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Fractura europea: derecha globalista contra derecha nacionalista. ¿Dónde queda la izquierda ante el nuevo escenario geopolítico?

De la mano de Estados Unidos (EU) los gobiernos y tecnócratas de la Unión Europa (UE) abrazaron un modelo de globalización neoliberal que ahora está en pleno retroceso. En palabras del experto en geopolítica mexicano Alfredo Jalife-Rahme, la “era Trump” da inicio definitivamente a un proceso de “desglobalización” y a un nuevo orden mundial donde la “multipolaridad” pone fin a la hegemonía de EE.UU. vigente desde la Segunda Guerra Mundial. Sin la tutela de Washington – que fue quien impulsó y financió la creación de la UE para neutralizar a la Unión Soviética – Bruselas está descabezada. Son víctimas de su propio discurso y de sus propias políticas, ancladas en un modelo que ha quedado obsoleto, incapaces de adaptarse al nuevo escenario global.

La descomposición de la actual Unión Europea es tan evidente que incluso los tecnócratas que dirigen sus instituciones están barajando abiertamente la posibilidad de “reducir la UE a un simple mercado único” o poner en marcha una Europa de varias velocidades o los “Estados Unidos de Europa“. Cualquier ocurrencia es buena para seguir huyendo hacia adelante dando la espalda a la realidad.

Tras el mazazo que supuso el Brexit para las élites europeas, en países como Holanda ya debaten sobre la necesidad de abandonar el Euro. A escasos días de que se celebren elecciones generales (15 de marzo) más de la mitad de los holandeses estaría a favor de abandonar la UE siguiendo los pasos de Reino Unido. Grecia, cuya clase trabajadora está de nuevo en la calle luchando contra los recortes sociales y el expolio público, es un estado fallido al que la banca alemana y el FMI mantienen todavía con vida para poder exprimirle hasta su última gota de sangre (gracias a la traición de un gobierno “revolucionario” igual o peor que sus predecesores). La Hungría de Víktor Orbán forma parte del eje del mal “pro-ruso”, y su gobierno mantiene una guerra contra George Soros por promover la inmigración masiva hacia Europa con fines políticos y económicos. En Serbia, aspirante a entrar en la UE, la jefa de la diplomacia europea Federica Mogherini fue abucheada en el Parlamento cuando se disponía a dar un discurso el viernes 3 de marzo (“Serbia y Rusia no necesitan a la UE”).

Pero, a pesar del panorama general hostil al statu quo europeo, es la situación en Francia lo que trae de cabeza al establishment europeo. Las encuestas apuntan a que Marie Le Pen podría ganar las elecciones presidenciales del 23 de abril, lo que supondría la fractura definitiva y absoluta de la UE y de la Eurozona. Este hecho explica porqué la candidata Le Pen está sufriendo en estos momentos el ataque del establishment político y mediático europeo, de forma similar y paralela al ataque que está sufriendo Donald Trump en Estados Unidos. De momento los patrocinadores europeos del Estado Islámico pretenden juzgar a Le Pen por publicar en su cuenta de twitter unas fotografías que muestran las barbaridades cometidas por estas terroristas en Irak y Siria (Red Voltaire denuncia posible proceso contra eurodiputada francesa). Vivimos tiempos surrealistas, de “pos-verdad” lo llaman algunos analistas. Los miembros europeos de la OTAN pretenden ocultar sus propias responsabilidades aplicando la censura y la represión contra quienes las denuncian públicamente. Este tipo de ataques, que se irán incrementando a medida que se acerquen las elecciones, no harán más que incrementar los apoyos a Le Pen entre aquellos ciudadanos franceses que ven a la UE como una enorme losa burocrática que les aplasta y les empobrece. Y no me extraña nada en absoluto.

La misma burocracia dirigente instalada en Bruselas que acusa a Trump, a Le Pen y a la “extrema derecha” europea de atacar a los refugiados y a los inmigrantes, pretende ahora poner en marcha un “Plan de Acción” para expulsar de Europa a más de un millón de inmigrantes. Anteriormente conocíamos que Alemania había decidido pagar 1.200 euros a cada refugiado para que regresen a sus países. Del mismo modo sabemos también que el “miedo” de la UE hacia el ascenso de la “extrema derecha” es selectivo, puesto que en Ucrania apoyan y sostienen a un régimen neonazi que está realizando una limpieza étnico-ideológica en Donbass sin que esto suponga ningún dilema moral ni preocupación “humanitaria” en Bruselas. [ver documental de Oliver Stone: Ucrania en llamas]

¿Hay algún europeo racional al que no le den ganas de salir corriendo de esta criminal UE?

La Comisión Europea insta a los Estados miembros a expulsar a un volumen ingente de migrantes irregulares. Bruselas calcula que en la UE residen aproximadamente un millón de personas que deberían ser devueltas a sus países de origen, según el plan para acelerar retornos de extranjeros presentado este jueves. Casi dos años después de lanzar la idea del reparto de refugiados como principal alivio a la crisis migratoria, Europa se centra en las expulsiones y en el freno a las llegadas. [Bruselas pide expulsar a más de un millón de migrantes “sin papeles”,- El País, 2/3/2017]

Su modelo de “integración europea” ha fracasado y no tienen otro plan alternativo que resuelva los problemas que amenazan a las clases populares en Europa (deslocalización, desempleo, precariedad laboral, recortes sociales, desigualdades, pobreza, corrupción, pensiones, deuda impagable…). El Euro fue la culminación de un proceso de destrucción de la soberanía nacional de los Estados por orden de los “mercados financieros” y las grandes corporaciones occidentales (bajo la tutela de Washington). Hoy en día la devaluación salarial y la pérdida de derechos de los trabajadores europeos, unido a la implementación de más guerras imperialistas y más injerencias contra otros países independientes ricos en recursos (como Libia, Siria, Venezuela…), es la única fórmula que propone la UE para poder competir con otras regiones y países por el control de los mercados mundiales. La lógica del libre comercio sin barreras ni fronteras, la desregulación financiera,  la financiarización de la economía mundial, la propias reglas de la globalización neoliberal que estas élites occidentales impulsaron hace más de 20 años se han vuelto en su contra y han propiciado no sólo la crisis económica, política y social sufrida dentro de Europa, sino el ascenso meteórico de China como primera potencia capitalista mundial, que posteriormente gracias a su alianza estratégica con Rusia han removido las piezas del tablero geopolítico global.

La solución que plantean las élites europeas para salvar al viejo orden mundial unipolar y salvarse a si mismos y al capital financiero que los sustenta es, a corto plazo, la censura mediática, la represión de los disidentes y la identificación de un enemigo externo que impida ver sus propios errores y justifique sus políticas. El enemigo externo es Rusia, por supuesto, a la que ahora han sumado a Donald Trump (quien a pesar de su retórica inicial continúa incrementando la escalada militar en el este de Europa y tiene a Irán peligrosamente en el punto de mira, como hicieron sus antecesores). El enemigo interno, dicen ellos, es el “populismo “, “el ascenso de la extrema derecha” (no incluyen al régimen neonazi de Ucrania), “la antiglobalización”, la “ola de refugiados” (que ellos mismos provocan) o la eterna crisis económica (que se profundizará si finalmente se regresa al “patrón oro”, como podría acordar el futuro G-3: China, RusiaEstados Unidos).

Estos problemas que quitan el sueño a los globalistas occidentales fueron reflejados en el informe que presentaron en la última Cumbre de Seguridad de Múnich (Reporte 2017, ¿post-verdad, post-occidente, post orden?). La solución a medio-largo plazo para resolver estos problemas que plantean es “más Europa”, que es lo mismo que decir “más globalización”, lo cual significa menos soberanía de los Estados en beneficio de un “Gobierno Mundial” dominado por las élites financieras. Este objetivo del “gobierno mundial” es literal, no es una “teoría de la conspiración”. Hace unos días se celebró en Dubai la Cumbre del Gobierno Mundial 2017. En ella los intervinientes fueron muy transparentes. Por ejemplo el Secretario General de Naciones Unidas, Antonio Guterres, quien afirmó que la pérdida de confianza en los gobiernos nacionales requiere de una institución global que resuelva nuestros problemas. Viejas recetas para alcanzar la dominación global lanzadas por una élite ciega de poder que no quiere ver y asumir la nueva realidad geopolítica mundial.

La soberanía nacional es una reliquia del pasado. (…) Necesitamos respuestas globales y las respuestas globales necesitan instituciones multilaterales capaces de desempeñar ese papel [Welcome to Dubai and Globalist Insanity 2017 ,- Phil Butler, NEO, 2/3/2017]

En realidad la Unión Europea de Maastrich y del Euro es un muerto viviente desde, al menos, el estallido de la “crisis sistémica” desatada en 2007-2008 en el centro del capitalismo financiero mundial. Pero, contrariamente a lo que podíamos pronosticar en aquel entonces, no son los movimientos populares o la llegada al poder de gobiernos de izquierdas anti-neoliberales los que están acelerando su derrumbe. Más bien los movimientos antiglobalización y la izquierda política están desaparecidos, o peor aún, muchos de ellos están movilizados en defensa del viejo orden mundial unipolar y de la globalización neoliberal. Es la llamada “extrema derecha” o “derecha nacionalista” la que está poniendo en jaque al mundo Occidental.

Si nos fijamos bien, en estos momentos se está produciendo tanto en EU como en Europa una la lucha por el poder entre el capital financiero globalizado (cuyos intereses están ligados al actual sistema financiero, a la globalización y a los grandes tratados de libre comercio)  y un capitalismo nacional-continental más primario cuyos intereses estarían ligados a la producción nacional, al incremento del consumo interno y a la exportación a través de acuerdos comerciales bilaterales con otros países y regiones en función de sus intereses y estrategias particulares (Recomiendo escuchar al respecto el análisis del sociólogo holandés Wim Dierckxsens para el programa de radio Voces del Mundo, en Sputnik Mundo, 23/2/2017).

Si esta guerra por el poder la trasladamos a la esfera política y partidista, la actual contienda se disputa entre el viejo bipartidismo neoliberal defensor de la globalización que se ha turnado en el poder institucional en EU y Europa en las últimas décadas (sector que engloba a los llamados liberales, conservadores, socialdemócratas, progresistas…), y una fortalecida “extrema derecha” o “derecha nacionalista” que pretende recuperar la soberanía nacional volviendo al concepto de Estado-nación  y que tiene ahora a Donald Trump como su máximo exponente, o a Marie Le Pen en Europa. En estos momentos el esquema de disputa Izquierda-Derecha ha sido superado por una confrontación entre Globalización y Nacionalismo, como lo definió muy bien la periodista Vicky Peláez en uno de sus artículos (De la Globalización al Nacionalismo, Sputnik, 1/2/2017).

Como decía anteriormente, la izquierda política y los movimientos sociales no participan como protagonistas en esta batalla. Están desaparecidos del debate geopolítico y geoestratégico que ahora está reconfigurándose, y en la mayoría de los casos se están movilizando en contra de los llamados “populismos” de la mano de los mismos globalistas neoliberales (con Obama-Clinton a la cabeza) que llaman “populistas” a los gobiernos y dirigentes de izquierdas en Latinoamérica, por ejemplo. No ven más allá. Paradójicamente la izquierda “progresista” española (y me temo que la europea en general) está empleando los mismos términos para atacar a la extrema derecha nacionalista. Pero sin darse cuenta, al acusarles de “populistas”, la izquierda está admitiendo intrínsecamente que no pretenden romper con el régimen institucional europeo (incluido el Euro), porque entienden que no es posible hacerlo, dando por hecho que la “extrema derecha” lo hace sólo para captar votos. Los “progresistas” están demostrando que son más reaccionarios que la propia “extrema derecha”, quien en realidad está dejando en evidencia que sí tienen un modelo alternativo a la globalización neoliberal y al orden mundial unipolar (con todas la carencias, excesos o críticas que le queramos añadir a sus propuestas).

La “extrema derecha”, que ahora en Europa se identifica con Trump o Le Pen, ha señalado las causas del empobrecimiento de las clases trabajadoras, y sus dirigentes tienen el valor de denunciar públicamente a los grandes medios corporativos por la manipulación informativa que ejercen, algo que jamás han hecho los dirigentes de la izquierda progresista más reconocidos por temor a que les acusen de “atentar contra la libertad de prensa”. Esta claridad y determinación – entre otros factores – es el que hace que ésta “extrema derecha” encuentre el apoyo entre las víctimas de la globalización neoliberal tanto en EU como en Europa. Centrar todo su energía en reprocharle a la “extrema derecha” su discurso “racista” y en manifestarse en contra de sus políticas “xenófobas”, sin tener en cuenta el resto de su discurso en materia de soberanía económica, política, financiera, geoestratégica o geopolítica, supone un error de bulto que está pagando la “izquierda” con su irrelevancia. En España la “izquierda progresista” se ha situado en el “extremo centro”, el del “consenso político”, el lugar que ocupan los que tienen “sentido de Estado”, y han cedido su histórico espacio ideológico y estratégico a la “extrema derecha” a la que califican de “populista”.

¿Acaso no son “populistas” el resto de partidos “conservadores” y “socialdemócratas” que prometen trabajo y prosperidad a las clases populares? ¿Acaso no es populista “la izquierda” que promete crear una “alternativa” sin abandonar la estructura de poder supranacional que precisamente impide cualquier cambio radical? ¿Acaso no es populista presentar un programa electoral para “los de abajo” desligándolo de un contexto supranacional y global que hará imposible su cumplimiento? ¿Quién tiene la culpa de que la “izquierda” haya dejado huérfanas a las clases trabajadoras que ahora están abrazando a quienes les proponen romper con el sistema que les ha empobrecido?

La llamada “extrema derecha” occidental encabeza ahora el movimiento “antisistema” y “antiglobalización” que otrora fuera la bandera de la izquierda que quería cambiar las cosas. Por eso el pueblo trabajador les apoya. Por eso el enfrentamiento político por el poder se produce entre un bipartidismo neoliberal y globalista-imperialista que pretende mantener el statu quo, y una renovada extrema derecha de corte nacionalista que ataca al establishment y ha presentado una alternativa basada en la recuperación de la soberanía nacional y en acabar con el viejo orden mundial unipolar.

La izquierda “progresista” o “alternativa” no tiene realmente un modelo alternativo que presentar ante las clases populares, y sólo aspiran a sustituir a la socialdemocracia para “reformar” el actual sistema y proceder al reparto de ayudas sociales entre los excluidos pero sin romper de raíz con las estructuras que provocan esa exclusión, esa pobreza y esa desigualdad contra la que dicen luchar. Eso no es una “alternativa al sistema”, sino darle oxígeno y limpiar su imagen. La izquierda se ha mimetizado con la socialdemocracia, que a su vez es indistinguible de la derecha neoliberal. Por eso la “izquierda progresista” no tiene nada que decir ante este histórico cambio de paradigma geopolítico mundial que estamos viviendo. Salvo unirse mansamente a los globalizadores para criticar a Donald Trump.