Etiquetado: Geopolítica

¿A quién obedece Donald Trump cuando arremete contra Irán?

El presidente estadounidense Donald Trump anunció el pasado viernes 13 de octubre que había decidido no certificar el acuerdo nuclear con Irán (Plan Integral de Acción Conjunta, JCPOA por sus siglas en inlgés) firmado en julio de 2015. Como en tantas otras ocasiones anteriores, el régimen estadounidense no ha necesitado presentar ninguna prueba que avale sus acusaciones y amenazas. Obviamente esas pruebas contra Irán no existen.

De hecho, tras conocerse esta decisión por parte de Trump, el director del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA), Yukiya Amano, emitió un comunicado en el que afirma que Irán “está sometido al sistema de verificación nuclear más fiable del mundo” y que este país “está cumpliendo con todas las obligaciones” firmadas en dicho acuerdo desde hace más de dos años. Ahora la pelota se sitúa en el Congreso que tiene que decidir si Estados Unidos abandona definitivamente el acuerdo nuclear y si se imponen nuevas sanciones contra la República Islámica de Irán.

Pero si hay algo que resulta excepcional tras esta peligrosa decisión del régimen estadounidense es la enorme unanimidad que ha suscitado en su contra, incluso desde la órbita atlantista más belicista. Además de la citada OIEA, tanto el bipartidismo neoliberal de Estados Unidos (todos los Demócratas y la mayoría de Republicanos), como los grandes medios corporativos, los gobiernos occidentales de la OTAN, así como diversos think tanks imperialistas defensores de la “intervención humanitaria” y la “guerra preventiva” se han opuesto (o bien no la han apoyado abiertamente) a esta decisión unilateral de Donald Trump.

Ni siquiera el Pentágono está de acuerdo con ella, tal y como han expresado algunos analistas desde su centro oficial de análisis e investigación, la RAND Corporation [1].  Incluso el propio Secretario de Defensa James Mattis, el secretario de Estado Rex Tillerson o el Jefe del Estado Mayor Conjunto Joseph Dunford expresaron públicamente en ocasiones anteriores que eran partidarios de certificar dicho acuerdo y que Irán cumplía con sus compromisos en esta materia.

Desde el portal globalista The Atlantic, dos ex-funcionarios del Pentágono elevan el nivel de alarma señalando que acabar con el acuerdo supone “una invitación a la guerra” dirigida a Irán [2]. Desde el Consejo Atlántico, el think tank oficial de la OTAN, sus directivos y analistas de cabecera también denuncian el peligro que supone para EE.UU. abandonar el acuerdo nuclear de forma unilateral y sin ningún argumento de peso que lo justifique.

Todos desde Occidente parecen coincidir en que romper con este acuerdo nuclear pondría en peligro la estabilidad regional en Oriente Medio, obligaría a Irán a ponerse a la defensiva y a rearmarse desde el punto de vista nuclear, y además dejaría la credibilidad de Estados Unidos por los suelos a nivel internacional.

La decisión del presidente Donald Trump, que no es una sorpresa, socava la confianza y la credibilidad de los Estados Unidos entre sus aliados y la comunidad internacional. Si bien algunas de las críticas de Trump sobre el comportamiento de Irán en Medio Oriente son válidas, abogar por la descertificación elimina cualquier incentivo para que Irán verifique sus acciones y reduzca su programa nuclear y de misiles. La declaración del presidente Trump agrega combustible al fuego en un vecindario incierto lleno de desafíos de seguridad. También aumenta la probabilidad del aislamiento de los Estados Unidos de sus aliados europeos. (declaraciones de Bharath Gopalaswamy, director del Centro de Asia del Sur del Consejo Atlántico) [3]

Entonces cabe preguntarse en quién se está apoyando el presidente estadounidense a la hora de adoptar tan arriesgada e irracional posición. Por el momento el único país que ha aplaudido esta decisión es el régimen sionista de Israel.

El problema no son las armas nucleares. Se trata de Geopolítica

Colocar en el punto de mira el acuerdo nuclear con Irán es sólo una maniobra de distracción por parte de Donald Trump y sus estrategas de cabecera. Parece evidente que ésta es una decisión política arbitraria que nada tiene que ver con las “armas nucleares”, la “paz mundial” o la “lucha contra el terrorismo”.

Estados Unidos (y sus “aliados”) ha perdido la guerra terrorista contra Siria (e Irak), y con ella buena parte de su poder de influencia en Oriente Medio. Esto ha tenido unos efectos inesperados en toda la región, donde se está produciendo un cambio radical en las alianzas y estrategias establecidas entre los participantes y promotores de la guerra en Siria, Irak y Yemen.

Por ejemplo, Turquía, todavía miembro de la OTAN, mantiene hoy importantes acuerdos estratégicos con Rusia, China y con el propio Irán, al mismo tiempo que aumenta su enfrentamiento con Washington por su apoyo a los kurdos en Irak y Siria, principalmente. Catar ya es un socio energético de Irán de primer nivel, ya que ambos comparten el yacimiento de gas más grande del mundo (South Pars/North Dome), por cuya explotación se están peleando las grandes corporaciones europeas, entre otras [4]. Arabia Saudí, a raíz de sus derrotas en Siria y Yemen y de una crisis económica interna propiciada por la caída de los ingresos petroleros (caída provocada por ellos mismos tras su pacto con Estados Unidos [5]), ha dado un inesperado giro geoestratégico hacia Rusia y China (incluido un acercamiento a Irán) que podría asestar el golpe definitivo a la hegemonía global estadounidense.

Visto el panorama parece que Trump, influenciado por el sector más radicalmente sionista de su gobierno (incluido su yerno Jared Kushner), pretende amarrar políticamente a Israel (potencia nuclear no declarada), que pasa por ser el único socio fiable de Washington en Oriente Medio en estos momentos. Tampoco es casual que ambos regímenes se hayan retirado de la UNESCO al mismo tiempo.

Aunque, siendo rigurosos con los hechos, ni siquiera existe unanimidad dentro del propio Israel con respecto al acuerdo nuclear con Irán. Quienes pretenden romper con este acuerdo (o incluso piensan en una guerra militar contra Irán) son los sectores más extremistas del régimen sionista, con Benjamin Netanyahu a la cabeza. De hecho, sirva este dato como ejemplo, el ex-miembro del Mossad, Uzi Arad, quien fuera Asesor de Seguridad Nacional de Israel entre 2009-2011, se ha trasladado a Washington para “hacer lobby a favor de mantener el acuerdo” (As Trump Tries to Kill the Iran Deal, a Former Israeli Spy Lobbies to Save It,- Robin Wright, The New Yorker, 5/10/2017)

Washington intenta frenar la influencia de Irán en Oriente Medio poniendo presión sobre el acuerdo nuclear. De esta manera trata de forzar a Irán y a las potencias europeas (Reino Unido, Francia y Alemania) hacia la firma de otros acuerdos posteriores más amplios que, en última instancia, frenen el crecimiento de Irán, que es un socio estratégico de Rusia y una pieza clave de la Nueva Ruta de la Seda impulsada por China.

Trump se ha hermanado con su homólogo supremacista Netanyahu para atacar a Irán, que es lo mismo que atacar a “el triángulo de oro de Eurasia” (Rusia-China-Irán). Aunque, con su torpeza habitual, es probable que se produzca el efecto contrario (como ya ocurrió con las sanciones anteriores aplicadas contra Irán o Rusia) y que Estados Unidos pierda definitivamente a sus “aliados” europeos contribuyendo a que Europa se integre definitivamente en el proyecto euroasiático.

El presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker, llamó recientemente a restablecer los lazos entre la Unión Europea y Rusia, además de pronosticar que los países europeos sufrirán una grave crisis económica y demográfica en los próximos años. Moscú y Pekín, sin duda, estarán tomando buena nota de toda esta situación.

REFERENCIAS – NOTAS 

[1] Decertifying Would Not Increase U.S. Leverage,- artículo de Dalia Dassa Kaye, politóloga superior y directora del Centro de Políticas Públicas para Oriente Medio de la Rand Corporation (publicado en Jewish Journal, 4 de octubre 2017) http://jewishjournal.com/opinion/225406/decertifying-not-increase-u-s-leverage/

[2] Ending the Iran Deal Is an Invitation to War,- artículo de Ilan Goldenberg y Mara Karlin, expertos en Defensa y Seguridad y ex-funcionarios del Pentágono  (The Atlantic, 10/10/2017)  https://www.theatlantic.com/international/archive/2017/10/nuclear-iran-deal-trump-jcpoa/542457/

[3] Trump and the Art of the [Iran Nuclear] Deal,- un informe de Ashish Kumar Sen, subdirector de comunicaciones del Consejo Atlántico (publicado en la web del Atlantic Council, 13/10/2017) http://www.atlanticcouncil.org/blogs/new-atlanticist/trump-and-the-art-of-the-iran-nuclear-deal

[4]  La guerra por el mercado europeo del gas o el suicidio del imperio estadounidense, El Mirador Global, publicado el 2 de agosto de 2017.

[5] Did The Saudis And The US Collude In Dropping Oil Prices?,- artículo de Andrew Topf (OilPrice.com, 23/12/2014) http://oilprice.com/Energy/Oil-Prices/Did-The-Saudis-And-The-US-Collude-In-Dropping-Oil-Prices.html

 

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EE.UU pierde la guerra contra China por la hegemonía mundial

A pesar de las grandes campañas de propaganda dirigidas a denunciar la ficticia “injerencia de Rusia en las elecciones de Estados Unidos”, la supuesta “amenazada nuclear” que representa Corea del Norte, el falso “apoyo al terrorismo” por parte de Irán, o la “crisis humanitaria” y “represión” que sufre la población civil en Venezuela, el verdadero dolor de cabeza que sufren los planificadores estratégicos estadounidenses se llama República Popular China. El resto de países son un problema para Washington en la medida en que éstos se están relacionando estratégicamente con China, que ya ejerce como la primera potencia mundial.

En julio de este año Michael Collins, subdirector adjunto y jefe del centro de misiones de la CIA en Asia Oriental, pronunció las siguientes palabras en un foro sobre Seguridad celebrado en la ciudad de Aspen, en Colorado:

“China representa una amenaza mayor que Rusia (…) China está socavando el orden internacional dirigido por Estados Unidos que ha traído paz y estabilidad en Asia durante los últimos 40 años. Beijing está tratando de usurpar el poder y la influencia estadounidenses en la región” (…). [CIA analyst: Beijing poses a greater threat than Russia, Asia Times, 26/7/2017]

Posteriormente el director de la CIA, Mike Pompeo, apuntaba en la misma dirección que su subordinado y añadía:

China, y no Rusia o Irán, es quien supone la mayor amenaza para Estados Unidos en materia de Seguridad Nacional” (…) debido a su economía robusta y creciente poderío militar, ambos dirigidos contra los Estados Unidos. (…) El ejército chino está construyendo fuerzas que tienen como objetivo contrarrestar la proyección de nuestro poder en todo el mundo (…) En materia tecnológica están intentando robar nuestras cosas, o asegurándose de que puedan derrotarlas” (…). [CIA Gives More Power to Spies to Bolster Intelligence Operations,  The Washington Free Beacon, 26/7/2017]

Steve Bannon, ex-jefe de estrategia de la Casa Blanca, también dibujó el negro escenario futuro al que se enfrenta Estados Unidos. Además reconoció abiertamente que las recientes tensiones con Corea del Norte forman parte de un “espectáculo” político y mediático cuyo verdadero objetivo es realmente frenar el crecimiento de China:

“Estamos en guerra económica con China. Uno de nosotros va a ser un hegemón en 25 o 30 años, y van a ser ellos si continuamos por este camino ” (…) tenemos que estar masivamente enfocados en esto. Si seguimos perdiendo terreno, estaremos a cinco años de distancia, creo, diez años como máximo, de llegar a un punto de inflexión del que nunca podremos recuperarnos ” (…) nos están aplastando. [Economic War With China is Everything,’ North Korea a ‘Sideshow’: White House Chief Strategist,- TeleSur, 17/8/2017]

Estados Unidos ha iniciado una guerra geoeconómica contra China para intentar salvar su hegemonía mundial vigente desde hace 70 años. Por el momento lo hacen de forma superficial, pero algunos analistas ya están advirtiendo sobre cómo se está fraguando entre bambalinas esta inminente guerra geoeconómica contra China [1] que en el peor de los casos podría derivar en una guerra militar-nuclear mundial.

Aunque, más allá de las intenciones y estrategias de Washington, la realidad tangible en estos momentos es que el decadente imperio estadounidense no está en condiciones de ganar esta guerra geoeconómica, sencillamente porque el viejo orden mundial ha muerto. La nueva realidad multipolar (especialmente visible a partir de la crisis financiera de 2008, con la anexión voluntaria y pacífica de Crimea y Sebastopol a Rusia, y ahora tras la derrota de la OTAN en Siria) impide al poder económico de Estados Unidos – y occidental en general – imponer por la fuerza o a través del chantaje sus intereses particulares al resto del mundo.

Y mucho menos pueden hacerlo en contra de la primera potencia global de facto (China), que además ha establecido una serie de alianzas estratégicas con otras potencias (especialmente Rusia) y países de primer nivel y ha creado estructuras financieras, económicas, monetarias y militares (BRICS, OCS, RCEP, BAII,…) que funcionan al margen de los viejos organismos internacionales controlados por Estados Unidos.

[leer también: ¿Será Arabia Saudí el verdugo definitivo de Estados Unidos?, El Mirador Global, 27/9/2017]

Dicho de otro modo, el mundo es algo más que Estados Unidos y Europa (Occidente). Y ese mundo crece y se desarrolla sin necesidad de que Estados Unidos participe en la fiesta o tenga que dar su aprobación a los acuerdos y a las políticas que se implementan entre estos países. China es quien lidera ese “nuevo mundo” y la economía global. Al viejo imperio norteamericano sólo le quedan dos opciones: aceptar esta nueva realidad multipolar global y resituarse ante el nuevo escenario compartiendo su hegemonía y las regiones de influencia con los nuevos centros de poder euroasiáticos; o bien iniciar contra sus competidores una devastadora guerra mundial que sería nuclear y que no tendría ganadores.

Todavía estamos en la fase de ruido y pataleo. Las sanciones económicas y las amenazas lanzadas desde Washington (y seguidas por sus títeres europeos) contra aquellos países que no se someten a sus intereses no sólo resultan inútiles, sino que están fortaleciendo y cohesionando a sus enemigos/competidores. Estas acciones desesperadas de Estados Unidos y sus “aliados” son una demostración de la impotencia que sienten al no poder revertir el cambio tectónico que se está produciendo en la estructura del poder capitalista a nivel global [2].

Como señala el reconocido economista y profesor canadiense Michel Chossudovsky en uno de sus artículos, la economía estadounidense de hoy es totalmente dependiente de la economía China, y no al revés. Hablar desde Washington de doblegar a China tratando de “aislarla” imponiéndole sanciones económicas y restricciones comerciales resulta ridículo y además es suicida. Si China se hunde… será Estados Unidos quien se ahogue.

“China no depende de las importaciones estadounidenses. Todo lo contrario. América es una economía de importación con una débil base industrial y manufacturera, fuertemente dependiente de las importaciones de la República Popular China.

China es el mayor socio comercial de Estados Unidos. Según fuentes estadounidenses, el comercio de bienes y servicios con China ascendió a unos 648.200 millones de dólares en 2016. Las exportaciones de productos básicos de China a Estados Unidos totalizaron 462.800 millones de dólares. Eso quiere decir que Estados Unidos exporta a China 185.400 millones de dólares. El déficit comercial de EE.UU. respecto a China es gigantesco.

La importación de productos básicos procedentes de China (más de 462.000 millones de dólares) es propicia a través de la interacción de las cotizaciones mayoristas y minoristas (que contribuyen al valor añadido) a un aumento sustancial del PIB de Estados Unidos, sin necesidad de producción de productos básicos. Sin las importaciones chinas, la tasa de crecimiento del PIB sería sustancialmente menor. A lo que nos estamos refiriendo es Import Led Growth. Las empresas estadounidenses ya no necesitan producir, subcontratan con un socio chino.

(…) A esto hay que añadir que China posee 1 billón de dólares en Bonos del Tesoro estadounidense [3].

Por otro lado, China ya no es sólo una potencia exportadora de productos manufacturados de baja calidad y sin ningún valor añadido. Esta definición ha quedado obsoleta, aunque desde Occidente se sigue caricaturizando la imagen de lo que hoy en día representa China en el mundo, presentándola como un país medieval que crece a base de exportar productos copiados y baratos y de explotar a su empobrecida población. Sin embargo, como suele ocurrir demasiado a menudo con la información que recibimos, los datos nos muestran una realidad bien diferente y muy amenazante para los intereses de las grandes corporaciones financieras e industriales occidentales.

Veamos algunos ejemplos muy clarificadores:

– En el año 2010 un centro de investigación científica de China presentó el “superordenador más rápido jamás fabricado” (Ashlee Vance, The New York Times, 28/10/2010), desplazando a Estados Unidos del primer lugar como el fabricante de la máquina más rápida. Estas “supercomputadoras” se utilizan para realizar millones de operaciones financieras de forma inmediata a escala global; se supone que quien disponga la máquina más rápida tiene ventaja frente a sus competidores en los mercados financieros mundiales. Pero estas máquinas también se utilizan en el sector de la energía (petróleo y gas), la defensa, la ciencia, etc. Era la confirmación de que Pekín también aspiraba a ser una superpotencia tecnológica.

– En 2011 China fabricaba “7 de cada 10 teléfonos celulares vendidos en todo el mundo”; producía “más del 90% de las computadoras de todo el mundo”; y su industria naval representaba “el 45% de la construcción naval a nivel mundial” (The Atlantic, 5/8/2013).

– En 2014 China triplicó el número de patentes registradas en comparación con Estados Unidos (801.000 patentes chinas, casi la mitad del total mundial, frente a las 285.000 patentes estadounidenses). Se espera que en 2020 China registre 14 patentes por cada 10.000 habitantes frente a las 4 por cada 10.000 que registró en 2013.

– China ya iguala o supera en estos momentos a los estadounidenses en ámbitos tan importantes estratégicamente como la informática, la robótica, la industria electrónica, el ciberespacio, la ciberseguridad, la defensa digital, las comunicaciones satelitales… o en los niveles de educación de sus jóvenes estudiantes, según los informes PISA.

– En 2012 China ya invertía en investigación y desarrollo la misma cantidad que toda la Unión Europea. En 2016 China se posicionó como la segunda potencia mundial en investigación y desarrollo, y se espera que en los próximos años supere a Estados Unidos. Ahora mismo en China se producen tantas publicaciones científicas como en Estados Unidos. Y los universitarios chinos ya superan a sus homólogos estadounidenses en el número de doctorados otorgados en ciencia e ingeniería. El futuro de la investigación científica mundial tiene su epicentro en Pekín.

– “China es el nuevo líder en el campo de la inteligencia artificial”; así titulaba The New York Times un informe publicado el 2 de junio de 2017.

– También hay que actualizar el discurso en materia de salarios: en la industria manufacturera en China los salarios se han triplicado en la última década hasta llegar a superar los salarios de países como Brasil, México (hasta un 40% más altos que en México en el año 2015) o Colombia, y llegando a igualar a los salarios de países europeos como Portugal o Grecia. El salario “por hora” del trabajador medio en China es superior al de todos los grandes países de América Latina (con excepción de Chile). En 2016 un trabajador chino recibía un salario equivalente al 70% del salario medio que reciben los trabajadores en la Eurozona.

Es casi seguro que esa diferencia salarial se ha reducido a día de hoy (2017), puesto que las tendencias salariales en ambos lugares siguen avanzando en la misma dirección: hacia arriba en el caso chino, hacia abajo en el caso europeo. Pero, además, debemos señalar que existen otras variables económicas a la hora de medir el nivel de los salarios (el poder adquisitivo por ejemplo) que si las tenemos en cuenta colocan los salarios chinos a la misma altura que los salarios estadounidenses y europeos.

(…) en términos de utilidad real, la economía de China es ya mas grande que la de Estados Unidos y explica porque sigue creciendo a un ritmo sostenido mucho mayor: los salarios chinos, calculados a la tasa de cambio formal entre las monedas respectivas, pueden ser más bajos, en términos nominales, que los salarios norteamericanos o europeos, pero puede que sean mayores en cuanto a capacidad de compra de los bienes y servicios necesarios para llevar una vida confortable en China. [4]

La imparable tendencia ascendente de China – en cualquiera de los parámetros que lo queramos medir – es tan evidente que hasta sus principales enemigos y máximos perjudicados con su progresión no tienen más remedio que reconocer este nuevo paradigma global que se viene fraguando en los últimos años.

Tal es su avance tecnológico, por ejemplo, que el think tank de cabecera del Pentágono, la RAND Corporation, incluso reconoce que Estados Unidos perdería una ciberguerra contra China, y que en el caso de iniciarse una guerra militar convencional la contienda “no tendría un  ganador claro” [5], lo cual equivale a reconocer que también la perderían en ese terreno.

Este sentimiento de debilidad y de miedo respecto a la espectacular transformación de China quedó confirmado una vez más a través de unas declaraciones de Joseph Dunford, Jefe del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos, pronunciadas el pasado 26 de septiembre ante el Comité de Servicios Armados del Senado y en las que señaló que China se convertirá en  “la mayor amenaza para la seguridad de EE.UU. en el año 2025“, por encima incluso de Rusia y Corea del Norte.

Especialmente relevante es la opinión del veterano politólogo estadounidense y especialista en materia de Defensa, Graham T. Allison, quien escribió lo siguiente respecto a los desafíos que enfrenta Estados Unidos: “El preeminente desafío geoestratégico de esta época no son los extremistas islámicos violentos ni la renaciente Rusia. Es el impacto del ascenso de China”. Esta contundente afirmación viene de alguien que ha sido asesor del Pentágono y del Departamento de Defensa con diferentes gobiernos desde los años 60, además de miembro de la RAND Corporation, del Consejo de Relaciones Exteriores, del Brookings Institution y de la Comisión Trilateral. Nada más y nada menos.

En su libro titulado Destinados a la guerra: ¿Pueden Estados Unidos y China escapar de la trampa de Tucídides? publicado en mayo de 2017, el experto aporta multitud de datos que dan muestra del poderío multidimensional de China, a la que Allison considera ya “la mayor economía del mundo”.

En las tres décadas y media transcurridas desde que Ronald Reagan se convirtió en presidente (…) China subió del 10 por ciento del tamaño de Estados Unidos al 60 por ciento en 2007, al 100 por ciento en 2014 y al 115 por ciento hoy. Si la tendencia actual continúa, la economía de China será un 50 por ciento más grande que la de Estados Unidos en 2023. Para 2040 podría ser casi tres veces más grande. Eso significa que China contaría con unos recursos tres veces superiores a los de América para usarlos como poder de influencia en las relaciones internacionales. Tales ventajas económicas, políticas y militares brutas crearían un mundo más allá de lo que los políticos estadounidenses puedan imaginar. [6]

En los últimos 15 años China ha sacado de la pobreza a más de 600 millones de personas (cifra que aumenta hasta los 800 millones si analizamos los últimos 35 años, algo jamás visto antes). Pekín, bajo el fuerte liderazgo de Xi Jimping, está reestructurando y diversificando su economía para hacerla menos dependiente de las exportaciones, fortaleciendo a su vez la demanda interna del país. A ello contribuyen los millones de chinos que se han incorporado a la “clase media” en los últimos años. En el año 2015 China ya tenía la mayor “clase media” del mundo, superando claramente a Estados Unidos. Un estudio de The Economist pronostica que en el año 2030 habrá en China 500 millones de personas formando parte de la “clase media”; está previsto también que la demanda interna china crezca a un ritmo del 5% anual hasta ese mismo año 2030.

Por otro lado Xi Jimping se ha comprometido este año a erradicar totalmente la pobreza en el año 2020. Todavía existen en el país cerca de 50 millones de personas en situación de pobreza, principalmente en las zonas rurales; a finales de 2014 esta cifra era superior a los 70 millones. El objetivo de fondo del plan puesto en marcha por Pekín es crear una “sociedad de bienestar integral”. Observando los datos no cabe duda de que lograrán este deseable objetivo.

Y todo esto, claro, sin hablar de las mareantes cifras que rodean a la Nueva Ruta de la Seda, el mayor y más extenso proyecto de infraestructura e inversión de la historia.

NOTA ADJUNTA: Algunos sectores desde la izquierda critican a China por considerar que su interés reside únicamente en “sustituir” a Estados Unidos como la primera potencia capitalista global, sin que esto suponga ningún cambio sustancial en el panorama internacional. Sin embargo existen diferencias profundas entre el liderazgo chino y el estadounidense. Señalo las dos más importantes:

1- China no impone por la fuerza militar sus intereses al resto del mundo;

2- China tampoco impone condiciones políticas a sus socios para llegar a acuerdos comerciales o financieros (como obligar a los gobiernos a aplicar “ajustes estructurales” o “políticas de austeridad”, por ejemplo).

Sus acuerdos tanto de tipo comercial como económico-financiero están basados en la cooperación y el beneficio mutuo (Ganar-Ganar). China no exige la subordinación de sus homólogos para firmar un acuerdo, ni les prohíbe comerciar o relacionarse con terceros países. Respeta la soberanía de los Estados (no patrocina “cambios de régimen” ni “primaveras árabes”) y recurre a la diplomacia como vía para resolver los conflictos (como vimos recientemente en su disputa fronteriza con India en la región de Doklam. Un conflicto, por cierto, azuzado por Estados Unidos e Israel).

En resumen: Estado Unidos necesita recurrir a la guerra y al terrorismo para sostener su economía; China promueve una economía global de paz. Estas diferencias, por sí solas y con todos los matices que queramos añadirles, ya cambian por completo el panorama internacional abriendo una puerta a la esperanza de cara al futuro.

REFERENCIAS – NOTAS

[1] Kissinger y Bannon forman proyecto de alarma contra China,- artículo del experto en geopolítico Alfredo Jalife-Rahme (La Jornada, 4/10/2017)

[2] Nueva estructura económica del sistema capitalista mundial después del 2008,- artículo del sociólogo y analista geopolítico Enrique Muñoz Gamarra (11/2/2017) http://www.enriquemunozgamarra.org/Articulos/163.pdf

[3] Imagine What Would Happen if China Decided to Impose Economic Sanctions on the USA?,- artículo del profesor Michel Chossudovsky (Global Research, 3/8/207) http://www.globalresearch.ca/imagine-what-would-happen-if-china-decided-to-impose-economic-sanctions-on-the-usa/5598941 

[4] De los salarios chinos,- una nota de Umberto Mazzei, doctor en Ciencias Políticas de la Universidad de Florencia y director del Instituto de Relaciones Económicas Internacionales Sismondi, en Ginebra.  (América Latina en Movimiento, 22/9/2017)

[5] Tomgram: Alfred McCoy, The Global War of 2030,- un artículo extraído del último libro del historiador Alfred W. McCoy titulado En las Sombras del Siglo Americano: El Auge y la Decadencia del Poder Global de los Estados Unidos (publicado en TomDispatch, 26/9/2017)

[6] La trampa de Tucídides: ¿Están los Estados Unidos y China dirigidos a la guerra?,- un trabajo de Graham T. Allison, ex-director del Centro Belfer de Ciencias y Asuntos Internacionales de la Escuela Kennedy de Harvard y ex-secretario adjunto de Defensa de Estados Unidos para políticas y proyectos. Es el autor del libro Destinados a la guerra: ¿Pueden Estados Unidos y China escapar de la trampa de Tucídides?

¿Será Arabia Saudí el verdugo definitivo de Estados Unidos?

La hegemonía global de Estados Unidos y la supremacía regional del criminal régimen saudí ejercidos desde el final de la Segunda Guerra Mundial han sido posibles en la medida en que ambos regímenes protegían mutuamente sus intereses. A raíz de unos acuerdos bilaterales alcanzados tras la crisis petrolera de 1973, fundamentalmente, Estados Unidos garantizaba a los Al Saud protección e impunidad a nivel internacional así como la expansión de sus negocios e inversiones por todo el mundo a cambio de que la primera potencia petrolera mundial utilizara el Dólar como moneda de referencia para el comercio petrolero internacional, permitiendo con ello que Washington (con un Dólar hipervalorado artificialmente) impusiera su hegemonía financiera, monetaria, económica, política y militar sobre el resto del mundo. Así viene siendo desde 1975 hasta nuestros días.

(Un capítulo aparte merecería la utilización del terrorismo yihadista como arma geopolítica desarrollada por Washington y Riad – con la ayuda inestimable de Israel  y otros regímenes “aliados” – desde al menos el año 1978-79 en Afganistán en contra de la Unión Soviética y hasta nuestros días en contra de la República Árabe de Siria quien, finalmente, ha salido victoriosa.)

A las élites políticas y económicas de ambos regímenes (corporativo/wahabí) les ha ido muy bien desde entonces. Pero los acontecimientos ocurridos en la última década, con la resurrección político-militar de Rusia de la mano de Vladimir Putin y el ascenso económico-financiero arrasador de China convertida ya en la primera potencia mundial, han puesto boca bajo el tablero geopolítico global poniendo en peligro, incluso, esta vieja relación Washington-Riad basada en el  petrodólar.

En estos momentos Arabia Saudí tiene en sus manos el futuro del imperio estadounidense. El régimen wahabí puede romper el equilibrio de poder global en favor de China y Rusia eliminando del tablero a Estados Unidos.

Obviamente esta hipótesis es arriesgada, pero existen hechos objetivos que indican que Arabia Saudí, pensando únicamente en su propia supervivencia y en sus intereses mercantilistas, podría verse obligado a dar un giro geoestratégico hacia Eurasia (China-Rusia básicamente, así como Irán e India, entre otros mimbros de la OCS y del BRICS) que podría suponer el punto final de la dictadura del petrodólar y por ende de la hegemonía integral estadounidense.

No es la primera vez que Arabia Saudí amenaza con hacer “colapsar al dólar” como una forma de presión sobre las decisiones políticas de Washington. Esto ocurrió, por ejemplo, en abril de 2016 cuando en el Congreso de Estados Unidos se debatía la aprobación de un proyecto de ley que permitiera juzgar al régimen saudí por su responsabilidad en los atentados del 11-S (el entonces presidente Barack Obama vetó personalmente aquel proyecto de ley, algo que el propio Congreso reprobó y anuló posteriormente).

Posteriormente los multimillonarios contratos para la venta de armas firmados en mayo pasado por Donald Trump y el rey Salman bin Abdelaziz, así como las duras amenazas del presidente estadounidense contra Irán, han hecho que las aguas vuelvan a su cauce entre ambos regímenes, al menos aparentemente.

Si no puedes con tu enemigo… únete a él

Pero la geopolítica provoca extraños compañeros de cama y deja al desnudo la hipocresía de los discursos oficiales. Primero fue Turquía, más tarde Catar, y ahora es la mismísima Arabia Saudí quien está cambiando por debajo de la mesa su estrategia y buscando un acercamiento hacia Irán, aliada estratégica de Rusia y China.

Nada menos que el diario globalista británico The Economist, uno de los principales órganos de propaganda del capital financiero anglosajón, informó el pasado 7 de septiembre sobre este acercamiento entre Arabia Saudí y los gobiernos chiítas de la región, principalmente Irán. En el artículo se viene a reconocer implícitamente la situación de debilidad interna y regional que atraviesa el régimen wahabí. La utilización de la “fuerza” ha fracasado, porque sus rivales son más fuertes, y ahora toca explorar otras alternativas mientras recuperan oxígeno.

El cambio puede estar en marcha en las relaciones hostiles de Arabia Saudita con los chiítas y su campeón, Irán. (…) Al ascender al trono en 2015, el rey Salman bin Abdelaziz y su joven hijo y ministro de Defensa, Muhammad, buscaron revertir la influencia de Irán de la región por la fuerza. (…) Dos años después, el príncipe Muhammad, que desde junio ha sido príncipe heredero, puede estar pensando de forma diferente. En lugar de enfrentarse a los diversos satélites de Irán, los está cortejando a ellos y a sus gobernantes chiítas. [The Saudis may be stretching out the hand of peace to their old foes,- The Economist, 7/9/2017]

Este giro aparentemente tan radical y que contradice absolutamente el discurso público de Arabia Saudí respecto a Irán y su posición en Oriente Medio, no obedece a un cambio ideológico de sus dirigentes o a una crisis de conciencia por los crímenes cometidos. Obedece más bien a un pragmático cambio de estrategia obligados por la actual coyuntura económica, política y militar a nivel regional y global.

No es nada personal, sólo son negocios

La caída de los precios del petróleo ha dejado un agujero en las cuentas públicas saudís que no parece cerrarse a pesar del repunte en el precio del crudo de los últimos meses. La fuga de capitales parece imparable y las reservas del Banco Central están en mínimos históricos. El régimen saudí se ha visto obligado a poner en marcha un plan de diversificación y modernización de su economía que está disparando el gasto público contribuyendo con ello a incrementar su déficit fiscal. A nadie se le escapa que Arabia Saudí es una potencia petrolera y todavía mantiene unas reservas de divisas muy grandes, pero aún así el Fondo Monetario Internacional (FMI) pronostica que de seguir por esta senda en 5 años el país se quedará sin los recursos financieros necesarios para cubrir sus gastos presupuestarios.

En paralelo a la caída de los ingresos, el régimen saudí financió desde 2011 la guerra contra Siria y todavía financia una guerra contra Yemen iniciada en marzo de 2015 que tiene perdida. En Siria sus terroristas fueron derrotados y su millonaria inversión tirada a la basura. En Yemen ocurre exactamente lo mismo. El príncipe heredero saudí Mohammed ben Salman está tratando de buscar una salida digna en Yemen, lo que conlleva obligatoriamente a que Arabia Saudí y Estados Unidos – entre otros – alcancen un acuerdo con Irán.

De nuevo comprobamos que la retórica pública y la propaganda mediática van por un lado, mientras que la pragmática realidad trascurre por otra senda más oculta.

A toda esta precaria situación económica y geopolítica saudí, hay que sumar una desestabilización social y política interna provocada por una guerra civil desatada contra los chiítas en la  gobernación de Qatif y una lucha por el poder entre las élites wahabitas que se están librando de forma soterrada en el reino petrolero.

Las implicaciones del asedio de Arabia Saudí sobre la ciudad de Awamiyah, en la periferia de Qatif, están empezando a surgir. Varias fotos que muestran la destrucción y las condiciones similares a las de una guerra civil en la ciudad, de mayoría chií, demuestran la intensidad del conflicto. (…). Las fuerzas centrífugas de la provincia son muy importantes por tres razones. La primera; la mayor parte de la minoría chíi de Arabia Saudí (algunos estiman que compone el 15% de la población) se concentra aquí. La segunda; la provincia alberga la mayor parte de las industrias petroleras y petroquímicas del reino. La tercera; se trata del acceso de Arabia Saudí al Golfo. (…). Pero lo más importante es que el intenso conflicto en Qatif amenaza con acabar con la nueva y más agresiva política exterior saudí, como demuestra la guerra en Yemen y los intentos de aislar a Qatar. [Maha Abdin, Arabia Watch, 12/8/2017]

Esta situación de retroceso e inestabilidad saudí contrasta con el crecimiento de sus principales competidores comerciales y adversarios políticos. La alianza estratégica en materia energética iniciada en 2014 entre Moscú y Pekín ha propiciado que desde marzo de este año Rusia haya desplazado a Arabia Saudí como el principal exportador de petróleo a China, que es el mayor importador de petróleo del mundo. China y Rusia comercializan el gas y el petróleo en Yuanes respaldados por Oro.

La República Islámica de Irán, potencia energética y principal enemigo regional de Arabia Saudí, fue la primera que abandonó el Dólar en sus transacciones energéticas con China, evadiendo así las sanciones occidentales. En el año 2012-2013 las sanciones impuestas por el régimen de Barack Obama obligaron a Irán a buscar nuevos mercados en Eurasia. India se convirtió en uno de sus socios estratégicos de primer nivel en detrimento de Arabia Saudí. India comenzó a pagar el petróleo iraní en Oro utilizando a Turquía como intermediario y esquivando así las sanciones estadounidenses. Desde enero de 2013 Irán también comenzó a aceptar Rupias indias como moneda para el pago de petróleo y gas. Irán ha triplicado sus exportaciones energéticas a la India desde que se levantaran las sanciones en enero de 2016.

Estas maniobras llevadas a cabo por Irán demuestran que el Dólar no es imprescindible para hacer negocios y desarrollar las economías de los países (más bien al contrario). Las sanciones de Estados Unidos, aunque no son deseables por ningún gobierno, ya no son efectivas, y además obligan a estos gobiernos sancionados a diversificar su economía y buscar nuevos mercados y socios comerciales, como también ocurrió con Rusia que terminó hermanándose estratégicamente con China ante la irracional y peligrosa hostilidad de Occidente (EE.UU-OTAN-UE).

Arabia Saudí sigue siendo el principal suministrador de petróleo de la India (un gigante en ascenso con más de 1.300 millones de habitantes, potencia nuclear y el tercer mayor importador de petróleo mundial), pero en los últimos años está perdiendo terreno en favor de las empresas rusas que han iniciado una fuerte campaña de inversiones energéticas en el país.

Después de fallidas conversaciones con Saudi Aramco, Essar Oil podría vender 49% de su negocio a Rosneft a cambio de $5,5 millardos y un acuerdo de suministro de 200 mil barriles diarios (MBD) a 10 años. Parte de ese crudo ahora podría venir de las empresas mixtas en las que participa Rosneft en Venezuela.
Por otra parte, el gobierno indio ha animado a las empresas petroleras públicas y privadas a adquirir activos petroleros en el extranjero, desde Rusia y Sudán hasta Venezuela, como una forma de garantizar su seguridad energética. Después de un período de cierto retraimiento tras la crisis económica mundial, las empresas petroleras indias parecen estar mirando de nuevo al extranjero, con Ongc, Indian Oil, Oil India y Bharat Petroleum pagando $4,2 millardos, para adquirir participaciones en campos de Siberia Oriental de Rosneft.
Además, estas empresas indias están haciendo una oferta por 22% de Adco en Abu Dhabi. [India: un elefante sediento de petróleo ,- Kenneth Ramírez, diario venezolano El Mundo (Economía y Negocios), 21/8/2016]

Por otro lado Venezuela, que recientemente anunció que también abandona el petrodólar, es el cuarto suministrador petrolero de India y las transacciones entre ambos se realizarán a partir de ahora en monedas distintas al Dólar (Rupias y Yuanes básicamente). India es además miembro de los BRICS y de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), organismos que representan a la mitad del planeta tanto en términos demográficos como económicos.

Añadan a toda esta ecuación a Catar, que ya opera en Yuanes en su comercio con China, y se encontrarán con que algunos de los mayores exportadores de petróleo y gas natural del mundo y los dos países más poblados del planeta y que más hidrocarburos importan están abandonando o lo han hecho ya el Dólar como única moneda de referencia para sus transacciones.

[leer también: La guerra por el mercado europeo del gas o el suicidio del imperio estadounidense]

En esta extraordinaria coyuntura internacional Arabia Saudí tendrá que decidir si sigue perdiendo terreno geoestratégico de la mano de un imperio en decadencia, o se abraza al salvavidas euroasiático, lo que conlleva abandonar la exclusividad del petrodólar. Por el momento el régimen wahabí no ha tenido más remedio, para disgusto del imperialismo norteamericano, que recurrir a China para financiarse en Yuanes y tratar de revitalizar su economía.

Arabia Saudita está dispuesta a  financiarse en yuanes chinos (…) lo que plantea la posibilidad de estrechar las relaciones financieras entre los dos países. El gobierno saudita ha comenzado a pedir prestados decenas de miles de millones de dólares en el extranjero en el último año para cubrir su gran déficit presupuestario causado por los bajos precios del petróleo, pero sus emisiones de bonos y préstamos extranjeros han sido denominados en su totalidad en moneda estadounidense. La obtención ahora de fondos en yuanes podría darle a Ryad más flexibilidad financiera y marcaría un éxito para China, el mercado más grande para el petróleo saudí, en su campaña para hacer del yuan una moneda internacional de primer nivel. [Saudis may seek funding in Chinese yuan, Reuters, 24/8/2017]

Rusia y China han creado en los últimos años la infraestructura financiera necesaria para poner en marcha un sistema monetario internacional alternativo al petrodólar (aunque también es cierto que existen algunas contradicciones dentro de los BRICS que parecen retrasar este cambio, como explica el economista y analista geopolítico Peter Koenig en uno de sus recientes artículos: BRICS – Potential and Future in an Emerging New World Economy). Solo falta que de forma oficial y definitiva por fin se anuncie este cambio histórico de paradigma en la arquitectura del poder mundial.

¿Todavía no se lo creen? Hablemos de China y de la petrolera saudí Aramco

Debido a su delicada situación financiera el régimen wahabita anunció en 2016 que se disponía a privatizar el 5%, (por el momento) de su empresa estatal de petróleo Aramco, la mayor empresa petrolera del mundo. El dinero de esta venta serviría, según el régimen wahabí, para financiar el ambicioso y costoso Proyecto Visión 2030 mediante el cual Riad pretende diversificar su economía hasta el punto de llegar a no depender del petróleo en esa fecha.

La salida a bolsa de este 5% de Aramco ha sido pospuesta recientemente debido, entre otras cuestiones internas, a que los inversores dispuestos a comprar las acciones de la petrolera la valoran en un precio infinitamente menor que el marcado por los dirigentes saudíes.

Pero más allá de esta guerra interesada de cifras, el verdadero interés geopolítico de esta privatización parcial de la petrolera saudí reside en que, según señalan muchos de los expertos en la materia (por ejemplo Tom Holland en SCMP o Nick Butler en Financial Times), es el capital procedente de China quien más probabilidades tiene de hacerse con esta participación directa en Aramco.

Por un lado China, que consume 9 millones de barriles de petróleo al día y cuya economía sigue creciendo, necesita garantizarse el suministro de petróleo. Por otro lado Arabia Saudí, que necesita con urgencia el dinero fresco del que disponen los chinos gracias a su enorme superávit comercial global. La ecuación para sencilla de resolver.

El dinero corre en ambas direcciones. Arabia Saudí está incrementando en el último año sus inversiones en China a pesar de sus problemas financieros. En el mes de marzo el rey Salman ben Abdulazid y Xi Jimping firmaron “14 acuerdos de cooperación” por valor de 65.000 millones de dólares, especialmente en el sector petrolero y petroquímico.

Al mes siguiente, el 16 de marzo de 2017, la agencia Reuters publicaba la siguiente información:

El conglomerado chino de defensa North Industries Group Corp (Norinco) firmó un acuerdo marco con la petrolera estatal Saudi Aramco para construir un complejo de refinerías y productos químicos en el noreste de China. Los proyectos planeados – incluyendo una refinería de 300.000 barriles por día y un complejo de etileno con capacidad anual de 1 millón de toneladas – se construirán con un costo estimado de 69.500 millones de yuanes (10.090 millones de dólares), según un funcionario de la industria con conocimiento de el acuerdo. 

Hace apenas unas semanas, el 23 de agosto pasado, el ministro saudí de Energía anunció que Aramco había llegado a un acuerdo con la estatal PetroChina para invertir cientos de millones en una nueva refinería en la provincia china de Yunnan, donde próximamente esperan producir conjuntamente 260.000 barriles diarios de petróleo. Arabia Saudí ya es propietaria de un 25% de otra refinería en Fujian, en el sureste de China.

Además ciudades como Pekín, Shanghai y Xiamen albergan las oficinas centrales de Aramco China, la filial china de la estatal petrolera saudí, desde donde se gestiona no sólo el comercio petrolero con China sino su estrategia comercial de expansión por toda Asia.

La exportaciones petroleras de la saudí Aramco hacia Estados Unidos disminuyen en la misma medida en que se incrementan sus acuerdos energéticos con China. Arabia Saudí no sólo pretende “diversificar su economía” sino también diversificar a sus aliados estratégicos. China parece ser su prioridad vital de cara al futuro. Y obviamente sus intercambios petroleros se realizarán finalmente en Yuanes, lo que supondrá el adiós definitivo al petrodólar y a la hegemonía global estadounidense.

Las consecuencias de la derrota de la OTAN-CCG en Siria 

Si bien desde un punto de vista puramente económico la crisis financiera de 2007-2008 supuso un punto de inflexión en la decadencia de Occidente a nivel mundial, la reciente derrota geoestratégica de la OTAN-CCG en Siria supuso un golpe casi definitivo para sus intereses.

Esto explica porqué algunos de los principales patrocinadores de la guerra de invasión terrorista contra Siria iniciada en 2011 están dando ahora un giro tan radical en sus políticas, como Turquía o Catar. O como el propio Estados Unidos, que de la mano de Donald Trump buscaba tras su llegada a la presidencia un acuerdo global con Rusia, lo que suponía en sí mismo un reconocimiento del nuevo orden mundial multipolar y el fin de la hegemonía unipolar de Estados Unidos, como reconoce el propio Pentágono en uno de sus informes. Aunque ahora Trump parece estar definitivamente en manos de los sectores imperialistas más extremistas.

Siria ha sido, gracias a su pueblo, su ejército, su gobierno y sus  del Eje de la Resistencia, la tumba del imperialismo occidental y de sus títeres en Oriente Medio. Rusia, Irán, Siria y Hezbollá salen fortalecidas tras ganar la guerra al terrorismo occidental/wahabí. La OTAN, Israel y Arabia Saudí están aterrorizados ante el escenario que se presenta en la región. La Nueva Ruta de la Seda atravesará Irak y Siria en su camino hacia Europa, así como los gasoductos y oleoductos conjuntos de Irán y de un reconvertido Catar hacia el codiciado mercado europeo… con el permiso de Rusia.

Tanto Estados Unidos a nivel mundial como Arabia Saudí a nivel regional están siendo devorados por quienes algún día fueron sus víctimas. Unos países y pueblos cuyo instinto de supervivencia y necesidad de desarrollo han hecho que en los últimos años unieran sus intereses formando una red alianzas estratégicas y una infraestructura alternativa que ahora amenazan con tumbar a quienes fueron en algún momento sus verdugos e impusieron su dictadura neoliberal global a sangre y fuego.

Ni desde un punto de vista militar, ni económico-financiero, ni tampoco político-diplomático pueden ya las potencias occidentales imponer sus intereses en Oriente Medio y el resto del planeta. Ya nada se decide sin contar con el beneplácito de las potencias euroasiáticas y sus dirigentes.

Occidente no puede “aislar” a la otra mitad del planeta, y mucho menos cuando además las economías y demografías euroasiáticas están en continuo ascenso. A las élites políticas y económicas occidentales sólo les resta utilizar sus aparatos de propaganda mediática para manipular y vilipendiar a estos dirigentes euroasiáticos. Porque en la realidad, sobre el terreno, son ellos quienes se disponen a dirigir el mundo.

La guerra por el mercado europeo del gas o el suicidio del imperio estadounidense

El “pivote asiático” anunciado por Barak Obama en 2012 tuvo como respuesta el anuncio de la Nueva Ruta de la Seda por parte de la China de Xi Jimping en 2013, el proyecto más ambicioso de la historia moderna y que ha dejado boquiabiertas a las élites imperialistas occidentales. El golpe de Estado neonazi patrocinado por Washington y Bruselas en Ucrania en febrero de 2014 arrojó definitivamente a Rusia a los brazos de China. Fue Rusia quien “pivotó” hacia Asia. El pacto secreto alcanzado el 11 de septiembre de 2014 entre Estados Unidos y Arabia Saudí para hundir los precios del petróleo [1] tampoco obtuvo los resultados esperados: la economía de Rusia se está recuperando y además se está diversificando.

Desde entonces las sanciones y la hostilidad política, económica y militar de EE.UU. y sus vasallos de la OTAN contra Rusia, China o Irán sólo han servido para profundizar los lazos entre estos países e incrementar su influencia en Oriente Medio y en todo Asia. Por si esto fuera poco, como resultado de este fortalecimiento, Rusia le ha ganado la guerra a la OTAN en Siria.

Eurasia ya no es sólo un concepto geográfico sino que se ha convertido en un sujeto geopolítico y geoestratégico real que ha cambiado la balanza del poder mundial. Cada vez son más los países que buscan la cobertura de la Organización de Cooperación de Shanghai (como India y Pakistán, dos potencias nucleares) y la financiación del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (AIIB, por sus siglas en inglés), para mayor desesperación de la OTAN y sus think tanks corporativos.

Sin embargo lejos de cambiar su estrategia, las élites imperialistas estadounidenses continúan con la misma agenda de agresión e injerencia contra aquellos Estados soberanos que no se someten a sus intereses. Su fe ciega en su “excepcionalismo” y su ambición de poder están acelerando el fin definitivo de su hegemonía global.

Ahora desde Estados Unidos se implementan nuevas sanciones contra Rusia, Irán, Corea del Norte e indirectamente contra China (posteriormente también contra Venezuela) que inevitablemente ocasionarán los mismos resultados para sus promotores.

No es ninguna casualidad que estos países sean la obsesión del Estado Profundo estadounidense. En un reciente informe emitido por el Pentágono, en el cuál se reconoce sin disimulos que Estados Unidos ha perdido su dominio global, se señala precisamente a China, Rusia, Irán y Corea del Norte como los responsables del fin de la “primacía” de Estados Unidos [2]. Este trascendental informe viene a confirmar que una mayoría de los militares del Pentágono apoyan a Donald Trump y su pretendido cambio de paradigma en su política exterior y que asumen el carácter multipolar del Nuevo Orden Mundial. El problema es que sus recetas para recuperar su hegemonía siguen siendo las mismas de siempre: más injerencia y más militarización en contra de sus “competidores”.

Pero lo más relevante en estos momentos a raíz de las nuevas sanciones procedentes de Washington, es que ahora son sus propios vasallos europeos quienes también sufren su injerencia directa en sus asuntos internos y estratégicos, lo que puede provocar una ruptura histórica entre Estados Unidos y las viejas potencias europeas, principalmente de una Alemania que está en el punto de mira geoeconómico de Donald Trump desde su llegada a la Casa Blanca, obsesionado con revertir el déficit comercial que mantiene con este país.

Guerra por el mercado energético de Europa contra Rusia, Irán y Catar

En diciembre del año 2015 el Congreso estadounidense votó a favor de eliminar las restricciones sobre la exportación de petróleo y gas (vigentes desde 1973) para dar salida al excedente de energía proveniente de la “fracturación hidráulica” o fracking impulsado especialmente por el régimen de Obama. La intención de Estados Unidos era convertirse en una potencia exportadora de hidrocarburos, principalmente de gas natural licuado (GNL) o gas de esquisto.

En el año 2012 la Agencia Internacional de Energía (AIE), un organismo dependiente de la OCDE, pronosticó que Estados Unidos se convertiría en 2015 en el mayor productor de gas y petróleo del mundo por delante de Rusia y Arabia Saudí respectivamente [3], nada más y nada menos. Hasta ese punto llegan los ambiciosos planes de las élites económicas y políticas estadounidenses. Pero para alcanzar ese objetivo, las grandes corporaciones estadounidenses necesitan conquistar el mercado energético de Europa. Y para lograrlo es necesario a su vez eliminar a sus competidores: estos son Rusia e Irán, principalmente, a los que ahora se une también Qatar. Estos países son los mayores exportadores de gas del mundo.

Catar está negociando con Irán la construcción de un gasoducto que inundaría a Europa con el gas procedente del gigantesco yacimiento South Pars/North Dome que comparten ambos países. El gasoducto pasaría por Catar, Irán y Turquía hasta Europa. Esto supone que Catar (y Turquía) da un giro geoestratégico radical y se sitúa en frente de los intereses de Arabia Saudí y Estados Unidos. Recordemos que Estados Unidos, Arabia Saudí, el propio Catar y Turquía (más el Reino Unido, Francia, Israel y Jordania) iniciaron la guerra terrorista contra Siria en 2011 precisamente porque Bashar al Assad se opuso en el año 2009 a la construcción de un gasoducto común procedente de Catar y Arabia Saudí con destino al mercado europeo, lo que iría en detrimento de Irán y Rusia, aliados fundamentales de la República Árabe Siria.

Por lo tanto la guerra terrorista contra Siria iniciada en 2011, así como las sanciones posteriores contra Rusia, Irán o Catar (también contra China y Venezuela), no obedecen a cuestiones que tengan que ver con los “Derechos Humanos”, la extensión de la “democracia”, la reducción de las armas nucleares (cuyos acuerdos Irán cumple escrupulosamente) o la “lucha global contra el terrorismo”, sino a la lucha de Estados Unidos por mantener su ya inexistente hegemonía global y la conquista del mercado energético en Europa en particular.

Actualización de la “doctrina Wolfowitz”: dominar Europa atacando los intereses de Europa. (China y Rusia se frotan las manos)

Antes de aterrizar en Alemania para asistir a la cumbre del G-20 celebrada en Hamburgo el pasado 7 y 8 de julio, el presidente Trump aterrizó en Varsovia. Los grandes medios corporativos, especialistas en manipulación informativa y en desviar la atención de la audiencia hacia cuestiones superficiales y políticamente irrelevantes, pusieron el énfasis de la noticia en el carácter “populista” y “nacionalista” de ambos gobernantes o en su hostilidad conjunta hacia las “autoridades europeas”. Sin embargo prefirieron ignorar lo más relevante del trasfondo de esta visita.

Polonia y Croacia (junto a otros 10 países) encabezan un proyecto de carácter estratégico que pretende unir el mar Báltico, el mar Adriático y el mar Negro: la Iniciativa de los Tres Mares. Washington apoya esta iniciativa porque a través de estos países pretende introducir su gas licuado en Europa. En el año 2014 Polonia comenzó la construcción de una terminal de gas natural licuado en el Báltico que a día de hoy ya recibe los buques cisterna procedentes de Estados Unidos. Por su parte Croacia está construyendo una terminal similar en el mar Adriático. Trump pretende crear un corredor energético para unir ambas terminales [4].

Consecuentemente con esta estrategia, Washington se opone a la construcción del gasoducto North Stream 2 entre Rusia y Alemania, proyecto que fortalecería la seguridad energética alemana y la posición de Rusia en Europa como su principal potencia exportadora. La Casa Blanca, siguiendo la línea marcada por el Congreso y el Senado estadounidenses, anunció recientemente que impondría sanciones a aquellas empresas europeas que participen en la construcción de dicho gasoducto.

Por otro lado Trump pretende reducir el déficit comercial que Estados Unidos mantiene con Alemania. Por su parte Alemania ve como una amenaza la iniciativa de los Tres Mares ya que pondría en peligro su hegemonía en el este de Europa. Además a Donald Trump todavía le escuece el Tratado de Libre Comercio entre la Unión Europea y Japón firmado justo antes de que aterrizara en Hamburgo para acudir a la cumbre del G-20. Todos estos hechos cruzados enfrentan los intereses de EE.UU. con los de Alemania, y por extensión con los de toda Europa.

También con los de Francia. El pasado 3 de julio la petrolera francesa Total firmó un acuerdo con Irán para liderar un consorcio que explotará la parte iraní del gasoducto South Pars/North Dome. La participación de Total será aproximadamente de un 50% del proyecto (que ascenderá a 5.000 millones de euros en total), junto a la Corporación Nacional de Petróleo de China (CNPC) que controlará un 30% y la empresa estatal iraní Petropars que recibirá el 20% restante [5]. Este es el primer gran acuerdo energético de un país occidental con Irán tras el levantamiento de las sanciones en enero de 2016.

Las duras reacciones de las élites neoliberales europeas ante el nuevo paquete de sanciones de Washington no tiene nada con ver con un cambio ideológico de los gobiernos y los globalistas europeos, y mucho menos con cuestiones éticas. No están defendiendo a Rusia, ni el respeto por el Derecho Internacional, ni siquiera se oponen a las sanciones, sino que protestan porque ahora las sanciones ilegales les afectan a ellos directamente al mantener acuerdos estratégicos con Moscú, algo que ha dejado claro la ministra de Economía de Alemania en unas declaraciones públicas cargadas de hipocresía:

La ministra de Economía de Alemania, Brigitte Zypries, ha denunciado que las nuevas medidas contra Moscú propuestas por los legisladores estadounidenses “violan el derecho internacional” (…) los estadounidenses “no pueden castigar a las empresas alemanas” porque tengan intereses comerciales en otro país. La ministra ha enfatizado que “por supuesto que no queremos una guerra comercial” con EE.UU., pero ha recordado que Alemania había pedido repetidamente a Washington que no se desviara de la política común de sanciones occidentales contra Rusia. “Desafortunadamente, eso es exactamente lo que están haciendo” (…) “es correcto que la Comisión Europea considere ahora “contramedidas” contra Washington. [Rusia Today, 31/7/2017]

Parece ser, escuchando a la ministra alemana, que los Estados están obligados a respetar el Derecho Internacional sólo cuando su incumplimiento afecta a sus propios intereses. Ya saben, las leyes las cumplo cuando me benefician y las pisoteo cuando me perjudican.

La amenazas lanzadas desde Europa contra EE.UU. forman parte de un pulso entre las potencias y las grandes corporaciones occidentales por acaparar más cuota de poder en un inestable tablero geopolítico y geoeconómico mundial que les ha dejado descolocados tras el cambio de paradigma en la balanza de poder global.

La Unión Europea está ahora probando de su propia medicina, la misma que ellos aplicaron (siguiendo mansamente las órdenes de Washington) contra Rusia, Irán… o mucho antes contra Cuba.

El Estado Profundo pretende reactivar la doctrina Wolfowitz de 1992. Y Donald Trump parece sucumbir ante su estrategia.

(…) la doctrina Wolfowitz teoriza sobre la necesidad de que los Estados Unidos bloqueen el surgimiento de cualquier competidor potencial a la hegemonía estadounidense, particularmente las «naciones industrializadas avanzadas» como Alemania y Japón. La Unión Europea es un blanco particular:

«A pesar de que los Estados Unidos apoyan el proyecto de integración europea, debemos velar para que no surja un sistema de seguridad puramente europeo que socave la OTAN, y particularmente su estructura de mando militar integrado». 

Se solicitará a los europeos que incluyan en el Tratado de Maastricht una cláusula que subordine su política de defensa a la de la OTAN, mientras el informe del Pentágono aboga por la integración de los nuevos Estados de Europa Central y del Este en el seno de la Unión europea, beneficiándolos con un acuerdo militar con los Estados Unidos que los proteja contra un posible ataque ruso. [6]

¿Qué ocurrirá de aquí en adelante? Todavía es muy pronto para saberlo. Pero algunos analistas geopolíticos ya anticipan que Alemania y quizás otros países de la UE reorientarán su política exterior hacia el eje eurasiático encabezado por China y Rusia (Eurasia) [7]. Otros importantes “aliados” de Washington (como Turquía, Irak, India, Pakistán, Filipinas…) ya han iniciado este viraje estratégico. Con sus propias acciones violentas y desesperadas el Imperio está cavando su propia tumba. Esto último, al menos, es algo que debemos celebrar en estos tiempos de incertidumbre.

 

REFERENCIAS – NOTAS

[1] Did The Saudis And The US Collude In Dropping Oil Prices?,- artículo de Andrew Topf

[2] Pentagon Report Points To Unsustainable Status Quo For U.S.’ Global Empire,- artículo de Whitney Webb (Mint Press News, 28/7/2017) http://www.mintpressnews.com/report-unsustainable-status-quo-u-s-global-empire/230231/

[3] La revolución que cambiará el mapa energético mundial,- diario económico Expansión (15/11/2012). Leer también: Estados Unidos se convertirá en el mayor productor de gas y petróleo del mundo,- revista Petroquímica (petróleo, gas, química y energía)

[4] The Fatal Flaw in Washington’s New Energy Strategy,- artículo del analista geopolítico y escritor F. William Engdahl (13/7/2017)

[5] Acuerdo de desarrollo de Pars del Sur,- un reportaje de la cadena iraní Hispan TV (YouTube, 28/7/2017)

[6] Paul Wolfowitz, el alma del Pentágono,- por Paul Labarique (Red Voltaire, 24/2/2005) http://www.voltairenet.org/article123982.html

[7] Imperial Folly Brings Russia and Germany Together,- artículo del analista geopolítico Pepe Escobar (Sputnik International, 29/7/2017)

 

 

 

 

La utilización del terrorismo como arma geopolítica

En un artículo que publiqué el 27 de marzo de 2017 titulado “El Gran Kurdistán y la balcanización de Siria” advertía que muy probablemente veríamos en las próximas semanas cómo la actividad de los grupos terroristas que operan en Siria e Irak desde 2011 (bajo las directrices de EE.UU-OTAN-CCG) se iría desplazando a otras regiones más cercanas a Rusia y China para tratar de frenar su integración, desarrollo e influencia en Eurasia (y en todo el mundo), lo que supone una amenaza mayúscula para la hegemonía occidental y estadounidense en particular.

Esta imparable pérdida de la hegemonía global por parte del poder económico y político occidental, decía entonces, es el mayor problema al que se enfrentan y lo que verdaderamente aterra a las clases dominantes. La “guerra global contra el terrorismo”, la situación de los “refugiados”, los “Derechos Humanos” o la “extensión de la democracia” son tan sólo cínicos pretextos utilizados por Occidente para justificar sus políticas imperialistas contra Estados soberanos que siguen su propia agenda. Pero estos argumentos artificiales no aguantan el menor análisis.

En aquel artículo escribí también que ante la imposibilidad de imponerse en Siria y debilitar a Irán, con una Rusia impermeable a las sanciones y cada vez más influyente en Oriente Medio, y con una China cada vez más fuerte en todo África, Asia y Latinoamérica, era más que probable que las potencias de la OTAN tratasen de incendiar y desestabilizar a Rusia, China e Irán desde lugares más cercanos a sus fronteras o incluso desde su propio territorio utilizando para ello al terrorismo yihadista que ahora opera en Siria y en otros países de Oriente Medio y del sudeste y centro de Asia. Tengamos en cuenta que en Siria e Irak están operando miles de yihadistas rusos procedentes de la región del Cáucaso, así como también miles de yihadistas uigures procedentes de la región de Xinjiang, en el noroeste de China.

Estos terroristas, ahora con experiencia de combate y entrenamiento militar servido por la OTAN, suponen un potencial peligro para la estabilidad y seguridad interna de Rusia y China, algo que ya están aprovechando los patrocinadores del terrorismo internacional para reorganizarse ante el nuevo orden mundial multipolar.

Pues bien, en las últimas semanas estamos asistiendo a este previsible desplazamiento de la actividad terrorista hacia las proximidades de Rusia y China y sus esferas de influencia. Algunos de sus aliados estratégicos ya están sufriendo el ataque de los yihadistas dirigidos por la OTAN. Pero antes de nada es conveniente repasar algunos hechos probados que demuestran esta utilización del terrorismo con fines políticos y económicos.

En política internacional no existen las casualidades, sino las causalidades

Si uno observa tanto el momento como el lugar donde se producen los atentados terroristas, así como los golpes de Estado o “revoluciones de color” patrocinadas por Occidente, se da cuenta de que existe una relación directa y descarada entre este incremento de la actividad yihadista y las decisiones políticas que adoptan los gobiernos de los países que sufren esa violencia y desestabilización. Es decir, los atentados terroristas y los “golpes suaves” son una forma de castigo hacia aquellos gobiernos que toman una dirección política que va en contra de los intereses de Estados Unidos y la OTAN (del poder económico y financiero occidental).

En algunos casos se busca el derrocamiento total del gobierno en cuestión (el “cambio de régimen”) y en otros casos se trata de darle un escarmiento para que rectifique su rumbo y se coloque de nuevo bajo la órbita del poder político y económico occidental.

Esto último fue lo que le ocurrió al presidente turco Recep Tayyip Erdogan cuando en junio de 2016 decidió restablecer las relaciones diplomáticas y comerciales con Rusia y firmar posteriormente importantes acuerdos geoestratégicos con el presidente Vladimir Putin. La consecuencia de esta decisión – y de otras, como oponerse a la creación de un “Kurdistán” en Siria – fue el intento de golpe de Estado patrocinado por Washington ocurrido inmediatamente después, el 15 de julio de 2016. Una filtración de los servicios secretos rusos al presidente Erdogan impidió que éste último fuera asesinado mientras descansaba en un hotel a las afueras de Estambul. Meses más tarde, el 19 de diciembre de ese año, era asesinado el embajador ruso en Turquía Andréi Kárlov a manos de un miembro de la red terrorista FETO, protegida por la CIA y vinculada al Estado Islámico. Este cobarde asesinato se producía justo después de que la mediática ciudad siria de Alepo fuera liberada de la barbarie terrorista, con la colaboración de Turquía.

Algo muy similar, aunque bajo el formato de “Revolución de Color”, fue lo que ocurrió en Ucrania a finales de 2014 y principios de 2015, cuando el entonces presidente Viktor Yanukovic decidió rechazar las duras condiciones políticas que le imponían desde Bruselas a cambio de ingresar en la UE y de recibir el apoyo financiero de la Troika (FMI, BCE y la Comisión Europea). Por el contrario el entonces presidente ucraniano firmó un acuerdo económico, financiero y comercial con Rusia bajo unas condiciones mucho más favorables para el país. Inmediatamente después recibió como respuesta desde Washington y Bruselas un golpe de Estado ejecutado por grupos fascistas extremadamente violentos que fue retransmitido y presentado por los medios corporativos como una “revolución democrática” pro-europea: la llamada “revolución del Euromaidán“.

O también en Honduras. La noche del 28 de junio de 2009 un grupo de militares golpistas sacaron de la cama al legítimo presidente de Honduras, Manuel Zelaya, lo subieron a un avión y lo trasladaron a la base militar de EE.UU. en Palmerola, desde donde fue llevado finalmente a Costa Rica. Apenas tres meses antes del golpe, “casualmente”, el gobierno hondureño había anunciado un acuerdo con Petróleos de Venezuela (PDVSA) – en el marco de cooperación regional del ALBA – para la explotación del petróleo de Honduras, decisión que iba en detrimento de varias empresas norteamericanas y europeas, como Chevron, Exxon Mobil, Shell o incluso la hondureña Dippsa, que estaban interesadas en explotar sus recursos [1]. Se da la circunstancia, además, de que el presidente Zelaya mantenía una disputa legal con estas empresas transnacionales, a las que incluso había amenazado con “nacionalizar” si éstas no se sometían a las leyes que impulsaba el gobierno pensando en el interés general de sus ciudadanos y no en los intereses privados de las oligarquías.

[leer también: No son los Derechos Humanos, ¡es el petróleo, estúpido!]

En Egipto también asistimos a este fenómeno desde la llegada al poder en 2013 de Abdelfatah al Sisi tras derrocar a los Hermanos Musulmanes apoyados por las potencias occidentales. El cambio de rumbo geopolítico de Egipto y su acercamiento a Rusia (incluyendo las negociaciones para la instalación de bases militares rusas en la costa egipcia, el intercambio comercial bilateral utilizando sus propias monedas nacionales, un  fondo de inversión conjunta, acuerdos en materia alimentaria, militar, tecnológica…) tuvo como consecuencia un incremento de la actividad terrorista en el país árabe. Por ejemplo, el 8 de diciembre de 2016 la corporación rusa Rosatom y el gobierno egipcio anunciaron los detalles de un acuerdo para la construcción de una planta nuclear en Al Dabaa, en la costa mediterránea de Egipto. Dos días después, el 11 de diciembre de 2016, estallaba una bomba en una catedral cristiana copta en El Cairo matando a 25 personas y dejando más de 50 heridos. El Estado Islámico reivindicó posteriormente el atentado. Días antes de producirse este atentado, además, el presidente egipcio había reafirmado su apoyo a la integridad territorial de Siria y a su gobierno en su lucha contra el terrorismo yihadista.

Más recientemente, el pasado 7 de junio de 2017, la República Islámica de Irán sufría dos ataques terroristas el mismo día, uno contra el Parlamento iraní (15 días después de celebrar las elecciones presidenciales) y otro contra el mausoleo del Ayatolá Khomeini que causaron 17 muertos y más de 40 heridos. Estos atentados se producían sólo dos semanas después de que Donald Trump viajara a Riad para llamar a sus “aliados” a la creación de una coalición militar suní en contra de Irán (la mal llamada “OTAN árabe”), país al que calificó como el principal patrocinador del terrorismo del mundo. Anteriormente el ministro de Defensa saudí, Mohamed Ben Salman, amenazó abiertamente con llevar el terror a suelo iraní: “Nosotros no esperaremos a que la batalla se dé en Arabia Saudí; en lugar de eso, trabajaremos para que la batalla se dé sobre ellos, en Irán” (Sputnik Mundo, 5/5/2017). Y sólo un día antes de los atentados, el ministro de Exteriores saudí Abdel al Jubeir sentenció públicamente a Teherán a través de su cuenta en Twitter: “Irán debe ser castigado por su apoyo al terrorismo” (RT, 7/7/2017). Era la primera vez que el obediente Estado Islámico cometía un atentado terrorista dentro de Irán.

En los casos concretos de Libia y Siria no se trataba de dar un “escarmiento” a sus dirigentes sino de eliminarlos físicamente y destruir las infraestructuras de estos países para convertirlos en “Estados fallidos” fácilmente dominables. Para ello múltiples grupos terroristas fueron coordinados para invadir estos países y reconvertidos en verdaderos ejércitos de mercenarios al servicio de la OTAN y las grandes corporaciones occidentales.

En el año 2009 Muamar Gadafi propuso, como presidente de la Unión Africana, la creación de una moneda panafricana respaldada por el oro libio y abandonar el dólar para la venta del petróleo y el gas africano. Muchos países, entre ellos Túnez y Egipto, respaldaron esta iniciativa que trataba de alcanzar la unidad política, la independencia económica y la soberanía de los Estados africanos. Además de Estados Unidos, si este gran proyecto impulsado por Gadafi se hubiese puesto en marcha, Francia sería una de las más perjudicadas al perder su dominio monetario (franco CFA), comercial y económico-financiero en el “África francófona”, lo cual explica la implicación directa de Francia (y en particular de Nicolas Sarkozy)  en la organización de la destrucción de Libia, planificada junto a EE.UU. y Reino Unido mucho antes de iniciarse la guerra de invasión contra el país más desarrollado de África por aquel entonces. Sarkozy llegó a calificar a Libia como una “amenaza para la estabilidad financiera del mundo” [2].

Es necesario recordar en este punto que anteriormente Sadam Hussein – el otrora “aliado” de EE.UU. contra Irán – ya había comenzado a vender el petróleo iraquí en Euros en lugar de Dólares (noviembre del año 2.000). Esto desencadenó la posterior invasión y destrucción de Irak en el año 2003. Estados Unidos temía que el resto de miembros de la OPEP siguieran el mismo ejemplo de Irak ante la caída del Dólar frente al Euro, lo que hubiese provocado el colapso definitivo de la economía estadounidense (basada en el “petrodólar”) y el fin de su hegemonía global [3].

De nuevo en el año 2009, en Siria el presidente Bashar al Assad rechazó una propuesta de Catar para construir un gasoducto que permitiera llevar su gas a través de Arabia Saudí, Jordania, Siria y Turquía hasta Europa, en detrimento de Rusia que es su principal suministrador. De esta manera, además, EE.UU. podría asegurarse de que esas reservas y operaciones comerciales se siguieran denominando en Dólares, manteniendo así la hegemonía monetaria y financiera mundial que permite que su economía siga a flote. Por si fuera poco, en paralelo a este rechazo a la propuesta catarí (saudí y occidental), el presidente sirio llegó a un acuerdo con Irán, Irak y Líbano para construir un “oleoducto islámico” que podría convertir a Irán en “el principal proveedor del mercado energético europeo”, lo que chocaba frontalmente con los intereses de EE.UU. y sus aliados en la región, principalmente de Arabia Saudí, Catar e Israel.

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Poco después, como ya sabemos, surgieron “espontáneamente” las “Primaveras Árabes” que afectaron “casualmente” a estos gobiernos díscolos cuya agenda se desvinculaba peligrosamente de los intereses occidentales.

Pero incluso detrás de la reciente crisis en Oriente Medio tras el “bloqueo” de Estados Unidos (que sigue vendiendo armas y firmando acuerdos para “combatir el terrorismo” con Doha), Arabia Saudí y otros Estados árabes en contra de Catar, se esconden unas motivaciones similares a las anteriormente señaladas, aunque los medios corporativos se están encargando de distraernos y manipularnos. Catar está vendiendo su gas en otras divisas distintas al dólar, principalmente a China que importa de Catar un 20% del gas que consume utilizando como moneda de pago el Yuan (Renminbi). En abril de 2015 China abrió en Doha un “centro de distribución e intercambio de renminbi” que pretende ser el centro financiero para la expansión del Yuan en Oriente Medio. Desde la pasada primavera el régimen catarí está estudiando junto a Irán la construcción de un gasoducto conjunto que pasaría por Siria y Turquía dirigido a abastecer al mercado europeo con el gas procedente del gigantesco yacimiento que comparten ambos países: South Pars-North Dome. También estudian la posibilidad de llevar este gas al mercado asiático a través de la India (la 4ª potencia económica mundial, 1ª potencia demográfica, potencia nuclear, miembro de los BRICS y de la Organización de Cooperación de Shanghai, nada menos). En diciembre de 2016 Catar compró (junto a la firma suiza Glencore) un 20% de las acciones de la petrolera estatal rusa Rosneft.

Los vínculos económicos entre Rusia, Irán, Catar y Turquía nos ayudan a comprender mejor los acuerdos políticos alcanzados en Siria entre estos países. Pero estos “pequeños detalles” no son tenidos en cuenta por los medios corporativos occidentales a la hora de explicarnos lo que ocurre con Catar y la “crisis” en Oriente Medio.

Es decir, Catar maneja una agenda política propia cuyos intereses chocan frontalmente con los de EE.UU., Arabia Saudí y el régimen sionista de Israel.

¿Tiene entonces algo que ver el bloqueo a Catar con la “lucha contra el terrorismo” por parte de Estados Unidos y sus “aliados” en la región? Más bien es una guerra geoeconómica para tratar de mantener su hegemonía mundial [4].

Reorganización del terrorismo yihadista ante el fin de la hegemonía estadounidense

Además de los ya conocidos escenarios donde actúan los yihadistas de la OTAN, en la actualidad aparecen en escena nuevos puntos calientes donde los grupos terroristas surgen como por arte de magia o reaparecen “células durmientes” que despiertan ante la voz de sus amos. No es por casualidad, lógicamente.

Una vez asumida por parte de Donald Trump la derrota terrorista en Siria e Irak y asumido el carácter multipolar del Nuevo Orden Mundial, tal y como se evidenció en la reciente Cumbre del G-20 en Hamburgo [5], el imperialismo norteamericano redirige ahora a sus mercenarios salafistas hacia las fronteras de sus máximos enemigos geoestratégicos Rusia y China con el fin de cortar el paso de la Nueva Ruta de la Seda y la imparable asociación Eurasiática liderada por ambas potencias.

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Por ejemplo, en Afganistán se lanzó “la madre de todas las bombas” después de que Washington alertase sobre la creciente presencia del Estado Islámico en el país, motivo por el cual anunció el envío de más tropas y más armas al país. Sin embargo las élites estadounidenses no se sienten obligadas a explicar cómo ha sido posible este incremento del terrorismo yihadista en un país que están vigilando y ocupando militarmente desde hace 16 años. Sólo veo dos posibles respuestas: o bien las agencias de inteligencia estadounidenses y las élites militares y políticas reconocen que son unos absolutos incompetentes a la hora de “luchar contra el terrorismo” y garantizar la seguridad de los países donde intervienen; o bien están reconociendo implícitamente que su “guerra global contra el terrorismo” es un fraude y que son ellos mismos quienes permiten, fomentan y dirigen la expansión y actividad de los terroristas en el mundo. Llevan 16 años “reconstruyendo un país” que cada día está más destrozado. Y ahora pretenden volver a invadirlo con miles de soldados y de mercenarios a sueldo (“contratistas privados“).

Indonesia, el país con la población musulmana más grande del mundo, también sufre actualmente la inestabilidad política y la actividad terrorista alentada desde el exterior [6]. Arabia Saudí es el principal patrocinador de algunos grupos yihadistas que actúan en este país, como el “Frente de Defensores Islámicos”. El régimen saudí además financia más de 100 centros de estudios y universidades (como LIPIA, situada en la capital Yakarta) y ha construido 150 mezquitas en Indonesia desde donde difunde su ideología: el  wahabismo. Hay que destacar que Indonesia, además de los acuerdos que mantiene con Rusia en el plano militar, forma parte de la Asociación Económica Regional Integral (RCEP, por sus siglas en inglés) liderada por China, un gigantesco tratado comercial asiático del que está excluido Estados Unidos y que absorbió a los miembros de la ASEAN, además de otras potencias como Japón, India y Corea del Sur, y ha sepultado definitivamente el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP) que pretendía liderar Washington frente a Pekín para extender su influencia por el Pacífico.

En Malasia también se está incrementando la actividad terrorista a medida que los yihadistas locales que viajaron a Siria e Irak desde 2011 regresan a sus países de origen una vez derrotados por Rusia y el “Eje de la Resistencia” en Oriente Medio. Su guerra ahora está en el sudeste asiático, hacia donde están señalando sus patrocinadores que tienen a China y su Nueva Ruta de la Seda en el punto de mira.

Aunque quizás el país donde ésta utilización geopolítica del terror se evidencia con más claridad y descaro sea en estos momentos Filipinas. El radical giro estratégico de Rodrigo Duterte hacia China y Rusia y la dureza de su discurso en contra de la intervención de EE.UU. en Filipinas ha tenido como consecuencia directa la invasión del país por parte del Estado Islámico y sus filiales locales. Nadie podía dudar de que presidente filipino (cuyas polémicas políticas cuentan con un gran apoyo popular después de un año en el cargo, algo que reconocen hasta sus enemigos) estaba el primero en la lista para un “cambio de régimen” en Filipinas al estilo de Ucrania, Siria o Libia. Los “rebeldes” de la OTAN se han puesto en marcha para llevar la “democracia” a Filipinas. ¿Tendrán los grandes medios corporativos la desfachatez de llamarlo algún día “primaveras asiáticas”?

En paralelo a estos hechos, en los Balcanes los funcionarios de Bruselas y Washington se preparan para aceptar la posible creación de la “Gran Albania” (que abarcaría zonas de Albania, Kosovo, Serbia, Montenegro, Macedonia o incluso Grecia), dando una vuelta de tuerca más al escarnio que cometieron con la destrucción de Yugoslavia. Desde Ucrania la OTAN anuncia el envío de más armas para el régimen neonazi de Poroshenko. En Asia Central y la región del Cáucaso, según pronostican algunos analistas, debemos esperar también un incremento de la actividad terrorista en lugares como Chechenia o Tayikistán. También en la región de Xinjiang (noreste de China); así como un empeoramiento de los conflictos en Libia o Yemen, donde la OTAN y sus regímenes aliados también están perdiendo la guerra o ven peligrar sus intereses. O que se alimente el viejo conflicto en Baluchistán en la frontera entre India y Pakistán [7]. Por cierto que ambas potencias nucleares (India y Pakistán) ya son recientes miembros de la gigantesca Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), lo cual abre nuevas expectativas sobre la solución de su conflicto territorial bajo el liderazgo de Rusia y China. Además se espera también que Irán ingrese próximamente en la OCS, mientras que países tan importantes desde el punto de vista geoestratégico como Afganistán o Turquía ya han solicitado su ingreso.

En resumen: la presencia del terrorismo yihadista en aquellos lugares estratégicos del planeta donde se está desarrollando  una guerra multidimensional por la hegemonía global de las próximas décadas es un hecho más que evidente. Este hecho no es casual, como tampoco lo fue su desplazamiento hacia Oriente Medio y norte de África en 2011 durante las llamadas “primaveras árabes“. El yihadismo se está extendiendo de forma premeditada hacia Asia Central y el sudeste asiático sencillamente porque el centro de gravedad de la economía mundial se desplaza imparable hacia Asia.

Las potencias occidentales (representantes del capital financiero anglosajón, fundamentalmente) que se oponen a este histórico cambio de paradigma global están movilizando todos los medios y recursos a su alcance para tratar de evitar lo inevitable: la consolidación de un “nuevo orden mundial multipolar”.

La utilización de grupos terroristas (yihadistas o de otra ideología) y mercenarios es una de esas herramientas de desestabilización que utilizan estas potencias (con Estados Unidos a la cabeza) para alcanzar sus objetivos. Lo vienen haciendo desde al menos los tiempos de la “Operación Ciclón” (puesta en marcha por Zbigniew Brzezinski en Afganistán y Pakistán en 1979 en contra de la Unión Soviética), pasando por el apoyo a “la Contra” en Nicaragua, la puesta en marcha de la “Operación Gladio” en Europa… y hasta nuestros días con la mutación de Al-Qaeda en el llamado “Estado Islámico” en Oriente Medio.

Y los “periodistas” de los medios corporativos occidentales (que son propiedad de ese mismo poder financiero-económico occidental que patrocina el terrorismo) nos quieren hacer creer, fomentando la desinformación y la ignorancia colectiva, que todos estos acontecimientos que presenciamos son fruto de la casualidad y no están relaciones entre sí. Todos estos mercenarios de la (des)información en Occidente están en la misma trinchera que los terroristas: ellos están ejerciendo la Yihad Mediática.

 

REFERENCIAS – NOTAS

[1] Alguien consiguió petróleo tras caer Zelaya,- un detallado artículo de Julio Escoto (Agencia Latinoamericana de Información ALAI, 15/6/2010)

[2] Hillary Emails, Gold Dinars and Arab Springs,- un análisis del escritor y experto en geoestrategia y F. William Engdahl (New Eastern Outlook, 17/3/2016) https://journal-neo.org/2016/03/17/hillary-emails-gold-dinars-and-arab-springs/

[3] The Real Reasons for the Upcoming War With Iraq: A Macroeconomic and Geostrategic Analysis of the Unspoken Truth,- un detallado informe de William Clark (Global Research, 17/2/2003) http://www.globalresearch.ca/articles/CLA302A.html

[4] The Qatar Blockade, the Petro-Yuan, and the Coming War on Iran,- un artículo del periodista y analista internacional Dan Glazebrook (Counterpunch, 16/6/2017)

[5] G-20 de Hamburgo: fin del “orden neoliberal global” por el G-3 (EU/Rusia/China),- análisis del experto en geopolítica Alfredo Jalife-Rahme (La Jornada, 9/7/2017) http://www.jornada.unam.mx/2017/07/09/opinion/014o1pol?partner=rss

[6] Saudi Arabia is destabilizing the world,- artículo de Stephen Kinzer (The Boston Globe, 11/6/2017) https://www.bostonglobe.com/opinion/2017/06/10/saudi-arabia-destabilizing-world/ivMeb7TWGk1fQaVjZWWKGP/story.html

[7] ISIS “Coincidentally” Appears Along China’s One Belt, One Road,- artículo del analista internacional e investigador afincado en Bangkok Tony Cartalucci (Land Destroyer, 1/7/2017) http://landdestroyer.blogspot.com.es/2017/07/isis-coincidentally-appears-along.html

Fractura europea: derecha globalista contra derecha nacionalista. ¿Dónde queda la izquierda ante el nuevo escenario geopolítico?

De la mano de Estados Unidos (EU) los gobiernos y tecnócratas de la Unión Europa (UE) abrazaron un modelo de globalización neoliberal que ahora está en pleno retroceso. En palabras del experto en geopolítica mexicano Alfredo Jalife-Rahme, la “era Trump” da inicio definitivamente a un proceso de “desglobalización” y a un nuevo orden mundial donde la “multipolaridad” pone fin a la hegemonía de EE.UU. vigente desde la Segunda Guerra Mundial. Sin la tutela de Washington – que fue quien impulsó y financió la creación de la UE para neutralizar a la Unión Soviética – Bruselas está descabezada. Son víctimas de su propio discurso y de sus propias políticas, ancladas en un modelo que ha quedado obsoleto, incapaces de adaptarse al nuevo escenario global.

La descomposición de la actual Unión Europea es tan evidente que incluso los tecnócratas que dirigen sus instituciones están barajando abiertamente la posibilidad de “reducir la UE a un simple mercado único” o poner en marcha una Europa de varias velocidades o los “Estados Unidos de Europa“. Cualquier ocurrencia es buena para seguir huyendo hacia adelante dando la espalda a la realidad.

Tras el mazazo que supuso el Brexit para las élites europeas, en países como Holanda ya debaten sobre la necesidad de abandonar el Euro. A escasos días de que se celebren elecciones generales (15 de marzo) más de la mitad de los holandeses estaría a favor de abandonar la UE siguiendo los pasos de Reino Unido. Grecia, cuya clase trabajadora está de nuevo en la calle luchando contra los recortes sociales y el expolio público, es un estado fallido al que la banca alemana y el FMI mantienen todavía con vida para poder exprimirle hasta su última gota de sangre (gracias a la traición de un gobierno “revolucionario” igual o peor que sus predecesores). La Hungría de Víktor Orbán forma parte del eje del mal “pro-ruso”, y su gobierno mantiene una guerra contra George Soros por promover la inmigración masiva hacia Europa con fines políticos y económicos. En Serbia, aspirante a entrar en la UE, la jefa de la diplomacia europea Federica Mogherini fue abucheada en el Parlamento cuando se disponía a dar un discurso el viernes 3 de marzo (“Serbia y Rusia no necesitan a la UE”).

Pero, a pesar del panorama general hostil al statu quo europeo, es la situación en Francia lo que trae de cabeza al establishment europeo. Las encuestas apuntan a que Marie Le Pen podría ganar las elecciones presidenciales del 23 de abril, lo que supondría la fractura definitiva y absoluta de la UE y de la Eurozona. Este hecho explica porqué la candidata Le Pen está sufriendo en estos momentos el ataque del establishment político y mediático europeo, de forma similar y paralela al ataque que está sufriendo Donald Trump en Estados Unidos. De momento los patrocinadores europeos del Estado Islámico pretenden juzgar a Le Pen por publicar en su cuenta de twitter unas fotografías que muestran las barbaridades cometidas por estas terroristas en Irak y Siria (Red Voltaire denuncia posible proceso contra eurodiputada francesa). Vivimos tiempos surrealistas, de “pos-verdad” lo llaman algunos analistas. Los miembros europeos de la OTAN pretenden ocultar sus propias responsabilidades aplicando la censura y la represión contra quienes las denuncian públicamente. Este tipo de ataques, que se irán incrementando a medida que se acerquen las elecciones, no harán más que incrementar los apoyos a Le Pen entre aquellos ciudadanos franceses que ven a la UE como una enorme losa burocrática que les aplasta y les empobrece. Y no me extraña nada en absoluto.

La misma burocracia dirigente instalada en Bruselas que acusa a Trump, a Le Pen y a la “extrema derecha” europea de atacar a los refugiados y a los inmigrantes, pretende ahora poner en marcha un “Plan de Acción” para expulsar de Europa a más de un millón de inmigrantes. Anteriormente conocíamos que Alemania había decidido pagar 1.200 euros a cada refugiado para que regresen a sus países. Del mismo modo sabemos también que el “miedo” de la UE hacia el ascenso de la “extrema derecha” es selectivo, puesto que en Ucrania apoyan y sostienen a un régimen neonazi que está realizando una limpieza étnico-ideológica en Donbass sin que esto suponga ningún dilema moral ni preocupación “humanitaria” en Bruselas. [ver documental de Oliver Stone: Ucrania en llamas]

¿Hay algún europeo racional al que no le den ganas de salir corriendo de esta criminal UE?

La Comisión Europea insta a los Estados miembros a expulsar a un volumen ingente de migrantes irregulares. Bruselas calcula que en la UE residen aproximadamente un millón de personas que deberían ser devueltas a sus países de origen, según el plan para acelerar retornos de extranjeros presentado este jueves. Casi dos años después de lanzar la idea del reparto de refugiados como principal alivio a la crisis migratoria, Europa se centra en las expulsiones y en el freno a las llegadas. [Bruselas pide expulsar a más de un millón de migrantes “sin papeles”,- El País, 2/3/2017]

Su modelo de “integración europea” ha fracasado y no tienen otro plan alternativo que resuelva los problemas que amenazan a las clases populares en Europa (deslocalización, desempleo, precariedad laboral, recortes sociales, desigualdades, pobreza, corrupción, pensiones, deuda impagable…). El Euro fue la culminación de un proceso de destrucción de la soberanía nacional de los Estados por orden de los “mercados financieros” y las grandes corporaciones occidentales (bajo la tutela de Washington). Hoy en día la devaluación salarial y la pérdida de derechos de los trabajadores europeos, unido a la implementación de más guerras imperialistas y más injerencias contra otros países independientes ricos en recursos (como Libia, Siria, Venezuela…), es la única fórmula que propone la UE para poder competir con otras regiones y países por el control de los mercados mundiales. La lógica del libre comercio sin barreras ni fronteras, la desregulación financiera,  la financiarización de la economía mundial, la propias reglas de la globalización neoliberal que estas élites occidentales impulsaron hace más de 20 años se han vuelto en su contra y han propiciado no sólo la crisis económica, política y social sufrida dentro de Europa, sino el ascenso meteórico de China como primera potencia capitalista mundial, que posteriormente gracias a su alianza estratégica con Rusia han removido las piezas del tablero geopolítico global.

La solución que plantean las élites europeas para salvar al viejo orden mundial unipolar y salvarse a si mismos y al capital financiero que los sustenta es, a corto plazo, la censura mediática, la represión de los disidentes y la identificación de un enemigo externo que impida ver sus propios errores y justifique sus políticas. El enemigo externo es Rusia, por supuesto, a la que ahora han sumado a Donald Trump (quien a pesar de su retórica inicial continúa incrementando la escalada militar en el este de Europa y tiene a Irán peligrosamente en el punto de mira, como hicieron sus antecesores). El enemigo interno, dicen ellos, es el “populismo “, “el ascenso de la extrema derecha” (no incluyen al régimen neonazi de Ucrania), “la antiglobalización”, la “ola de refugiados” (que ellos mismos provocan) o la eterna crisis económica (que se profundizará si finalmente se regresa al “patrón oro”, como podría acordar el futuro G-3: China, RusiaEstados Unidos).

Estos problemas que quitan el sueño a los globalistas occidentales fueron reflejados en el informe que presentaron en la última Cumbre de Seguridad de Múnich (Reporte 2017, ¿post-verdad, post-occidente, post orden?). La solución a medio-largo plazo para resolver estos problemas que plantean es “más Europa”, que es lo mismo que decir “más globalización”, lo cual significa menos soberanía de los Estados en beneficio de un “Gobierno Mundial” dominado por las élites financieras. Este objetivo del “gobierno mundial” es literal, no es una “teoría de la conspiración”. Hace unos días se celebró en Dubai la Cumbre del Gobierno Mundial 2017. En ella los intervinientes fueron muy transparentes. Por ejemplo el Secretario General de Naciones Unidas, Antonio Guterres, quien afirmó que la pérdida de confianza en los gobiernos nacionales requiere de una institución global que resuelva nuestros problemas. Viejas recetas para alcanzar la dominación global lanzadas por una élite ciega de poder que no quiere ver y asumir la nueva realidad geopolítica mundial.

La soberanía nacional es una reliquia del pasado. (…) Necesitamos respuestas globales y las respuestas globales necesitan instituciones multilaterales capaces de desempeñar ese papel [Welcome to Dubai and Globalist Insanity 2017 ,- Phil Butler, NEO, 2/3/2017]

En realidad la Unión Europea de Maastrich y del Euro es un muerto viviente desde, al menos, el estallido de la “crisis sistémica” desatada en 2007-2008 en el centro del capitalismo financiero mundial. Pero, contrariamente a lo que podíamos pronosticar en aquel entonces, no son los movimientos populares o la llegada al poder de gobiernos de izquierdas anti-neoliberales los que están acelerando su derrumbe. Más bien los movimientos antiglobalización y la izquierda política están desaparecidos, o peor aún, muchos de ellos están movilizados en defensa del viejo orden mundial unipolar y de la globalización neoliberal. Es la llamada “extrema derecha” o “derecha nacionalista” la que está poniendo en jaque al mundo Occidental.

Si nos fijamos bien, en estos momentos se está produciendo tanto en EU como en Europa una la lucha por el poder entre el capital financiero globalizado (cuyos intereses están ligados al actual sistema financiero, a la globalización y a los grandes tratados de libre comercio)  y un capitalismo nacional-continental más primario cuyos intereses estarían ligados a la producción nacional, al incremento del consumo interno y a la exportación a través de acuerdos comerciales bilaterales con otros países y regiones en función de sus intereses y estrategias particulares (Recomiendo escuchar al respecto el análisis del sociólogo holandés Wim Dierckxsens para el programa de radio Voces del Mundo, en Sputnik Mundo, 23/2/2017).

Si esta guerra por el poder la trasladamos a la esfera política y partidista, la actual contienda se disputa entre el viejo bipartidismo neoliberal defensor de la globalización que se ha turnado en el poder institucional en EU y Europa en las últimas décadas (sector que engloba a los llamados liberales, conservadores, socialdemócratas, progresistas…), y una fortalecida “extrema derecha” o “derecha nacionalista” que pretende recuperar la soberanía nacional volviendo al concepto de Estado-nación  y que tiene ahora a Donald Trump como su máximo exponente, o a Marie Le Pen en Europa. En estos momentos el esquema de disputa Izquierda-Derecha ha sido superado por una confrontación entre Globalización y Nacionalismo, como lo definió muy bien la periodista Vicky Peláez en uno de sus artículos (De la Globalización al Nacionalismo, Sputnik, 1/2/2017).

Como decía anteriormente, la izquierda política y los movimientos sociales no participan como protagonistas en esta batalla. Están desaparecidos del debate geopolítico y geoestratégico que ahora está reconfigurándose, y en la mayoría de los casos se están movilizando en contra de los llamados “populismos” de la mano de los mismos globalistas neoliberales (con Obama-Clinton a la cabeza) que llaman “populistas” a los gobiernos y dirigentes de izquierdas en Latinoamérica, por ejemplo. No ven más allá. Paradójicamente la izquierda “progresista” española (y me temo que la europea en general) está empleando los mismos términos para atacar a la extrema derecha nacionalista. Pero sin darse cuenta, al acusarles de “populistas”, la izquierda está admitiendo intrínsecamente que no pretenden romper con el régimen institucional europeo (incluido el Euro), porque entienden que no es posible hacerlo, dando por hecho que la “extrema derecha” lo hace sólo para captar votos. Los “progresistas” están demostrando que son más reaccionarios que la propia “extrema derecha”, quien en realidad está dejando en evidencia que sí tienen un modelo alternativo a la globalización neoliberal y al orden mundial unipolar (con todas la carencias, excesos o críticas que le queramos añadir a sus propuestas).

La “extrema derecha”, que ahora en Europa se identifica con Trump o Le Pen, ha señalado las causas del empobrecimiento de las clases trabajadoras, y sus dirigentes tienen el valor de denunciar públicamente a los grandes medios corporativos por la manipulación informativa que ejercen, algo que jamás han hecho los dirigentes de la izquierda progresista más reconocidos por temor a que les acusen de “atentar contra la libertad de prensa”. Esta claridad y determinación – entre otros factores – es el que hace que ésta “extrema derecha” encuentre el apoyo entre las víctimas de la globalización neoliberal tanto en EU como en Europa. Centrar todo su energía en reprocharle a la “extrema derecha” su discurso “racista” y en manifestarse en contra de sus políticas “xenófobas”, sin tener en cuenta el resto de su discurso en materia de soberanía económica, política, financiera, geoestratégica o geopolítica, supone un error de bulto que está pagando la “izquierda” con su irrelevancia. En España la “izquierda progresista” se ha situado en el “extremo centro”, el del “consenso político”, el lugar que ocupan los que tienen “sentido de Estado”, y han cedido su histórico espacio ideológico y estratégico a la “extrema derecha” a la que califican de “populista”.

¿Acaso no son “populistas” el resto de partidos “conservadores” y “socialdemócratas” que prometen trabajo y prosperidad a las clases populares? ¿Acaso no es populista “la izquierda” que promete crear una “alternativa” sin abandonar la estructura de poder supranacional que precisamente impide cualquier cambio radical? ¿Acaso no es populista presentar un programa electoral para “los de abajo” desligándolo de un contexto supranacional y global que hará imposible su cumplimiento? ¿Quién tiene la culpa de que la “izquierda” haya dejado huérfanas a las clases trabajadoras que ahora están abrazando a quienes les proponen romper con el sistema que les ha empobrecido?

La llamada “extrema derecha” occidental encabeza ahora el movimiento “antisistema” y “antiglobalización” que otrora fuera la bandera de la izquierda que quería cambiar las cosas. Por eso el pueblo trabajador les apoya. Por eso el enfrentamiento político por el poder se produce entre un bipartidismo neoliberal y globalista-imperialista que pretende mantener el statu quo, y una renovada extrema derecha de corte nacionalista que ataca al establishment y ha presentado una alternativa basada en la recuperación de la soberanía nacional y en acabar con el viejo orden mundial unipolar.

La izquierda “progresista” o “alternativa” no tiene realmente un modelo alternativo que presentar ante las clases populares, y sólo aspiran a sustituir a la socialdemocracia para “reformar” el actual sistema y proceder al reparto de ayudas sociales entre los excluidos pero sin romper de raíz con las estructuras que provocan esa exclusión, esa pobreza y esa desigualdad contra la que dicen luchar. Eso no es una “alternativa al sistema”, sino darle oxígeno y limpiar su imagen. La izquierda se ha mimetizado con la socialdemocracia, que a su vez es indistinguible de la derecha neoliberal. Por eso la “izquierda progresista” no tiene nada que decir ante este histórico cambio de paradigma geopolítico mundial que estamos viviendo. Salvo unirse mansamente a los globalizadores para criticar a Donald Trump.

La vieja Unión Europea atrapada entre Washington y Moscú

Desde hace varios años el llamado viejo Orden Mundial unipolar, caracterizado por la hegemonía de EE.UU. sobre el resto de países, está dando paso a otra realidad donde el poder y la influencia mundial se ha polarizado. En estos momentos aquellos poderes económico-financieros y aquellas élites políticas cuyos intereses están ligados a la continuidad de la Globalización neoliberal y de las guerras imperialistas de la OTAN, tratan de impedir lo inevitable ajenos a la nueva realidad que ya está en marcha. Para ello no dudan en seguir apoyando a los neonazis en Ucrania, a los terroristas de Al Qaeda en Siria, o al fascismo más reaccionario de EE.UU. (el “Estado Profundo”) que trata desesperadamente de derrocar a Donald Trump para conservar su poder.

Una ofensiva política y militar del fascismo occidental ante el fin de su hegemonía

Como se pudo comprobar en la reciente Conferencia de Seguridad de Múnich celebrada entre el 16 y el 19 de febrero, así como en la reunión del Consejo del Atlántico Norte celebrada anteriormente en Bruselas, los gobiernos y tecnócratas europeos continúan apostando su futuro a una confrontación directa contra Rusia bajo la escusa de defenderse de una inexistente invasión rusa de Ucrania que amenaza con extenderse al resto de Europa. Para agitar este viejo fantasma, los organizadores no dudaron en invitar al acto al presidente del régimen neonazi de Ucrania [1]. No les importó a estos defensores de la “democracia” europeos que desde el pasado 28 de enero Poroshenko esté bombardeando intensamente las regiones del Donbass asesinando a decenas de civiles y saltándose de paso todos los acuerdos y compromisos de paz firmados anteriormente. De hecho estos ataques por parte del ejército ucraniano, que violan una vez más los acuerdos de Minsk, se producen en presencia de funcionarios de la OSCE, sin que nadie haya dicho ni una sola palabra al respecto desde la Unión Europea.

En apoyo a la ofensiva criminal del régimen fascista ucraniano contra el Donbass, el pasado 31 de diciembre los senadores estadounidense John McCain  y Lindsay Graham estuvieron junto a Poroshenko visitando a las tropas que están asesinado civiles inocentes, emulando aquellas otras visitas que el sanguinario imperialista John McCain realizó ilegalmente a Libia o Siria para apoyar a los terroristas yihadistas que iniciaron las “primaveras árabes” bajo la dirección de la OTAN. Hace unos días viajó de nuevo a Siria para “evaluar las condiciones dinámicas en el terreno en Siria e Irak”, es decir, comprobar sobre el terreno las posibilidades para reactivar la guerra terrorista contra Siria. Y como ya sabemos, conquistar Siria forma parte de los preámbulos para una guerra mayor contra Irán. Los fundamentalistas del imperio, ajenos a su derrota en Siria, trabajan en la formación de una coalición suní para atacar a Irán.

Mientras tanto los medios corporativos occidentales (especialmente los españoles) guardan un absoluto silencio sobre los crímenes cometidos en pleno continente europeo, así como en Oriente Medio, por los neonazis y mercenarios subcontratados de la OTAN. Son los mismos medios que tienen la desvergüenza de llamar “propaganda rusa” a la información que aportan aquellos que denuncian los crímenes neonazis en Ucrania.

Tres años después del golpe de Estado neonazi del “Euromaidán”, apoyado por Washington y Bruselas, Ucrania atraviesa una grave crisis política, económica, energética y social. Poroshenko necesita buscar un enemigo en el exterior que justifique sus políticas neoliberales y oculte su propio fracaso. El régimen neonazi ucraniano incrementó unilateralmente la guerra contra las repúblicas del Donbáss para buscar el apoyo de Donald Trump frente a la supuesta “agresión rusa” tratando así de impedir el acercamiento entre Washington y Moscú. De hecho el citado John McCain, como jefe de la comisión del Senado para las Fuerzas Armadas de EE.UU., envió una carta al presidente Trump exigiéndole que sea firme y contundente contra Rusia ante la “invasión rusa” en Ucrania, instándole incluso a enviar “armas letales” al régimen de Kiev. Por su parte el presidente de la Comisión de Defensa de la Cámara de Representantes de EE.UU., el republicano William Mac Thornberry, también instó recientemente al presidente Donald Trump a suministrar armamento letal a Ucrania:

“Creo que hay un apoyo bipartidista (demócratas y republicanos) profundo y amplio para proporcionar armas letales a los ucranianos a fin de que puedan defenderse y este ha sido el caso durante los últimos dos años”

John McCain también intervino en la reciente Conferencia de Seguridad de Múnich celebrada este fin de semana, donde siguió empujando a Europa a una guerra contra Rusia [2], un enemigo inexistente pero muy necesario para justificar sus criminales políticas imperialistas. La respuesta de los gobiernos europeos en esa cumbre fue seguir incrementando su escalada militar en las fronteras con Rusia [3].

Una guerra civil encubierta en el corazón político de Estados Unidos

Todos estos movimientos de propaganda política y mediática contra Rusia tratan de presionar al presidente estadounidense para que renuncie a su nueva política exterior y al proceso de “desglobalización” que pretende implementar.  Y forman parte de la guerra civil soterrada que se está produciendo entre las élites estadounidenses por alcanzar el poder.

La sonora renuncia de Michael Flynn como Asesor de Seguridad Nacional [4] supone una batalla  perdida por parte de Trump dentro de esa guerra desatada en la cumbre. La CIA, a la que Trump restó poder dentro del Consejo de Seguridad Nacional, se tomó su venganza filtrando las conversaciones de Flynn con funcionarios rusos durante la última campaña electoral estadounidense. Lo hizo con la imprescindible colaboración de la ex-fiscal general del Estado, Sally Yates, quien ya se había opuesto a aplicar la mal llamada ley “anti musulmana” de Trump, por lo que fue cesada posteriormente. Sally Yates utilizó su cargo para forzar al gobierno a eliminar a Michael Flynn. No fue, por tanto, una acción por cuestiones “legales” sino una acción con fines políticos.

Parece claro que Flynn no violó ninguna ley ni atentó contra la seguridad del país al mantener esas conversaciones privadas. Y mucho menos teniendo en cuenta que lo que dijo Flynn en privado, es decir, la intención de establecer buenas relaciones con Rusia o incluso de eliminar la sanciones en un futuro, estaba siendo defendido abiertamente por Donald Trump ante todo el mundo durante la campaña electoral. A pesar de ello Michael Flynn – que fue cesado por Obama como director de la DIA por oponerse a seguir armando al Estado Islámico en Siria [5] – se vio obligado a dimitir ante la enorme presión mediática y política sufrida. Por el contrario, los miembros de la inteligencia y los funcionarios estadounidenses (incluida la ex-fiscal general del Estado) que participaron en la filtración de esas conversaciones privadas, violaron la ley y la propia Constitución de EE.UU. [6]. Sin embargo, nadie ha puesto el acento sobre este dato, y los medios corporativos y el bipartidismo estadounidense y europeo han criticado duramente la intención de Trump de investigar estas filtraciones ilegales a la prensa. Los únicos que han cometido una ilegalidad son los golpistas de guante blanco que quieren derrocar a Trump.

La hipocresía de estos medios de comunicación y de estos políticos “anti-Trump”, que ahora se oponen a investigar las filtraciones de la CIA, queda en evidencia cuando escuchamos su opinión sobre las filtraciones hechas por Julian Assange (WikiLeaks) o Edward Swoden, los cuales, si de estos “demócratas” dependiera, estarían muertos hace mucho tiempo.

En cualquier caso, veremos muchas más batallas similares dentro de esta guerra por el poder. Trump pretende limpiar las instituciones públicas para poder desarrollar su programa electoral. En estos momentos sus enemigos están dentro de su propia casa. Tiene las manos atadas. Se comprueba de nuevo que ganar las elecciones en las “democracias burguesas” no es sinónimo de alcanzar el verdadero poder. Si Trump no ejecuta esta purga dentro de ese Estado Profundo con rapidez y firmeza su mandato será de corta duración, y aquellos trabajadores y víctimas de la globalización y del imperialismo que le dieron su apoyo recientemente lo acabarán viendo como un traidor más, tal y como vieron a sus antecesores.

Con el tiempo veremos quién sale vencedor en esta guerra. Por el momento la peligrosa estupidez cometida por Donald Trump al arremeter contra Irán para complacer a Israel y Arabia Saudí, no augura nada bueno. Esperemos que su enajenación sea tan solo transitoria.

La Unión Europea perdida ante el nuevo escenario geoestratégico

La respuesta de los gobiernos europeos que se niegan a aceptar la nueva realidad global es seguir repitiendo el mismo discurso ajenos a la nueva realidad geopolítica. La doctrina Wolfowitz [7] ha quedado obsoleta. Sin embargo los tecnócratas europeos que se oponen a la “desglobalización” y al reordenamiento de fuerzas mundial continúan con su agenda belicista contra Rusia con la esperanza de que Trump sea derrocado por el complejo militar industrial y el “Partido de la Guerra” (el bipartidismo globalista).

La Unión Europea se encuentra descolocada y desconcertada ante tanta incertidumbre. Su escalada en contra de Rusia obedecía a una histórica supeditación de sus propios intereses frente a los de EE.UU. en un contexto de Globalización y grandes tratados comerciales impuestos a través de la coacción y las guerras imperialista. Ahora las cosas han cambiado en Occidente, y los gobiernos europeos se encuentran atrapados entre un Donald Trump al que odian y una Rusia a la que siguen acosando por pura inercia del pasado.

Se encuentran en tierra de nadie, abrazados a un viejo modelo que no quieren abandonar pero incapaces de frenar el nuevo esquema que se impone.

Alemania, la “locomotora de Europa”, se prepara para una “guerra monetaria” con Washington [8]. Trump y sus asesores consideran que el Euro está devaluado artificialmente para beneficiar las exportaciones de Alemania, que es el país con el que EE.UU. mantiene el mayor déficit comercial del mundo después de China. De momento sabemos que Alemania ha retirado 300 toneladas de oro que guardaba en la Reserva Federal estadounidense, al mismo tiempo que Merkel sigue enviando tropas y armamento al este de Europa amenazando a Rusia. Y todo esto a la espera de que el Deutsche Bank anuncie si quiebra definitiva.

¿Qué rumbo va a tomar la Unión Europea si Washington y Moscú alcanzan un acuerdo geoestratégico?

La nueva administración estadounidense reconoce la multipolaridad del nuevo Orden Mundial. Donald Trump pretende crear el equivalente a un G-2 junto a Rusia para desligarla de sus acuerdos estratégicos con China. A cambio, Washington ofrecería a Moscú el reparto geoestratégico de la Unión Europea [9] una vez que ésta se descomponga. La posible victoria de Le Pen en Francia, tal y como señalan las encuestas, sería el golpe definitivo al Euro y a la Unión Europea tal y como la conocemos. Y todo este cambio de paradigma global se produce sin que la izquierda política y social mayoritaria tenga nada que decir ni un modelo alternativo que presentar.

REFERENCIAS – NOTAS

[1] Poroshenko en Múnich,- artículo publicado en la web Slavyangrand.es (22/2/2017) Artículo original publicado en Antifashist

[2] McCain in Munich: The War Party Fights Back,- artículo de Justin Raimondo, editor de la web Antiwar.com (Ron Paul Institute for Peace and Prosperity, 20/2/2017)

[3] Las palomas armadas de Europa,- artículo del politólogo Manlio Dinucci (Red Voltaire, 21/2/2017)

[4] El general Flynn y el Imperio del Mal ,-artículo de Joan Carrero (Mallorcadiario.com, 18/2/2017)

[5] Former DIA Chief Michael Flynn Says Rise of Islamic State was “a willful decision” and Defends Accuracy of 2012 Memo,- declaraciones muy relevantes del general Michael Flynn al canal Al Jazeera donde reconoce que EE.UU. impulsó la creación del Estado Islámico para derrocar al presidente Bashar Al Assad, tal y como pudo comprobar en los informes que manejaba cuando era director de la Agencia de Inteligencia de Defensa (DIA, por sus siglas en inglés). (Levant Report, 6/8/2015) https://levantreport.com/2015/08/06/former-dia-chief-michael-flynn-says-rise-of-islamic-state-was-a-willful-decision-and-defends-accuracy-of-2012-memo/

[6] How General Flynn’s accusers broke the law ‘behaved like police state’,- información de Alexander Mercouris (The Duran, 15/2/2017) http://theduran.com/general-flynns-accusers-broke-law/

[7] Paul Wolfowitz, el alma del Pentágono,- un detallado y amplio artículo de Paul Labarique (Red Voltaire, 24/2/2005)

[8] Will Trump destroy the Euro?,- artículo del analista geoestratégico F. Willian Engdahl (New Eastern Outlook, 9/2/2017)  http://journal-neo.org/2017/02/09/will-trump-destroy-the-euro/

[9] “El (des)Orden Global en la Era Trump”,- (VÍDEO) una entrevista donde el experto en geopolítica Alfredo Jalife-Rahme realiza un análisis de la situación internacional tras la llegada de Trump a la presidencia de EE.UU. (vídeo publicado en YouTube, 10/2/2017) https://www.youtube.com/watch?v=op1Grnz1Cwk&t=901s