dirigidos contra los Estados Unidos. (…) El ejército chino está construyendo fuerzas que tienen como objetivo contrarrestar la proyección de nuestro poder en todo el mundo (…) En materia tecnológica están intentando robar nuestras cosas, o asegurándose de que puedan derrotarlas” (…). [CIA Gives More Power to Spies to Bolster Intelligence Operations,  The Washington Free Beacon, 26/7/2017]

Steve Bannon, ex-jefe de estrategia de la Casa Blanca, también dibujó el negro escenario futuro al que se enfrenta Estados Unidos. Además reconoció abiertamente que las recientes tensiones con Corea del Norte forman parte de un “espectáculo” político y mediático cuyo verdadero objetivo es realmente frenar el crecimiento de China:

“Estamos en guerra económica con China. Uno de nosotros va a ser un hegemón en 25 o 30 años, y van a ser ellos si continuamos por este camino ” (…) tenemos que estar masivamente enfocados en esto. Si seguimos perdiendo terreno, estaremos a cinco años de distancia, creo, diez años como máximo, de llegar a un punto de inflexión del que nunca podremos recuperarnos ” (…) nos están aplastando. [Economic War With China is Everything,’ North Korea a ‘Sideshow’: White House Chief Strategist,- TeleSur, 17/8/2017]

Estados Unidos ha iniciado una guerra geoeconómica contra China para intentar salvar su hegemonía mundial vigente desde hace 70 años. Por el momento lo hacen de forma superficial, pero algunos analistas ya están advirtiendo sobre cómo se está fraguando entre bambalinas esta inminente guerra geoeconómica contra China [1] que en el peor de los casos podría derivar en una guerra militar-nuclear mundial.

Aunque, más allá de las intenciones y estrategias de Washington, la realidad tangible en estos momentos es que el decadente imperio estadounidense no está en condiciones de ganar esta guerra geoeconómica, sencillamente porque el viejo orden mundial ha muerto. La nueva realidad multipolar (especialmente visible a partir de la crisis financiera de 2008, con la anexión voluntaria y pacífica de Crimea y Sebastopol a Rusia, y ahora tras la derrota de la OTAN en Siria) impide al poder económico de Estados Unidos – y occidental en general – imponer por la fuerza o a través del chantaje sus intereses particulares al resto del mundo.

Y mucho menos pueden hacerlo en contra de la primera potencia global de facto (China), que además ha establecido una serie de alianzas estratégicas con otras potencias (especialmente Rusia) y países de primer nivel y ha creado estructuras financieras, económicas, monetarias y militares (BRICS, OCS, RCEP, BAII,…) que funcionan al margen de los viejos organismos internacionales controlados por Estados Unidos.

[leer también: ¿Será Arabia Saudí el verdugo definitivo de Estados Unidos?, El Mirador Global, 27/9/2017]

Dicho de otro modo, el mundo es algo más que Estados Unidos y Europa (Occidente). Y ese mundo crece y se desarrolla sin necesidad de que Estados Unidos participe en la fiesta o tenga que dar su aprobación a los acuerdos y a las políticas que se implementan entre estos países. China es quien lidera ese “nuevo mundo” y la economía global. Al viejo imperio norteamericano sólo le quedan dos opciones: aceptar esta nueva realidad multipolar global y resituarse ante el nuevo escenario compartiendo su hegemonía y las regiones de influencia con los nuevos centros de poder euroasiáticos; o bien iniciar contra sus competidores una devastadora guerra mundial que sería nuclear y que no tendría ganadores.

Todavía estamos en la fase de ruido y pataleo. Las sanciones económicas y las amenazas lanzadas desde Washington (y seguidas por sus títeres europeos) contra aquellos países que no se someten a sus intereses no sólo resultan inútiles, sino que están fortaleciendo y cohesionando a sus enemigos/competidores. Estas acciones desesperadas de Estados Unidos y sus “aliados” son una demostración de la impotencia que sienten al no poder revertir el cambio tectónico que se está produciendo en la estructura del poder capitalista a nivel global [2].

Como señala el reconocido economista y profesor canadiense Michel Chossudovsky en uno de sus artículos, la economía estadounidense de hoy es totalmente dependiente de la economía China, y no al revés. Hablar desde Washington de doblegar a China tratando de “aislarla” imponiéndole sanciones económicas y restricciones comerciales resulta ridículo y además es suicida. Si China se hunde… será Estados Unidos quien se ahogue.

“China no depende de las importaciones estadounidenses. Todo lo contrario. América es una economía de importación con una débil base industrial y manufacturera, fuertemente dependiente de las importaciones de la República Popular China.

China es el mayor socio comercial de Estados Unidos. Según fuentes estadounidenses, el comercio de bienes y servicios con China ascendió a unos 648.200 millones de dólares en 2016. Las exportaciones de productos básicos de China a Estados Unidos totalizaron 462.800 millones de dólares. Eso quiere decir que Estados Unidos exporta a China 185.400 millones de dólares. El déficit comercial de EE.UU. respecto a China es gigantesco.

La importación de productos básicos procedentes de China (más de 462.000 millones de dólares) es propicia a través de la interacción de las cotizaciones mayoristas y minoristas (que contribuyen al valor añadido) a un aumento sustancial del PIB de Estados Unidos, sin necesidad de producción de productos básicos. Sin las importaciones chinas, la tasa de crecimiento del PIB sería sustancialmente menor. A lo que nos estamos refiriendo es Import Led Growth. Las empresas estadounidenses ya no necesitan producir, subcontratan con un socio chino.

(…) A esto hay que añadir que China posee 1 billón de dólares en Bonos del Tesoro estadounidense [3].

Por otro lado, China ya no es sólo una potencia exportadora de productos manufacturados de baja calidad y sin ningún valor añadido. Esta definición ha quedado obsoleta, aunque desde Occidente se sigue caricaturizando la imagen de lo que hoy en día representa China en el mundo, presentándola como un país medieval que crece a base de exportar productos copiados y baratos y de explotar a su empobrecida población. Sin embargo, como suele ocurrir demasiado a menudo con la información que recibimos, los datos nos muestran una realidad bien diferente y muy amenazante para los intereses de las grandes corporaciones financieras e industriales occidentales.

Veamos algunos ejemplos muy clarificadores:

– En el año 2010 un centro de investigación científica de China presentó el “superordenador más rápido jamás fabricado” (Ashlee Vance, The New York Times, 28/10/2010), desplazando a Estados Unidos del primer lugar como el fabricante de la máquina más rápida. Estas “supercomputadoras” se utilizan para realizar millones de operaciones financieras de forma inmediata a escala global; se supone que quien disponga la máquina más rápida tiene ventaja frente a sus competidores en los mercados financieros mundiales. Pero estas máquinas también se utilizan en el sector de la energía (petróleo y gas), la defensa, la ciencia, etc. Era la confirmación de que Pekín también aspiraba a ser una superpotencia tecnológica.

– En 2011 China fabricaba “7 de cada 10 teléfonos celulares vendidos en todo el mundo”; producía “más del 90% de las computadoras de todo el mundo”; y su industria naval representaba “el 45% de la construcción naval a nivel mundial” (The Atlantic, 5/8/2013).

– En 2014 China triplicó el número de patentes registradas en comparación con Estados Unidos (801.000 patentes chinas, casi la mitad del total mundial, frente a las 285.000 patentes estadounidenses). Se espera que en 2020 China registre 14 patentes por cada 10.000 habitantes frente a las 4 por cada 10.000 que registró en 2013.

– China ya iguala o supera en estos momentos a los estadounidenses en ámbitos tan importantes estratégicamente como la informática, la robótica, la industria electrónica, el ciberespacio, la ciberseguridad, la defensa digital, las comunicaciones satelitales… o en los niveles de educación de sus jóvenes estudiantes, según los informes PISA.

– En 2012 China ya invertía en investigación y desarrollo la misma cantidad que toda la Unión Europea. En 2016 China se posicionó como la segunda potencia mundial en investigación y desarrollo, y se espera que en los próximos años supere a Estados Unidos. Ahora mismo en China se producen tantas publicaciones científicas como en Estados Unidos. Y los universitarios chinos ya superan a sus homólogos estadounidenses en el número de doctorados otorgados en ciencia e ingeniería. El futuro de la investigación científica mundial tiene su epicentro en Pekín.

– “China es el nuevo líder en el campo de la inteligencia artificial”; así titulaba The New York Times un informe publicado el 2 de junio de 2017.

– También hay que actualizar el discurso en materia de salarios: en la industria manufacturera en China los salarios se han triplicado en la última década hasta llegar a superar los salarios de países como Brasil, México (hasta un 40% más altos que en México en el año 2015) o Colombia, y llegando a igualar a los salarios de países europeos como Portugal o Grecia. El salario “por hora” del trabajador medio en China es superior al de todos los grandes países de América Latina (con excepción de Chile). En 2016 un trabajador chino recibía un salario equivalente al 70% del salario medio que reciben los trabajadores en la Eurozona.

Es casi seguro que esa diferencia salarial se ha reducido a día de hoy (2017), puesto que las tendencias salariales en ambos lugares siguen avanzando en la misma dirección: hacia arriba en el caso chino, hacia abajo en el caso europeo. Pero, además, debemos señalar que existen otras variables económicas a la hora de medir el nivel de los salarios (el poder adquisitivo por ejemplo) que si las tenemos en cuenta colocan los salarios chinos a la misma altura que los salarios estadounidenses y europeos.

(…) en términos de utilidad real, la economía de China es ya mas grande que la de Estados Unidos y explica porque sigue creciendo a un ritmo sostenido mucho mayor: los salarios chinos, calculados a la tasa de cambio formal entre las monedas respectivas, pueden ser más bajos, en términos nominales, que los salarios norteamericanos o europeos, pero puede que sean mayores en cuanto a capacidad de compra de los bienes y servicios necesarios para llevar una vida confortable en China. [4]

La imparable tendencia ascendente de China – en cualquiera de los parámetros que lo queramos medir – es tan evidente que hasta sus principales enemigos y máximos perjudicados con su progresión no tienen más remedio que reconocer este nuevo paradigma global que se viene fraguando en los últimos años.

Tal es su avance tecnológico, por ejemplo, que el think tank de cabecera del Pentágono, la RAND Corporation, incluso reconoce que Estados Unidos perdería una ciberguerra contra China, y que en el caso de iniciarse una guerra militar convencional la contienda “no tendría un  ganador claro” [5], lo cual equivale a reconocer que también la perderían en ese terreno.

Este sentimiento de debilidad y de miedo respecto a la espectacular transformación de China quedó confirmado una vez más a través de unas declaraciones de Joseph Dunford, Jefe del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos, pronunciadas el pasado 26 de septiembre ante el Comité de Servicios Armados del Senado y en las que señaló que China se convertirá en  “la mayor amenaza para la seguridad de EE.UU. en el año 2025“, por encima incluso de Rusia y Corea del Norte.

Especialmente relevante es la opinión del veterano politólogo estadounidense y especialista en materia de Defensa, Graham T. Allison, quien escribió lo siguiente respecto a los desafíos que enfrenta Estados Unidos: “El preeminente desafío geoestratégico de esta época no son los extremistas islámicos violentos ni la renaciente Rusia. Es el impacto del ascenso de China”. Esta contundente afirmación viene de alguien que ha sido asesor del Pentágono y del Departamento de Defensa con diferentes gobiernos desde los años 60, además de miembro de la RAND Corporation, del Consejo de Relaciones Exteriores, del Brookings Institution y de la Comisión Trilateral. Nada más y nada menos.

En su libro titulado Destinados a la guerra: ¿Pueden Estados Unidos y China escapar de la trampa de Tucídides? publicado en mayo de 2017, el experto aporta multitud de datos que dan muestra del poderío multidimensional de China, a la que Allison considera ya “la mayor economía del mundo”.

En las tres décadas y media transcurridas desde que Ronald Reagan se convirtió en presidente (…) China subió del 10 por ciento del tamaño de Estados Unidos al 60 por ciento en 2007, al 100 por ciento en 2014 y al 115 por ciento hoy. Si la tendencia actual continúa, la economía de China será un 50 por ciento más grande que la de Estados Unidos en 2023. Para 2040 podría ser casi tres veces más grande. Eso significa que China contaría con unos recursos tres veces superiores a los de América para usarlos como poder de influencia en las relaciones internacionales. Tales ventajas económicas, políticas y militares brutas crearían un mundo más allá de lo que los políticos estadounidenses puedan imaginar. [6]

En los últimos 15 años China ha sacado de la pobreza a más de 600 millones de personas (cifra que aumenta hasta los 800 millones si analizamos los últimos 35 años, algo jamás visto antes). Pekín, bajo el fuerte liderazgo de Xi Jimping, está reestructurando y diversificando su economía para hacerla menos dependiente de las exportaciones, fortaleciendo a su vez la demanda interna del país. A ello contribuyen los millones de chinos que se han incorporado a la “clase media” en los últimos años. En el año 2015 China ya tenía la mayor “clase media” del mundo, superando claramente a Estados Unidos. Un estudio de The Economist pronostica que en el año 2030 habrá en China 500 millones de personas formando parte de la “clase media”; está previsto también que la demanda interna china crezca a un ritmo del 5% anual hasta ese mismo año 2030.

Por otro lado Xi Jimping se ha comprometido este año a erradicar totalmente la pobreza en el año 2020. Todavía existen en el país cerca de 50 millones de personas en situación de pobreza, principalmente en las zonas rurales; a finales de 2014 esta cifra era superior a los 70 millones. El objetivo de fondo del plan puesto en marcha por Pekín es crear una “sociedad de bienestar integral”. Observando los datos no cabe duda de que lograrán este deseable objetivo.

Y todo esto, claro, sin hablar de las mareantes cifras que rodean a la Nueva Ruta de la Seda, el mayor y más extenso proyecto de infraestructura e inversión de la historia.

NOTA ADJUNTA: Algunos sectores desde la izquierda critican a China por considerar que su interés reside únicamente en “sustituir” a Estados Unidos como la primera potencia capitalista global, sin que esto suponga ningún cambio sustancial en el panorama internacional. Sin embargo existen diferencias profundas entre el liderazgo chino y el estadounidense. Señalo las dos más importantes:

1- China no impone por la fuerza militar sus intereses al resto del mundo;

2- China tampoco impone condiciones políticas a sus socios para llegar a acuerdos comerciales o financieros (como obligar a los gobiernos a aplicar “ajustes estructurales” o “políticas de austeridad”, por ejemplo).

Sus acuerdos tanto de tipo comercial como económico-financiero están basados en la cooperación y el beneficio mutuo (Ganar-Ganar). China no exige la subordinación de sus homólogos para firmar un acuerdo, ni les prohíbe comerciar o relacionarse con terceros países. Respeta la soberanía de los Estados (no patrocina “cambios de régimen” ni “primaveras árabes”) y recurre a la diplomacia como vía para resolver los conflictos (como vimos recientemente en su disputa fronteriza con India en la región de Doklam. Un conflicto, por cierto, azuzado por Estados Unidos e Israel).

En resumen: Estado Unidos necesita recurrir a la guerra y al terrorismo para sostener su economía; China promueve una economía global de paz. Estas diferencias, por sí solas y con todos los matices que queramos añadirles, ya cambian por completo el panorama internacional abriendo una puerta a la esperanza de cara al futuro.

REFERENCIAS – NOTAS

[1] Kissinger y Bannon forman proyecto de alarma contra China,- artículo del experto en geopolítico Alfredo Jalife-Rahme (La Jornada, 4/10/2017)

[2] Nueva estructura económica del sistema capitalista mundial después del 2008,- artículo del sociólogo y analista geopolítico Enrique Muñoz Gamarra (11/2/2017) http://www.enriquemunozgamarra.org/Articulos/163.pdf

[3] Imagine What Would Happen if China Decided to Impose Economic Sanctions on the USA?,- artículo del profesor Michel Chossudovsky (Global Research, 3/8/207) http://www.globalresearch.ca/imagine-what-would-happen-if-china-decided-to-impose-economic-sanctions-on-the-usa/5598941 

[4] De los salarios chinos,- una nota de Umberto Mazzei, doctor en Ciencias Políticas de la Universidad de Florencia y director del Instituto de Relaciones Económicas Internacionales Sismondi, en Ginebra.  (América Latina en Movimiento, 22/9/2017)

[5] Tomgram: Alfred McCoy, The Global War of 2030,- un artículo extraído del último libro del historiador Alfred W. McCoy titulado En las Sombras del Siglo Americano: El Auge y la Decadencia del Poder Global de los Estados Unidos (publicado en TomDispatch, 26/9/2017)

[6] La trampa de Tucídides: ¿Están los Estados Unidos y China dirigidos a la guerra?,- un trabajo de Graham T. Allison, ex-director del Centro Belfer de Ciencias y Asuntos Internacionales de la Escuela Kennedy de Harvard y ex-secretario adjunto de Defensa de Estados Unidos para políticas y proyectos. Es el autor del libro Destinados a la guerra: ¿Pueden Estados Unidos y China escapar de la trampa de Tucídides?

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La utilización del terrorismo como arma geopolítica

En un artículo que publiqué el 27 de marzo de 2017 titulado “El Gran Kurdistán y la balcanización de Siria” advertía que muy probablemente veríamos en las próximas semanas cómo la actividad de los grupos terroristas que operan en Siria e Irak desde 2011 (bajo las directrices de EE.UU-OTAN-CCG) se iría desplazando a otras regiones más cercanas a Rusia y China para tratar de frenar su integración, desarrollo e influencia en Eurasia (y en todo el mundo), lo que supone una amenaza mayúscula para la hegemonía occidental y estadounidense en particular.

Esta imparable pérdida de la hegemonía global por parte del poder económico y político occidental, decía entonces, es el mayor problema al que se enfrentan y lo que verdaderamente aterra a las clases dominantes. La “guerra global contra el terrorismo”, la situación de los “refugiados”, los “Derechos Humanos” o la “extensión de la democracia” son tan sólo cínicos pretextos utilizados por Occidente para justificar sus políticas imperialistas contra Estados soberanos que siguen su propia agenda. Pero estos argumentos artificiales no aguantan el menor análisis.

En aquel artículo escribí también que ante la imposibilidad de imponerse en Siria y debilitar a Irán, con una Rusia impermeable a las sanciones y cada vez más influyente en Oriente Medio, y con una China cada vez más fuerte en todo África, Asia y Latinoamérica, era más que probable que las potencias de la OTAN tratasen de incendiar y desestabilizar a Rusia, China e Irán desde lugares más cercanos a sus fronteras o incluso desde su propio territorio utilizando para ello al terrorismo yihadista que ahora opera en Siria y en otros países de Oriente Medio y del sudeste y centro de Asia. Tengamos en cuenta que en Siria e Irak están operando miles de yihadistas rusos procedentes de la región del Cáucaso, así como también miles de yihadistas uigures procedentes de la región de Xinjiang, en el noroeste de China.

Estos terroristas, ahora con experiencia de combate y entrenamiento militar servido por la OTAN, suponen un potencial peligro para la estabilidad y seguridad interna de Rusia y China, algo que ya están aprovechando los patrocinadores del terrorismo internacional para reorganizarse ante el nuevo orden mundial multipolar.

Pues bien, en las últimas semanas estamos asistiendo a este previsible desplazamiento de la actividad terrorista hacia las proximidades de Rusia y China y sus esferas de influencia. Algunos de sus aliados estratégicos ya están sufriendo el ataque de los yihadistas dirigidos por la OTAN. Pero antes de nada es conveniente repasar algunos hechos probados que demuestran esta utilización del terrorismo con fines políticos y económicos.

En política internacional no existen las casualidades, sino las causalidades

Si uno observa tanto el momento como el lugar donde se producen los atentados terroristas, así como los golpes de Estado o “revoluciones de color” patrocinadas por Occidente, se da cuenta de que existe una relación directa y descarada entre este incremento de la actividad yihadista y las decisiones políticas que adoptan los gobiernos de los países que sufren esa violencia y desestabilización. Es decir, los atentados terroristas y los “golpes suaves” son una forma de castigo hacia aquellos gobiernos que toman una dirección política que va en contra de los intereses de Estados Unidos y la OTAN (del poder económico y financiero occidental).

En algunos casos se busca el derrocamiento total del gobierno en cuestión (el “cambio de régimen”) y en otros casos se trata de darle un escarmiento para que rectifique su rumbo y se coloque de nuevo bajo la órbita del poder político y económico occidental.

Esto último fue lo que le ocurrió al presidente turco Recep Tayyip Erdogan cuando en junio de 2016 decidió restablecer las relaciones diplomáticas y comerciales con Rusia y firmar posteriormente importantes acuerdos geoestratégicos con el presidente Vladimir Putin. La consecuencia de esta decisión – y de otras, como oponerse a la creación de un “Kurdistán” en Siria – fue el intento de golpe de Estado patrocinado por Washington ocurrido inmediatamente después, el 15 de julio de 2016. Una filtración de los servicios secretos rusos al presidente Erdogan impidió que éste último fuera asesinado mientras descansaba en un hotel a las afueras de Estambul. Meses más tarde, el 19 de diciembre de ese año, era asesinado el embajador ruso en Turquía Andréi Kárlov a manos de un miembro de la red terrorista FETO, protegida por la CIA y vinculada al Estado Islámico. Este cobarde asesinato se producía justo después de que la mediática ciudad siria de Alepo fuera liberada de la barbarie terrorista, con la colaboración de Turquía.

Algo muy similar, aunque bajo el formato de “Revolución de Color”, fue lo que ocurrió en Ucrania a finales de 2014 y principios de 2015, cuando el entonces presidente Viktor Yanukovic decidió rechazar las duras condiciones políticas que le imponían desde Bruselas a cambio de ingresar en la UE y de recibir el apoyo financiero de la Troika (FMI, BCE y la Comisión Europea). Por el contrario el entonces presidente ucraniano firmó un acuerdo económico, financiero y comercial con Rusia bajo unas condiciones mucho más favorables para el país. Inmediatamente después recibió como respuesta desde Washington y Bruselas un golpe de Estado ejecutado por grupos fascistas extremadamente violentos que fue retransmitido y presentado por los medios corporativos como una “revolución democrática” pro-europea: la llamada “revolución del Euromaidán“.

O también en Honduras. La noche del 28 de junio de 2009 un grupo de militares golpistas sacaron de la cama al legítimo presidente de Honduras, Manuel Zelaya, lo subieron a un avión y lo trasladaron a la base militar de EE.UU. en Palmerola, desde donde fue llevado finalmente a Costa Rica. Apenas tres meses antes del golpe, “casualmente”, el gobierno hondureño había anunciado un acuerdo con Petróleos de Venezuela (PDVSA) – en el marco de cooperación regional del ALBA – para la explotación del petróleo de Honduras, decisión que iba en detrimento de varias empresas norteamericanas y europeas, como Chevron, Exxon Mobil, Shell o incluso la hondureña Dippsa, que estaban interesadas en explotar sus recursos [1]. Se da la circunstancia, además, de que el presidente Zelaya mantenía una disputa legal con estas empresas transnacionales, a las que incluso había amenazado con “nacionalizar” si éstas no se sometían a las leyes que impulsaba el gobierno pensando en el interés general de sus ciudadanos y no en los intereses privados de las oligarquías.

[leer también: No son los Derechos Humanos, ¡es el petróleo, estúpido!]

En Egipto también asistimos a este fenómeno desde la llegada al poder en 2013 de Abdelfatah al Sisi tras derrocar a los Hermanos Musulmanes apoyados por las potencias occidentales. El cambio de rumbo geopolítico de Egipto y su acercamiento a Rusia (incluyendo las negociaciones para la instalación de bases militares rusas en la costa egipcia, el intercambio comercial bilateral utilizando sus propias monedas nacionales, un  fondo de inversión conjunta, acuerdos en materia alimentaria, militar, tecnológica…) tuvo como consecuencia un incremento de la actividad terrorista en el país árabe. Por ejemplo, el 8 de diciembre de 2016 la corporación rusa Rosatom y el gobierno egipcio anunciaron los detalles de un acuerdo para la construcción de una planta nuclear en Al Dabaa, en la costa mediterránea de Egipto. Dos días después, el 11 de diciembre de 2016, estallaba una bomba en una catedral cristiana copta en El Cairo matando a 25 personas y dejando más de 50 heridos. El Estado Islámico reivindicó posteriormente el atentado. Días antes de producirse este atentado, además, el presidente egipcio había reafirmado su apoyo a la integridad territorial de Siria y a su gobierno en su lucha contra el terrorismo yihadista.

Más recientemente, el pasado 7 de junio de 2017, la República Islámica de Irán sufría dos ataques terroristas el mismo día, uno contra el Parlamento iraní (15 días después de celebrar las elecciones presidenciales) y otro contra el mausoleo del Ayatolá Khomeini que causaron 17 muertos y más de 40 heridos. Estos atentados se producían sólo dos semanas después de que Donald Trump viajara a Riad para llamar a sus “aliados” a la creación de una coalición militar suní en contra de Irán (la mal llamada “OTAN árabe”), país al que calificó como el principal patrocinador del terrorismo del mundo. Anteriormente el ministro de Defensa saudí, Mohamed Ben Salman, amenazó abiertamente con llevar el terror a suelo iraní: “Nosotros no esperaremos a que la batalla se dé en Arabia Saudí; en lugar de eso, trabajaremos para que la batalla se dé sobre ellos, en Irán” (Sputnik Mundo, 5/5/2017). Y sólo un día antes de los atentados, el ministro de Exteriores saudí Abdel al Jubeir sentenció públicamente a Teherán a través de su cuenta en Twitter: “Irán debe ser castigado por su apoyo al terrorismo” (RT, 7/7/2017). Era la primera vez que el obediente Estado Islámico cometía un atentado terrorista dentro de Irán.

En los casos concretos de Libia y Siria no se trataba de dar un “escarmiento” a sus dirigentes sino de eliminarlos físicamente y destruir las infraestructuras de estos países para convertirlos en “Estados fallidos” fácilmente dominables. Para ello múltiples grupos terroristas fueron coordinados para invadir estos países y reconvertidos en verdaderos ejércitos de mercenarios al servicio de la OTAN y las grandes corporaciones occidentales.

En el año 2009 Muamar Gadafi propuso, como presidente de la Unión Africana, la creación de una moneda panafricana respaldada por el oro libio y abandonar el dólar para la venta del petróleo y el gas africano. Muchos países, entre ellos Túnez y Egipto, respaldaron esta iniciativa que trataba de alcanzar la unidad política, la independencia económica y la soberanía de los Estados africanos. Además de Estados Unidos, si este gran proyecto impulsado por Gadafi se hubiese puesto en marcha, Francia sería una de las más perjudicadas al perder su dominio monetario (franco CFA), comercial y económico-financiero en el “África francófona”, lo cual explica la implicación directa de Francia (y en particular de Nicolas Sarkozy)  en la organización de la destrucción de Libia, planificada junto a EE.UU. y Reino Unido mucho antes de iniciarse la guerra de invasión contra el país más desarrollado de África por aquel entonces. Sarkozy llegó a calificar a Libia como una “amenaza para la estabilidad financiera del mundo” [2].

Es necesario recordar en este punto que anteriormente Sadam Hussein – el otrora “aliado” de EE.UU. contra Irán – ya había comenzado a vender el petróleo iraquí en Euros en lugar de Dólares (noviembre del año 2.000). Esto desencadenó la posterior invasión y destrucción de Irak en el año 2003. Estados Unidos temía que el resto de miembros de la OPEP siguieran el mismo ejemplo de Irak ante la caída del Dólar frente al Euro, lo que hubiese provocado el colapso definitivo de la economía estadounidense (basada en el “petrodólar”) y el fin de su hegemonía global [3].

De nuevo en el año 2009, en Siria el presidente Bashar al Assad rechazó una propuesta de Catar para construir un gasoducto que permitiera llevar su gas a través de Arabia Saudí, Jordania, Siria y Turquía hasta Europa, en detrimento de Rusia que es su principal suministrador. De esta manera, además, EE.UU. podría asegurarse de que esas reservas y operaciones comerciales se siguieran denominando en Dólares, manteniendo así la hegemonía monetaria y financiera mundial que permite que su economía siga a flote. Por si fuera poco, en paralelo a este rechazo a la propuesta catarí (saudí y occidental), el presidente sirio llegó a un acuerdo con Irán, Irak y Líbano para construir un “oleoducto islámico” que podría convertir a Irán en “el principal proveedor del mercado energético europeo”, lo que chocaba frontalmente con los intereses de EE.UU. y sus aliados en la región, principalmente de Arabia Saudí, Catar e Israel.

[leer también: Daraa, el origen censurado de la guerra terrorista contra Siria]

Poco después, como ya sabemos, surgieron “espontáneamente” las “Primaveras Árabes” que afectaron “casualmente” a estos gobiernos díscolos cuya agenda se desvinculaba peligrosamente de los intereses occidentales.

Pero incluso detrás de la reciente crisis en Oriente Medio tras el “bloqueo” de Estados Unidos (que sigue vendiendo armas y firmando acuerdos para “combatir el terrorismo” con Doha), Arabia Saudí y otros Estados árabes en contra de Catar, se esconden unas motivaciones similares a las anteriormente señaladas, aunque los medios corporativos se están encargando de distraernos y manipularnos. Catar está vendiendo su gas en otras divisas distintas al dólar, principalmente a China que importa de Catar un 20% del gas que consume utilizando como moneda de pago el Yuan (Renminbi). En abril de 2015 China abrió en Doha un “centro de distribución e intercambio de renminbi” que pretende ser el centro financiero para la expansión del Yuan en Oriente Medio. Desde la pasada primavera el régimen catarí está estudiando junto a Irán la construcción de un gasoducto conjunto que pasaría por Siria y Turquía dirigido a abastecer al mercado europeo con el gas procedente del gigantesco yacimiento que comparten ambos países: South Pars-North Dome. También estudian la posibilidad de llevar este gas al mercado asiático a través de la India (la 4ª potencia económica mundial, 1ª potencia demográfica, potencia nuclear, miembro de los BRICS y de la Organización de Cooperación de Shanghai, nada menos). En diciembre de 2016 Catar compró (junto a la firma suiza Glencore) un 20% de las acciones de la petrolera estatal rusa Rosneft.

Los vínculos económicos entre Rusia, Irán, Catar y Turquía nos ayudan a comprender mejor los acuerdos políticos alcanzados en Siria entre estos países. Pero estos “pequeños detalles” no son tenidos en cuenta por los medios corporativos occidentales a la hora de explicarnos lo que ocurre con Catar y la “crisis” en Oriente Medio.

Es decir, Catar maneja una agenda política propia cuyos intereses chocan frontalmente con los de EE.UU., Arabia Saudí y el régimen sionista de Israel.

¿Tiene entonces algo que ver el bloqueo a Catar con la “lucha contra el terrorismo” por parte de Estados Unidos y sus “aliados” en la región? Más bien es una guerra geoeconómica para tratar de mantener su hegemonía mundial [4].

Reorganización del terrorismo yihadista ante el fin de la hegemonía estadounidense

Además de los ya conocidos escenarios donde actúan los yihadistas de la OTAN, en la actualidad aparecen en escena nuevos puntos calientes donde los grupos terroristas surgen como por arte de magia o reaparecen “células durmientes” que despiertan ante la voz de sus amos. No es por casualidad, lógicamente.

Una vez asumida por parte de Donald Trump la derrota terrorista en Siria e Irak y asumido el carácter multipolar del Nuevo Orden Mundial, tal y como se evidenció en la reciente Cumbre del G-20 en Hamburgo [5], el imperialismo norteamericano redirige ahora a sus mercenarios salafistas hacia las fronteras de sus máximos enemigos geoestratégicos Rusia y China con el fin de cortar el paso de la Nueva Ruta de la Seda y la imparable asociación Eurasiática liderada por ambas potencias.

[leer también: Escalada militar y expansión del yihadismo contra Rusia y China]

Por ejemplo, en Afganistán se lanzó “la madre de todas las bombas” después de que Washington alertase sobre la creciente presencia del Estado Islámico en el país, motivo por el cual anunció el envío de más tropas y más armas al país. Sin embargo las élites estadounidenses no se sienten obligadas a explicar cómo ha sido posible este incremento del terrorismo yihadista en un país que están vigilando y ocupando militarmente desde hace 16 años. Sólo veo dos posibles respuestas: o bien las agencias de inteligencia estadounidenses y las élites militares y políticas reconocen que son unos absolutos incompetentes a la hora de “luchar contra el terrorismo” y garantizar la seguridad de los países donde intervienen; o bien están reconociendo implícitamente que su “guerra global contra el terrorismo” es un fraude y que son ellos mismos quienes permiten, fomentan y dirigen la expansión y actividad de los terroristas en el mundo. Llevan 16 años “reconstruyendo un país” que cada día está más destrozado. Y ahora pretenden volver a invadirlo con miles de soldados y de mercenarios a sueldo (“contratistas privados“).

Indonesia, el país con la población musulmana más grande del mundo, también sufre actualmente la inestabilidad política y la actividad terrorista alentada desde el exterior [6]. Arabia Saudí es el principal patrocinador de algunos grupos yihadistas que actúan en este país, como el “Frente de Defensores Islámicos”. El régimen saudí además financia más de 100 centros de estudios y universidades (como LIPIA, situada en la capital Yakarta) y ha construido 150 mezquitas en Indonesia desde donde difunde su ideología: el  wahabismo. Hay que destacar que Indonesia, además de los acuerdos que mantiene con Rusia en el plano militar, forma parte de la Asociación Económica Regional Integral (RCEP, por sus siglas en inglés) liderada por China, un gigantesco tratado comercial asiático del que está excluido Estados Unidos y que absorbió a los miembros de la ASEAN, además de otras potencias como Japón, India y Corea del Sur, y ha sepultado definitivamente el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP) que pretendía liderar Washington frente a Pekín para extender su influencia por el Pacífico.

En Malasia también se está incrementando la actividad terrorista a medida que los yihadistas locales que viajaron a Siria e Irak desde 2011 regresan a sus países de origen una vez derrotados por Rusia y el “Eje de la Resistencia” en Oriente Medio. Su guerra ahora está en el sudeste asiático, hacia donde están señalando sus patrocinadores que tienen a China y su Nueva Ruta de la Seda en el punto de mira.

Aunque quizás el país donde ésta utilización geopolítica del terror se evidencia con más claridad y descaro sea en estos momentos Filipinas. El radical giro estratégico de Rodrigo Duterte hacia China y Rusia y la dureza de su discurso en contra de la intervención de EE.UU. en Filipinas ha tenido como consecuencia directa la invasión del país por parte del Estado Islámico y sus filiales locales. Nadie podía dudar de que presidente filipino (cuyas polémicas políticas cuentan con un gran apoyo popular después de un año en el cargo, algo que reconocen hasta sus enemigos) estaba el primero en la lista para un “cambio de régimen” en Filipinas al estilo de Ucrania, Siria o Libia. Los “rebeldes” de la OTAN se han puesto en marcha para llevar la “democracia” a Filipinas. ¿Tendrán los grandes medios corporativos la desfachatez de llamarlo algún día “primaveras asiáticas”?

En paralelo a estos hechos, en los Balcanes los funcionarios de Bruselas y Washington se preparan para aceptar la posible creación de la “Gran Albania” (que abarcaría zonas de Albania, Kosovo, Serbia, Montenegro, Macedonia o incluso Grecia), dando una vuelta de tuerca más al escarnio que cometieron con la destrucción de Yugoslavia. Desde Ucrania la OTAN anuncia el envío de más armas para el régimen neonazi de Poroshenko. En Asia Central y la región del Cáucaso, según pronostican algunos analistas, debemos esperar también un incremento de la actividad terrorista en lugares como Chechenia o Tayikistán. También en la región de Xinjiang (noreste de China); así como un empeoramiento de los conflictos en Libia o Yemen, donde la OTAN y sus regímenes aliados también están perdiendo la guerra o ven peligrar sus intereses. O que se alimente el viejo conflicto en Baluchistán en la frontera entre India y Pakistán [7]. Por cierto que ambas potencias nucleares (India y Pakistán) ya son recientes miembros de la gigantesca Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), lo cual abre nuevas expectativas sobre la solución de su conflicto territorial bajo el liderazgo de Rusia y China. Además se espera también que Irán ingrese próximamente en la OCS, mientras que países tan importantes desde el punto de vista geoestratégico como Afganistán o Turquía ya han solicitado su ingreso.

En resumen: la presencia del terrorismo yihadista en aquellos lugares estratégicos del planeta donde se está desarrollando  una guerra multidimensional por la hegemonía global de las próximas décadas es un hecho más que evidente. Este hecho no es casual, como tampoco lo fue su desplazamiento hacia Oriente Medio y norte de África en 2011 durante las llamadas “primaveras árabes“. El yihadismo se está extendiendo de forma premeditada hacia Asia Central y el sudeste asiático sencillamente porque el centro de gravedad de la economía mundial se desplaza imparable hacia Asia.

Las potencias occidentales (representantes del capital financiero anglosajón, fundamentalmente) que se oponen a este histórico cambio de paradigma global están movilizando todos los medios y recursos a su alcance para tratar de evitar lo inevitable: la consolidación de un “nuevo orden mundial multipolar”.

La utilización de grupos terroristas (yihadistas o de otra ideología) y mercenarios es una de esas herramientas de desestabilización que utilizan estas potencias (con Estados Unidos a la cabeza) para alcanzar sus objetivos. Lo vienen haciendo desde al menos los tiempos de la “Operación Ciclón” (puesta en marcha por Zbigniew Brzezinski en Afganistán y Pakistán en 1979 en contra de la Unión Soviética), pasando por el apoyo a “la Contra” en Nicaragua, la puesta en marcha de la “Operación Gladio” en Europa… y hasta nuestros días con la mutación de Al-Qaeda en el llamado “Estado Islámico” en Oriente Medio.

Y los “periodistas” de los medios corporativos occidentales (que son propiedad de ese mismo poder financiero-económico occidental que patrocina el terrorismo) nos quieren hacer creer, fomentando la desinformación y la ignorancia colectiva, que todos estos acontecimientos que presenciamos son fruto de la casualidad y no están relaciones entre sí. Todos estos mercenarios de la (des)información en Occidente están en la misma trinchera que los terroristas: ellos están ejerciendo la Yihad Mediática.

 

REFERENCIAS – NOTAS

[1] Alguien consiguió petróleo tras caer Zelaya,- un detallado artículo de Julio Escoto (Agencia Latinoamericana de Información ALAI, 15/6/2010)

[2] Hillary Emails, Gold Dinars and Arab Springs,- un análisis del escritor y experto en geoestrategia y F. William Engdahl (New Eastern Outlook, 17/3/2016) https://journal-neo.org/2016/03/17/hillary-emails-gold-dinars-and-arab-springs/

[3] The Real Reasons for the Upcoming War With Iraq: A Macroeconomic and Geostrategic Analysis of the Unspoken Truth,- un detallado informe de William Clark (Global Research, 17/2/2003) http://www.globalresearch.ca/articles/CLA302A.html

[4] The Qatar Blockade, the Petro-Yuan, and the Coming War on Iran,- un artículo del periodista y analista internacional Dan Glazebrook (Counterpunch, 16/6/2017)

[5] G-20 de Hamburgo: fin del “orden neoliberal global” por el G-3 (EU/Rusia/China),- análisis del experto en geopolítica Alfredo Jalife-Rahme (La Jornada, 9/7/2017) http://www.jornada.unam.mx/2017/07/09/opinion/014o1pol?partner=rss

[6] Saudi Arabia is destabilizing the world,- artículo de Stephen Kinzer (The Boston Globe, 11/6/2017) https://www.bostonglobe.com/opinion/2017/06/10/saudi-arabia-destabilizing-world/ivMeb7TWGk1fQaVjZWWKGP/story.html

[7] ISIS “Coincidentally” Appears Along China’s One Belt, One Road,- artículo del analista internacional e investigador afincado en Bangkok Tony Cartalucci (Land Destroyer, 1/7/2017) http://landdestroyer.blogspot.com.es/2017/07/isis-coincidentally-appears-along.html