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La guerra por el mercado europeo del gas o el suicidio del imperio estadounidense

El “pivote asiático” anunciado por Barak Obama en 2012 tuvo como respuesta el anuncio de la Nueva Ruta de la Seda por parte de la China de Xi Jimping en 2013, el proyecto más ambicioso de la historia moderna y que ha dejado boquiabiertas a las élites imperialistas occidentales. El golpe de Estado neonazi patrocinado por Washington y Bruselas en Ucrania en febrero de 2014 arrojó definitivamente a Rusia a los brazos de China. Fue Rusia quien “pivotó” hacia Asia. El pacto secreto alcanzado el 11 de septiembre de 2014 entre Estados Unidos y Arabia Saudí para hundir los precios del petróleo [1] tampoco obtuvo los resultados esperados: la economía de Rusia se está recuperando y además se está diversificando.

Desde entonces las sanciones y la hostilidad política, económica y militar de EE.UU. y sus vasallos de la OTAN contra Rusia, China o Irán sólo han servido para profundizar los lazos entre estos países e incrementar su influencia en Oriente Medio y en todo Asia. Por si esto fuera poco, como resultado de este fortalecimiento, Rusia le ha ganado la guerra a la OTAN en Siria.

Eurasia ya no es sólo un concepto geográfico sino que se ha convertido en un sujeto geopolítico y geoestratégico real que ha cambiado la balanza del poder mundial. Cada vez son más los países que buscan la cobertura de la Organización de Cooperación de Shanghai (como India y Pakistán, dos potencias nucleares) y la financiación del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (AIIB, por sus siglas en inglés), para mayor desesperación de la OTAN y sus think tanks corporativos.

Sin embargo lejos de cambiar su estrategia, las élites imperialistas estadounidenses continúan con la misma agenda de agresión e injerencia contra aquellos Estados soberanos que no se someten a sus intereses. Su fe ciega en su “excepcionalismo” y su ambición de poder están acelerando el fin definitivo de su hegemonía global.

Ahora desde Estados Unidos se implementan nuevas sanciones contra Rusia, Irán, Corea del Norte e indirectamente contra China (posteriormente también contra Venezuela) que inevitablemente ocasionarán los mismos resultados para sus promotores.

No es ninguna casualidad que estos países sean la obsesión del Estado Profundo estadounidense. En un reciente informe emitido por el Pentágono, en el cuál se reconoce sin disimulos que Estados Unidos ha perdido su dominio global, se señala precisamente a China, Rusia, Irán y Corea del Norte como los responsables del fin de la “primacía” de Estados Unidos [2]. Este trascendental informe viene a confirmar que una mayoría de los militares del Pentágono apoyan a Donald Trump y su pretendido cambio de paradigma en su política exterior y que asumen el carácter multipolar del Nuevo Orden Mundial. El problema es que sus recetas para recuperar su hegemonía siguen siendo las mismas de siempre: más injerencia y más militarización en contra de sus “competidores”.

Pero lo más relevante en estos momentos a raíz de las nuevas sanciones procedentes de Washington, es que ahora son sus propios vasallos europeos quienes también sufren su injerencia directa en sus asuntos internos y estratégicos, lo que puede provocar una ruptura histórica entre Estados Unidos y las viejas potencias europeas, principalmente de una Alemania que está en el punto de mira geoeconómico de Donald Trump desde su llegada a la Casa Blanca, obsesionado con revertir el déficit comercial que mantiene con este país.

Guerra por el mercado energético de Europa contra Rusia, Irán y Catar

En diciembre del año 2015 el Congreso estadounidense votó a favor de eliminar las restricciones sobre la exportación de petróleo y gas (vigentes desde 1973) para dar salida al excedente de energía proveniente de la “fracturación hidráulica” o fracking impulsado especialmente por el régimen de Obama. La intención de Estados Unidos era convertirse en una potencia exportadora de hidrocarburos, principalmente de gas natural licuado (GNL) o gas de esquisto.

En el año 2012 la Agencia Internacional de Energía (AIE), un organismo dependiente de la OCDE, pronosticó que Estados Unidos se convertiría en 2015 en el mayor productor de gas y petróleo del mundo por delante de Rusia y Arabia Saudí respectivamente [3], nada más y nada menos. Hasta ese punto llegan los ambiciosos planes de las élites económicas y políticas estadounidenses. Pero para alcanzar ese objetivo, las grandes corporaciones estadounidenses necesitan conquistar el mercado energético de Europa. Y para lograrlo es necesario a su vez eliminar a sus competidores: estos son Rusia e Irán, principalmente, a los que ahora se une también Qatar. Estos países son los mayores exportadores de gas del mundo.

Catar está negociando con Irán la construcción de un gasoducto que inundaría a Europa con el gas procedente del gigantesco yacimiento South Pars/North Dome que comparten ambos países. El gasoducto pasaría por Catar, Irán y Turquía hasta Europa. Esto supone que Catar (y Turquía) da un giro geoestratégico radical y se sitúa en frente de los intereses de Arabia Saudí y Estados Unidos. Recordemos que Estados Unidos, Arabia Saudí, el propio Catar y Turquía (más el Reino Unido, Francia, Israel y Jordania) iniciaron la guerra terrorista contra Siria en 2011 precisamente porque Bashar al Assad se opuso en el año 2009 a la construcción de un gasoducto común procedente de Catar y Arabia Saudí con destino al mercado europeo, lo que iría en detrimento de Irán y Rusia, aliados fundamentales de la República Árabe Siria.

Por lo tanto la guerra terrorista contra Siria iniciada en 2011, así como las sanciones posteriores contra Rusia, Irán o Catar (también contra China y Venezuela), no obedecen a cuestiones que tengan que ver con los “Derechos Humanos”, la extensión de la “democracia”, la reducción de las armas nucleares (cuyos acuerdos Irán cumple escrupulosamente) o la “lucha global contra el terrorismo”, sino a la lucha de Estados Unidos por mantener su ya inexistente hegemonía global y la conquista del mercado energético en Europa en particular.

Actualización de la “doctrina Wolfowitz”: dominar Europa atacando los intereses de Europa. (China y Rusia se frotan las manos)

Antes de aterrizar en Alemania para asistir a la cumbre del G-20 celebrada en Hamburgo el pasado 7 y 8 de julio, el presidente Trump aterrizó en Varsovia. Los grandes medios corporativos, especialistas en manipulación informativa y en desviar la atención de la audiencia hacia cuestiones superficiales y políticamente irrelevantes, pusieron el énfasis de la noticia en el carácter “populista” y “nacionalista” de ambos gobernantes o en su hostilidad conjunta hacia las “autoridades europeas”. Sin embargo prefirieron ignorar lo más relevante del trasfondo de esta visita.

Polonia y Croacia (junto a otros 10 países) encabezan un proyecto de carácter estratégico que pretende unir el mar Báltico, el mar Adriático y el mar Negro: la Iniciativa de los Tres Mares. Washington apoya esta iniciativa porque a través de estos países pretende introducir su gas licuado en Europa. En el año 2014 Polonia comenzó la construcción de una terminal de gas natural licuado en el Báltico que a día de hoy ya recibe los buques cisterna procedentes de Estados Unidos. Por su parte Croacia está construyendo una terminal similar en el mar Adriático. Trump pretende crear un corredor energético para unir ambas terminales [4].

Consecuentemente con esta estrategia, Washington se opone a la construcción del gasoducto North Stream 2 entre Rusia y Alemania, proyecto que fortalecería la seguridad energética alemana y la posición de Rusia en Europa como su principal potencia exportadora. La Casa Blanca, siguiendo la línea marcada por el Congreso y el Senado estadounidenses, anunció recientemente que impondría sanciones a aquellas empresas europeas que participen en la construcción de dicho gasoducto.

Por otro lado Trump pretende reducir el déficit comercial que Estados Unidos mantiene con Alemania. Por su parte Alemania ve como una amenaza la iniciativa de los Tres Mares ya que pondría en peligro su hegemonía en el este de Europa. Además a Donald Trump todavía le escuece el Tratado de Libre Comercio entre la Unión Europea y Japón firmado justo antes de que aterrizara en Hamburgo para acudir a la cumbre del G-20. Todos estos hechos cruzados enfrentan los intereses de EE.UU. con los de Alemania, y por extensión con los de toda Europa.

También con los de Francia. El pasado 3 de julio la petrolera francesa Total firmó un acuerdo con Irán para liderar un consorcio que explotará la parte iraní del gasoducto South Pars/North Dome. La participación de Total será aproximadamente de un 50% del proyecto (que ascenderá a 5.000 millones de euros en total), junto a la Corporación Nacional de Petróleo de China (CNPC) que controlará un 30% y la empresa estatal iraní Petropars que recibirá el 20% restante [5]. Este es el primer gran acuerdo energético de un país occidental con Irán tras el levantamiento de las sanciones en enero de 2016.

Las duras reacciones de las élites neoliberales europeas ante el nuevo paquete de sanciones de Washington no tiene nada con ver con un cambio ideológico de los gobiernos y los globalistas europeos, y mucho menos con cuestiones éticas. No están defendiendo a Rusia, ni el respeto por el Derecho Internacional, ni siquiera se oponen a las sanciones, sino que protestan porque ahora las sanciones ilegales les afectan a ellos directamente al mantener acuerdos estratégicos con Moscú, algo que ha dejado claro la ministra de Economía de Alemania en unas declaraciones públicas cargadas de hipocresía:

La ministra de Economía de Alemania, Brigitte Zypries, ha denunciado que las nuevas medidas contra Moscú propuestas por los legisladores estadounidenses “violan el derecho internacional” (…) los estadounidenses “no pueden castigar a las empresas alemanas” porque tengan intereses comerciales en otro país. La ministra ha enfatizado que “por supuesto que no queremos una guerra comercial” con EE.UU., pero ha recordado que Alemania había pedido repetidamente a Washington que no se desviara de la política común de sanciones occidentales contra Rusia. “Desafortunadamente, eso es exactamente lo que están haciendo” (…) “es correcto que la Comisión Europea considere ahora “contramedidas” contra Washington. [Rusia Today, 31/7/2017]

Parece ser, escuchando a la ministra alemana, que los Estados están obligados a respetar el Derecho Internacional sólo cuando su incumplimiento afecta a sus propios intereses. Ya saben, las leyes las cumplo cuando me benefician y las pisoteo cuando me perjudican.

La amenazas lanzadas desde Europa contra EE.UU. forman parte de un pulso entre las potencias y las grandes corporaciones occidentales por acaparar más cuota de poder en un inestable tablero geopolítico y geoeconómico mundial que les ha dejado descolocados tras el cambio de paradigma en la balanza de poder global.

La Unión Europea está ahora probando de su propia medicina, la misma que ellos aplicaron (siguiendo mansamente las órdenes de Washington) contra Rusia, Irán… o mucho antes contra Cuba.

El Estado Profundo pretende reactivar la doctrina Wolfowitz de 1992. Y Donald Trump parece sucumbir ante su estrategia.

(…) la doctrina Wolfowitz teoriza sobre la necesidad de que los Estados Unidos bloqueen el surgimiento de cualquier competidor potencial a la hegemonía estadounidense, particularmente las «naciones industrializadas avanzadas» como Alemania y Japón. La Unión Europea es un blanco particular:

«A pesar de que los Estados Unidos apoyan el proyecto de integración europea, debemos velar para que no surja un sistema de seguridad puramente europeo que socave la OTAN, y particularmente su estructura de mando militar integrado». 

Se solicitará a los europeos que incluyan en el Tratado de Maastricht una cláusula que subordine su política de defensa a la de la OTAN, mientras el informe del Pentágono aboga por la integración de los nuevos Estados de Europa Central y del Este en el seno de la Unión europea, beneficiándolos con un acuerdo militar con los Estados Unidos que los proteja contra un posible ataque ruso. [6]

¿Qué ocurrirá de aquí en adelante? Todavía es muy pronto para saberlo. Pero algunos analistas geopolíticos ya anticipan que Alemania y quizás otros países de la UE reorientarán su política exterior hacia el eje eurasiático encabezado por China y Rusia (Eurasia) [7]. Otros importantes “aliados” de Washington (como Turquía, Irak, India, Pakistán, Filipinas…) ya han iniciado este viraje estratégico. Con sus propias acciones violentas y desesperadas el Imperio está cavando su propia tumba. Esto último, al menos, es algo que debemos celebrar en estos tiempos de incertidumbre.

 

REFERENCIAS – NOTAS

[1] Did The Saudis And The US Collude In Dropping Oil Prices?,- artículo de Andrew Topf

[2] Pentagon Report Points To Unsustainable Status Quo For U.S.’ Global Empire,- artículo de Whitney Webb (Mint Press News, 28/7/2017) http://www.mintpressnews.com/report-unsustainable-status-quo-u-s-global-empire/230231/

[3] La revolución que cambiará el mapa energético mundial,- diario económico Expansión (15/11/2012). Leer también: Estados Unidos se convertirá en el mayor productor de gas y petróleo del mundo,- revista Petroquímica (petróleo, gas, química y energía)

[4] The Fatal Flaw in Washington’s New Energy Strategy,- artículo del analista geopolítico y escritor F. William Engdahl (13/7/2017)

[5] Acuerdo de desarrollo de Pars del Sur,- un reportaje de la cadena iraní Hispan TV (YouTube, 28/7/2017)

[6] Paul Wolfowitz, el alma del Pentágono,- por Paul Labarique (Red Voltaire, 24/2/2005) http://www.voltairenet.org/article123982.html

[7] Imperial Folly Brings Russia and Germany Together,- artículo del analista geopolítico Pepe Escobar (Sputnik International, 29/7/2017)

 

 

 

 

La utilización del terrorismo como arma geopolítica

En un artículo que publiqué el 27 de marzo de 2017 titulado “El Gran Kurdistán y la balcanización de Siria” advertía que muy probablemente veríamos en las próximas semanas cómo la actividad de los grupos terroristas que operan en Siria e Irak desde 2011 (bajo las directrices de EE.UU-OTAN-CCG) se iría desplazando a otras regiones más cercanas a Rusia y China para tratar de frenar su integración, desarrollo e influencia en Eurasia (y en todo el mundo), lo que supone una amenaza mayúscula para la hegemonía occidental y estadounidense en particular.

Esta imparable pérdida de la hegemonía global por parte del poder económico y político occidental, decía entonces, es el mayor problema al que se enfrentan y lo que verdaderamente aterra a las clases dominantes. La “guerra global contra el terrorismo”, la situación de los “refugiados”, los “Derechos Humanos” o la “extensión de la democracia” son tan sólo cínicos pretextos utilizados por Occidente para justificar sus políticas imperialistas contra Estados soberanos que siguen su propia agenda. Pero estos argumentos artificiales no aguantan el menor análisis.

En aquel artículo escribí también que ante la imposibilidad de imponerse en Siria y debilitar a Irán, con una Rusia impermeable a las sanciones y cada vez más influyente en Oriente Medio, y con una China cada vez más fuerte en todo África, Asia y Latinoamérica, era más que probable que las potencias de la OTAN tratasen de incendiar y desestabilizar a Rusia, China e Irán desde lugares más cercanos a sus fronteras o incluso desde su propio territorio utilizando para ello al terrorismo yihadista que ahora opera en Siria y en otros países de Oriente Medio y del sudeste y centro de Asia. Tengamos en cuenta que en Siria e Irak están operando miles de yihadistas rusos procedentes de la región del Cáucaso, así como también miles de yihadistas uigures procedentes de la región de Xinjiang, en el noroeste de China.

Estos terroristas, ahora con experiencia de combate y entrenamiento militar servido por la OTAN, suponen un potencial peligro para la estabilidad y seguridad interna de Rusia y China, algo que ya están aprovechando los patrocinadores del terrorismo internacional para reorganizarse ante el nuevo orden mundial multipolar.

Pues bien, en las últimas semanas estamos asistiendo a este previsible desplazamiento de la actividad terrorista hacia las proximidades de Rusia y China y sus esferas de influencia. Algunos de sus aliados estratégicos ya están sufriendo el ataque de los yihadistas dirigidos por la OTAN. Pero antes de nada es conveniente repasar algunos hechos probados que demuestran esta utilización del terrorismo con fines políticos y económicos.

En política internacional no existen las casualidades, sino las causalidades

Si uno observa tanto el momento como el lugar donde se producen los atentados terroristas, así como los golpes de Estado o “revoluciones de color” patrocinadas por Occidente, se da cuenta de que existe una relación directa y descarada entre este incremento de la actividad yihadista y las decisiones políticas que adoptan los gobiernos de los países que sufren esa violencia y desestabilización. Es decir, los atentados terroristas y los “golpes suaves” son una forma de castigo hacia aquellos gobiernos que toman una dirección política que va en contra de los intereses de Estados Unidos y la OTAN (del poder económico y financiero occidental).

En algunos casos se busca el derrocamiento total del gobierno en cuestión (el “cambio de régimen”) y en otros casos se trata de darle un escarmiento para que rectifique su rumbo y se coloque de nuevo bajo la órbita del poder político y económico occidental.

Esto último fue lo que le ocurrió al presidente turco Recep Tayyip Erdogan cuando en junio de 2016 decidió restablecer las relaciones diplomáticas y comerciales con Rusia y firmar posteriormente importantes acuerdos geoestratégicos con el presidente Vladimir Putin. La consecuencia de esta decisión – y de otras, como oponerse a la creación de un “Kurdistán” en Siria – fue el intento de golpe de Estado patrocinado por Washington ocurrido inmediatamente después, el 15 de julio de 2016. Una filtración de los servicios secretos rusos al presidente Erdogan impidió que éste último fuera asesinado mientras descansaba en un hotel a las afueras de Estambul. Meses más tarde, el 19 de diciembre de ese año, era asesinado el embajador ruso en Turquía Andréi Kárlov a manos de un miembro de la red terrorista FETO, protegida por la CIA y vinculada al Estado Islámico. Este cobarde asesinato se producía justo después de que la mediática ciudad siria de Alepo fuera liberada de la barbarie terrorista, con la colaboración de Turquía.

Algo muy similar, aunque bajo el formato de “Revolución de Color”, fue lo que ocurrió en Ucrania a finales de 2014 y principios de 2015, cuando el entonces presidente Viktor Yanukovic decidió rechazar las duras condiciones políticas que le imponían desde Bruselas a cambio de ingresar en la UE y de recibir el apoyo financiero de la Troika (FMI, BCE y la Comisión Europea). Por el contrario el entonces presidente ucraniano firmó un acuerdo económico, financiero y comercial con Rusia bajo unas condiciones mucho más favorables para el país. Inmediatamente después recibió como respuesta desde Washington y Bruselas un golpe de Estado ejecutado por grupos fascistas extremadamente violentos que fue retransmitido y presentado por los medios corporativos como una “revolución democrática” pro-europea: la llamada “revolución del Euromaidán“.

O también en Honduras. La noche del 28 de junio de 2009 un grupo de militares golpistas sacaron de la cama al legítimo presidente de Honduras, Manuel Zelaya, lo subieron a un avión y lo trasladaron a la base militar de EE.UU. en Palmerola, desde donde fue llevado finalmente a Costa Rica. Apenas tres meses antes del golpe, “casualmente”, el gobierno hondureño había anunciado un acuerdo con Petróleos de Venezuela (PDVSA) – en el marco de cooperación regional del ALBA – para la explotación del petróleo de Honduras, decisión que iba en detrimento de varias empresas norteamericanas y europeas, como Chevron, Exxon Mobil, Shell o incluso la hondureña Dippsa, que estaban interesadas en explotar sus recursos [1]. Se da la circunstancia, además, de que el presidente Zelaya mantenía una disputa legal con estas empresas transnacionales, a las que incluso había amenazado con “nacionalizar” si éstas no se sometían a las leyes que impulsaba el gobierno pensando en el interés general de sus ciudadanos y no en los intereses privados de las oligarquías.

[leer también: No son los Derechos Humanos, ¡es el petróleo, estúpido!]

En Egipto también asistimos a este fenómeno desde la llegada al poder en 2013 de Abdelfatah al Sisi tras derrocar a los Hermanos Musulmanes apoyados por las potencias occidentales. El cambio de rumbo geopolítico de Egipto y su acercamiento a Rusia (incluyendo las negociaciones para la instalación de bases militares rusas en la costa egipcia, el intercambio comercial bilateral utilizando sus propias monedas nacionales, un  fondo de inversión conjunta, acuerdos en materia alimentaria, militar, tecnológica…) tuvo como consecuencia un incremento de la actividad terrorista en el país árabe. Por ejemplo, el 8 de diciembre de 2016 la corporación rusa Rosatom y el gobierno egipcio anunciaron los detalles de un acuerdo para la construcción de una planta nuclear en Al Dabaa, en la costa mediterránea de Egipto. Dos días después, el 11 de diciembre de 2016, estallaba una bomba en una catedral cristiana copta en El Cairo matando a 25 personas y dejando más de 50 heridos. El Estado Islámico reivindicó posteriormente el atentado. Días antes de producirse este atentado, además, el presidente egipcio había reafirmado su apoyo a la integridad territorial de Siria y a su gobierno en su lucha contra el terrorismo yihadista.

Más recientemente, el pasado 7 de junio de 2017, la República Islámica de Irán sufría dos ataques terroristas el mismo día, uno contra el Parlamento iraní (15 días después de celebrar las elecciones presidenciales) y otro contra el mausoleo del Ayatolá Khomeini que causaron 17 muertos y más de 40 heridos. Estos atentados se producían sólo dos semanas después de que Donald Trump viajara a Riad para llamar a sus “aliados” a la creación de una coalición militar suní en contra de Irán (la mal llamada “OTAN árabe”), país al que calificó como el principal patrocinador del terrorismo del mundo. Anteriormente el ministro de Defensa saudí, Mohamed Ben Salman, amenazó abiertamente con llevar el terror a suelo iraní: “Nosotros no esperaremos a que la batalla se dé en Arabia Saudí; en lugar de eso, trabajaremos para que la batalla se dé sobre ellos, en Irán” (Sputnik Mundo, 5/5/2017). Y sólo un día antes de los atentados, el ministro de Exteriores saudí Abdel al Jubeir sentenció públicamente a Teherán a través de su cuenta en Twitter: “Irán debe ser castigado por su apoyo al terrorismo” (RT, 7/7/2017). Era la primera vez que el obediente Estado Islámico cometía un atentado terrorista dentro de Irán.

En los casos concretos de Libia y Siria no se trataba de dar un “escarmiento” a sus dirigentes sino de eliminarlos físicamente y destruir las infraestructuras de estos países para convertirlos en “Estados fallidos” fácilmente dominables. Para ello múltiples grupos terroristas fueron coordinados para invadir estos países y reconvertidos en verdaderos ejércitos de mercenarios al servicio de la OTAN y las grandes corporaciones occidentales.

En el año 2009 Muamar Gadafi propuso, como presidente de la Unión Africana, la creación de una moneda panafricana respaldada por el oro libio y abandonar el dólar para la venta del petróleo y el gas africano. Muchos países, entre ellos Túnez y Egipto, respaldaron esta iniciativa que trataba de alcanzar la unidad política, la independencia económica y la soberanía de los Estados africanos. Además de Estados Unidos, si este gran proyecto impulsado por Gadafi se hubiese puesto en marcha, Francia sería una de las más perjudicadas al perder su dominio monetario (franco CFA), comercial y económico-financiero en el “África francófona”, lo cual explica la implicación directa de Francia (y en particular de Nicolas Sarkozy)  en la organización de la destrucción de Libia, planificada junto a EE.UU. y Reino Unido mucho antes de iniciarse la guerra de invasión contra el país más desarrollado de África por aquel entonces. Sarkozy llegó a calificar a Libia como una “amenaza para la estabilidad financiera del mundo” [2].

Es necesario recordar en este punto que anteriormente Sadam Hussein – el otrora “aliado” de EE.UU. contra Irán – ya había comenzado a vender el petróleo iraquí en Euros en lugar de Dólares (noviembre del año 2.000). Esto desencadenó la posterior invasión y destrucción de Irak en el año 2003. Estados Unidos temía que el resto de miembros de la OPEP siguieran el mismo ejemplo de Irak ante la caída del Dólar frente al Euro, lo que hubiese provocado el colapso definitivo de la economía estadounidense (basada en el “petrodólar”) y el fin de su hegemonía global [3].

De nuevo en el año 2009, en Siria el presidente Bashar al Assad rechazó una propuesta de Catar para construir un gasoducto que permitiera llevar su gas a través de Arabia Saudí, Jordania, Siria y Turquía hasta Europa, en detrimento de Rusia que es su principal suministrador. De esta manera, además, EE.UU. podría asegurarse de que esas reservas y operaciones comerciales se siguieran denominando en Dólares, manteniendo así la hegemonía monetaria y financiera mundial que permite que su economía siga a flote. Por si fuera poco, en paralelo a este rechazo a la propuesta catarí (saudí y occidental), el presidente sirio llegó a un acuerdo con Irán, Irak y Líbano para construir un “oleoducto islámico” que podría convertir a Irán en “el principal proveedor del mercado energético europeo”, lo que chocaba frontalmente con los intereses de EE.UU. y sus aliados en la región, principalmente de Arabia Saudí, Catar e Israel.

[leer también: Daraa, el origen censurado de la guerra terrorista contra Siria]

Poco después, como ya sabemos, surgieron “espontáneamente” las “Primaveras Árabes” que afectaron “casualmente” a estos gobiernos díscolos cuya agenda se desvinculaba peligrosamente de los intereses occidentales.

Pero incluso detrás de la reciente crisis en Oriente Medio tras el “bloqueo” de Estados Unidos (que sigue vendiendo armas y firmando acuerdos para “combatir el terrorismo” con Doha), Arabia Saudí y otros Estados árabes en contra de Catar, se esconden unas motivaciones similares a las anteriormente señaladas, aunque los medios corporativos se están encargando de distraernos y manipularnos. Catar está vendiendo su gas en otras divisas distintas al dólar, principalmente a China que importa de Catar un 20% del gas que consume utilizando como moneda de pago el Yuan (Renminbi). En abril de 2015 China abrió en Doha un “centro de distribución e intercambio de renminbi” que pretende ser el centro financiero para la expansión del Yuan en Oriente Medio. Desde la pasada primavera el régimen catarí está estudiando junto a Irán la construcción de un gasoducto conjunto que pasaría por Siria y Turquía dirigido a abastecer al mercado europeo con el gas procedente del gigantesco yacimiento que comparten ambos países: South Pars-North Dome. También estudian la posibilidad de llevar este gas al mercado asiático a través de la India (la 4ª potencia económica mundial, 1ª potencia demográfica, potencia nuclear, miembro de los BRICS y de la Organización de Cooperación de Shanghai, nada menos). En diciembre de 2016 Catar compró (junto a la firma suiza Glencore) un 20% de las acciones de la petrolera estatal rusa Rosneft.

Los vínculos económicos entre Rusia, Irán, Catar y Turquía nos ayudan a comprender mejor los acuerdos políticos alcanzados en Siria entre estos países. Pero estos “pequeños detalles” no son tenidos en cuenta por los medios corporativos occidentales a la hora de explicarnos lo que ocurre con Catar y la “crisis” en Oriente Medio.

Es decir, Catar maneja una agenda política propia cuyos intereses chocan frontalmente con los de EE.UU., Arabia Saudí y el régimen sionista de Israel.

¿Tiene entonces algo que ver el bloqueo a Catar con la “lucha contra el terrorismo” por parte de Estados Unidos y sus “aliados” en la región? Más bien es una guerra geoeconómica para tratar de mantener su hegemonía mundial [4].

Reorganización del terrorismo yihadista ante el fin de la hegemonía estadounidense

Además de los ya conocidos escenarios donde actúan los yihadistas de la OTAN, en la actualidad aparecen en escena nuevos puntos calientes donde los grupos terroristas surgen como por arte de magia o reaparecen “células durmientes” que despiertan ante la voz de sus amos. No es por casualidad, lógicamente.

Una vez asumida por parte de Donald Trump la derrota terrorista en Siria e Irak y asumido el carácter multipolar del Nuevo Orden Mundial, tal y como se evidenció en la reciente Cumbre del G-20 en Hamburgo [5], el imperialismo norteamericano redirige ahora a sus mercenarios salafistas hacia las fronteras de sus máximos enemigos geoestratégicos Rusia y China con el fin de cortar el paso de la Nueva Ruta de la Seda y la imparable asociación Eurasiática liderada por ambas potencias.

[leer también: Escalada militar y expansión del yihadismo contra Rusia y China]

Por ejemplo, en Afganistán se lanzó “la madre de todas las bombas” después de que Washington alertase sobre la creciente presencia del Estado Islámico en el país, motivo por el cual anunció el envío de más tropas y más armas al país. Sin embargo las élites estadounidenses no se sienten obligadas a explicar cómo ha sido posible este incremento del terrorismo yihadista en un país que están vigilando y ocupando militarmente desde hace 16 años. Sólo veo dos posibles respuestas: o bien las agencias de inteligencia estadounidenses y las élites militares y políticas reconocen que son unos absolutos incompetentes a la hora de “luchar contra el terrorismo” y garantizar la seguridad de los países donde intervienen; o bien están reconociendo implícitamente que su “guerra global contra el terrorismo” es un fraude y que son ellos mismos quienes permiten, fomentan y dirigen la expansión y actividad de los terroristas en el mundo. Llevan 16 años “reconstruyendo un país” que cada día está más destrozado. Y ahora pretenden volver a invadirlo con miles de soldados y de mercenarios a sueldo (“contratistas privados“).

Indonesia, el país con la población musulmana más grande del mundo, también sufre actualmente la inestabilidad política y la actividad terrorista alentada desde el exterior [6]. Arabia Saudí es el principal patrocinador de algunos grupos yihadistas que actúan en este país, como el “Frente de Defensores Islámicos”. El régimen saudí además financia más de 100 centros de estudios y universidades (como LIPIA, situada en la capital Yakarta) y ha construido 150 mezquitas en Indonesia desde donde difunde su ideología: el  wahabismo. Hay que destacar que Indonesia, además de los acuerdos que mantiene con Rusia en el plano militar, forma parte de la Asociación Económica Regional Integral (RCEP, por sus siglas en inglés) liderada por China, un gigantesco tratado comercial asiático del que está excluido Estados Unidos y que absorbió a los miembros de la ASEAN, además de otras potencias como Japón, India y Corea del Sur, y ha sepultado definitivamente el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP) que pretendía liderar Washington frente a Pekín para extender su influencia por el Pacífico.

En Malasia también se está incrementando la actividad terrorista a medida que los yihadistas locales que viajaron a Siria e Irak desde 2011 regresan a sus países de origen una vez derrotados por Rusia y el “Eje de la Resistencia” en Oriente Medio. Su guerra ahora está en el sudeste asiático, hacia donde están señalando sus patrocinadores que tienen a China y su Nueva Ruta de la Seda en el punto de mira.

Aunque quizás el país donde ésta utilización geopolítica del terror se evidencia con más claridad y descaro sea en estos momentos Filipinas. El radical giro estratégico de Rodrigo Duterte hacia China y Rusia y la dureza de su discurso en contra de la intervención de EE.UU. en Filipinas ha tenido como consecuencia directa la invasión del país por parte del Estado Islámico y sus filiales locales. Nadie podía dudar de que presidente filipino (cuyas polémicas políticas cuentan con un gran apoyo popular después de un año en el cargo, algo que reconocen hasta sus enemigos) estaba el primero en la lista para un “cambio de régimen” en Filipinas al estilo de Ucrania, Siria o Libia. Los “rebeldes” de la OTAN se han puesto en marcha para llevar la “democracia” a Filipinas. ¿Tendrán los grandes medios corporativos la desfachatez de llamarlo algún día “primaveras asiáticas”?

En paralelo a estos hechos, en los Balcanes los funcionarios de Bruselas y Washington se preparan para aceptar la posible creación de la “Gran Albania” (que abarcaría zonas de Albania, Kosovo, Serbia, Montenegro, Macedonia o incluso Grecia), dando una vuelta de tuerca más al escarnio que cometieron con la destrucción de Yugoslavia. Desde Ucrania la OTAN anuncia el envío de más armas para el régimen neonazi de Poroshenko. En Asia Central y la región del Cáucaso, según pronostican algunos analistas, debemos esperar también un incremento de la actividad terrorista en lugares como Chechenia o Tayikistán. También en la región de Xinjiang (noreste de China); así como un empeoramiento de los conflictos en Libia o Yemen, donde la OTAN y sus regímenes aliados también están perdiendo la guerra o ven peligrar sus intereses. O que se alimente el viejo conflicto en Baluchistán en la frontera entre India y Pakistán [7]. Por cierto que ambas potencias nucleares (India y Pakistán) ya son recientes miembros de la gigantesca Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), lo cual abre nuevas expectativas sobre la solución de su conflicto territorial bajo el liderazgo de Rusia y China. Además se espera también que Irán ingrese próximamente en la OCS, mientras que países tan importantes desde el punto de vista geoestratégico como Afganistán o Turquía ya han solicitado su ingreso.

En resumen: la presencia del terrorismo yihadista en aquellos lugares estratégicos del planeta donde se está desarrollando  una guerra multidimensional por la hegemonía global de las próximas décadas es un hecho más que evidente. Este hecho no es casual, como tampoco lo fue su desplazamiento hacia Oriente Medio y norte de África en 2011 durante las llamadas “primaveras árabes“. El yihadismo se está extendiendo de forma premeditada hacia Asia Central y el sudeste asiático sencillamente porque el centro de gravedad de la economía mundial se desplaza imparable hacia Asia.

Las potencias occidentales (representantes del capital financiero anglosajón, fundamentalmente) que se oponen a este histórico cambio de paradigma global están movilizando todos los medios y recursos a su alcance para tratar de evitar lo inevitable: la consolidación de un “nuevo orden mundial multipolar”.

La utilización de grupos terroristas (yihadistas o de otra ideología) y mercenarios es una de esas herramientas de desestabilización que utilizan estas potencias (con Estados Unidos a la cabeza) para alcanzar sus objetivos. Lo vienen haciendo desde al menos los tiempos de la “Operación Ciclón” (puesta en marcha por Zbigniew Brzezinski en Afganistán y Pakistán en 1979 en contra de la Unión Soviética), pasando por el apoyo a “la Contra” en Nicaragua, la puesta en marcha de la “Operación Gladio” en Europa… y hasta nuestros días con la mutación de Al-Qaeda en el llamado “Estado Islámico” en Oriente Medio.

Y los “periodistas” de los medios corporativos occidentales (que son propiedad de ese mismo poder financiero-económico occidental que patrocina el terrorismo) nos quieren hacer creer, fomentando la desinformación y la ignorancia colectiva, que todos estos acontecimientos que presenciamos son fruto de la casualidad y no están relaciones entre sí. Todos estos mercenarios de la (des)información en Occidente están en la misma trinchera que los terroristas: ellos están ejerciendo la Yihad Mediática.

 

REFERENCIAS – NOTAS

[1] Alguien consiguió petróleo tras caer Zelaya,- un detallado artículo de Julio Escoto (Agencia Latinoamericana de Información ALAI, 15/6/2010)

[2] Hillary Emails, Gold Dinars and Arab Springs,- un análisis del escritor y experto en geoestrategia y F. William Engdahl (New Eastern Outlook, 17/3/2016) https://journal-neo.org/2016/03/17/hillary-emails-gold-dinars-and-arab-springs/

[3] The Real Reasons for the Upcoming War With Iraq: A Macroeconomic and Geostrategic Analysis of the Unspoken Truth,- un detallado informe de William Clark (Global Research, 17/2/2003) http://www.globalresearch.ca/articles/CLA302A.html

[4] The Qatar Blockade, the Petro-Yuan, and the Coming War on Iran,- un artículo del periodista y analista internacional Dan Glazebrook (Counterpunch, 16/6/2017)

[5] G-20 de Hamburgo: fin del “orden neoliberal global” por el G-3 (EU/Rusia/China),- análisis del experto en geopolítica Alfredo Jalife-Rahme (La Jornada, 9/7/2017) http://www.jornada.unam.mx/2017/07/09/opinion/014o1pol?partner=rss

[6] Saudi Arabia is destabilizing the world,- artículo de Stephen Kinzer (The Boston Globe, 11/6/2017) https://www.bostonglobe.com/opinion/2017/06/10/saudi-arabia-destabilizing-world/ivMeb7TWGk1fQaVjZWWKGP/story.html

[7] ISIS “Coincidentally” Appears Along China’s One Belt, One Road,- artículo del analista internacional e investigador afincado en Bangkok Tony Cartalucci (Land Destroyer, 1/7/2017) http://landdestroyer.blogspot.com.es/2017/07/isis-coincidentally-appears-along.html

Fractura europea: derecha globalista contra derecha nacionalista. ¿Dónde queda la izquierda ante el nuevo escenario geopolítico?

De la mano de Estados Unidos (EU) los gobiernos y tecnócratas de la Unión Europa (UE) abrazaron un modelo de globalización neoliberal que ahora está en pleno retroceso. En palabras del experto en geopolítica mexicano Alfredo Jalife-Rahme, la “era Trump” da inicio definitivamente a un proceso de “desglobalización” y a un nuevo orden mundial donde la “multipolaridad” pone fin a la hegemonía de EE.UU. vigente desde la Segunda Guerra Mundial. Sin la tutela de Washington – que fue quien impulsó y financió la creación de la UE para neutralizar a la Unión Soviética – Bruselas está descabezada. Son víctimas de su propio discurso y de sus propias políticas, ancladas en un modelo que ha quedado obsoleto, incapaces de adaptarse al nuevo escenario global.

La descomposición de la actual Unión Europea es tan evidente que incluso los tecnócratas que dirigen sus instituciones están barajando abiertamente la posibilidad de “reducir la UE a un simple mercado único” o poner en marcha una Europa de varias velocidades o los “Estados Unidos de Europa“. Cualquier ocurrencia es buena para seguir huyendo hacia adelante dando la espalda a la realidad.

Tras el mazazo que supuso el Brexit para las élites europeas, en países como Holanda ya debaten sobre la necesidad de abandonar el Euro. A escasos días de que se celebren elecciones generales (15 de marzo) más de la mitad de los holandeses estaría a favor de abandonar la UE siguiendo los pasos de Reino Unido. Grecia, cuya clase trabajadora está de nuevo en la calle luchando contra los recortes sociales y el expolio público, es un estado fallido al que la banca alemana y el FMI mantienen todavía con vida para poder exprimirle hasta su última gota de sangre (gracias a la traición de un gobierno “revolucionario” igual o peor que sus predecesores). La Hungría de Víktor Orbán forma parte del eje del mal “pro-ruso”, y su gobierno mantiene una guerra contra George Soros por promover la inmigración masiva hacia Europa con fines políticos y económicos. En Serbia, aspirante a entrar en la UE, la jefa de la diplomacia europea Federica Mogherini fue abucheada en el Parlamento cuando se disponía a dar un discurso el viernes 3 de marzo (“Serbia y Rusia no necesitan a la UE”).

Pero, a pesar del panorama general hostil al statu quo europeo, es la situación en Francia lo que trae de cabeza al establishment europeo. Las encuestas apuntan a que Marie Le Pen podría ganar las elecciones presidenciales del 23 de abril, lo que supondría la fractura definitiva y absoluta de la UE y de la Eurozona. Este hecho explica porqué la candidata Le Pen está sufriendo en estos momentos el ataque del establishment político y mediático europeo, de forma similar y paralela al ataque que está sufriendo Donald Trump en Estados Unidos. De momento los patrocinadores europeos del Estado Islámico pretenden juzgar a Le Pen por publicar en su cuenta de twitter unas fotografías que muestran las barbaridades cometidas por estas terroristas en Irak y Siria (Red Voltaire denuncia posible proceso contra eurodiputada francesa). Vivimos tiempos surrealistas, de “pos-verdad” lo llaman algunos analistas. Los miembros europeos de la OTAN pretenden ocultar sus propias responsabilidades aplicando la censura y la represión contra quienes las denuncian públicamente. Este tipo de ataques, que se irán incrementando a medida que se acerquen las elecciones, no harán más que incrementar los apoyos a Le Pen entre aquellos ciudadanos franceses que ven a la UE como una enorme losa burocrática que les aplasta y les empobrece. Y no me extraña nada en absoluto.

La misma burocracia dirigente instalada en Bruselas que acusa a Trump, a Le Pen y a la “extrema derecha” europea de atacar a los refugiados y a los inmigrantes, pretende ahora poner en marcha un “Plan de Acción” para expulsar de Europa a más de un millón de inmigrantes. Anteriormente conocíamos que Alemania había decidido pagar 1.200 euros a cada refugiado para que regresen a sus países. Del mismo modo sabemos también que el “miedo” de la UE hacia el ascenso de la “extrema derecha” es selectivo, puesto que en Ucrania apoyan y sostienen a un régimen neonazi que está realizando una limpieza étnico-ideológica en Donbass sin que esto suponga ningún dilema moral ni preocupación “humanitaria” en Bruselas. [ver documental de Oliver Stone: Ucrania en llamas]

¿Hay algún europeo racional al que no le den ganas de salir corriendo de esta criminal UE?

La Comisión Europea insta a los Estados miembros a expulsar a un volumen ingente de migrantes irregulares. Bruselas calcula que en la UE residen aproximadamente un millón de personas que deberían ser devueltas a sus países de origen, según el plan para acelerar retornos de extranjeros presentado este jueves. Casi dos años después de lanzar la idea del reparto de refugiados como principal alivio a la crisis migratoria, Europa se centra en las expulsiones y en el freno a las llegadas. [Bruselas pide expulsar a más de un millón de migrantes “sin papeles”,- El País, 2/3/2017]

Su modelo de “integración europea” ha fracasado y no tienen otro plan alternativo que resuelva los problemas que amenazan a las clases populares en Europa (deslocalización, desempleo, precariedad laboral, recortes sociales, desigualdades, pobreza, corrupción, pensiones, deuda impagable…). El Euro fue la culminación de un proceso de destrucción de la soberanía nacional de los Estados por orden de los “mercados financieros” y las grandes corporaciones occidentales (bajo la tutela de Washington). Hoy en día la devaluación salarial y la pérdida de derechos de los trabajadores europeos, unido a la implementación de más guerras imperialistas y más injerencias contra otros países independientes ricos en recursos (como Libia, Siria, Venezuela…), es la única fórmula que propone la UE para poder competir con otras regiones y países por el control de los mercados mundiales. La lógica del libre comercio sin barreras ni fronteras, la desregulación financiera,  la financiarización de la economía mundial, la propias reglas de la globalización neoliberal que estas élites occidentales impulsaron hace más de 20 años se han vuelto en su contra y han propiciado no sólo la crisis económica, política y social sufrida dentro de Europa, sino el ascenso meteórico de China como primera potencia capitalista mundial, que posteriormente gracias a su alianza estratégica con Rusia han removido las piezas del tablero geopolítico global.

La solución que plantean las élites europeas para salvar al viejo orden mundial unipolar y salvarse a si mismos y al capital financiero que los sustenta es, a corto plazo, la censura mediática, la represión de los disidentes y la identificación de un enemigo externo que impida ver sus propios errores y justifique sus políticas. El enemigo externo es Rusia, por supuesto, a la que ahora han sumado a Donald Trump (quien a pesar de su retórica inicial continúa incrementando la escalada militar en el este de Europa y tiene a Irán peligrosamente en el punto de mira, como hicieron sus antecesores). El enemigo interno, dicen ellos, es el “populismo “, “el ascenso de la extrema derecha” (no incluyen al régimen neonazi de Ucrania), “la antiglobalización”, la “ola de refugiados” (que ellos mismos provocan) o la eterna crisis económica (que se profundizará si finalmente se regresa al “patrón oro”, como podría acordar el futuro G-3: China, RusiaEstados Unidos).

Estos problemas que quitan el sueño a los globalistas occidentales fueron reflejados en el informe que presentaron en la última Cumbre de Seguridad de Múnich (Reporte 2017, ¿post-verdad, post-occidente, post orden?). La solución a medio-largo plazo para resolver estos problemas que plantean es “más Europa”, que es lo mismo que decir “más globalización”, lo cual significa menos soberanía de los Estados en beneficio de un “Gobierno Mundial” dominado por las élites financieras. Este objetivo del “gobierno mundial” es literal, no es una “teoría de la conspiración”. Hace unos días se celebró en Dubai la Cumbre del Gobierno Mundial 2017. En ella los intervinientes fueron muy transparentes. Por ejemplo el Secretario General de Naciones Unidas, Antonio Guterres, quien afirmó que la pérdida de confianza en los gobiernos nacionales requiere de una institución global que resuelva nuestros problemas. Viejas recetas para alcanzar la dominación global lanzadas por una élite ciega de poder que no quiere ver y asumir la nueva realidad geopolítica mundial.

La soberanía nacional es una reliquia del pasado. (…) Necesitamos respuestas globales y las respuestas globales necesitan instituciones multilaterales capaces de desempeñar ese papel [Welcome to Dubai and Globalist Insanity 2017 ,- Phil Butler, NEO, 2/3/2017]

En realidad la Unión Europea de Maastrich y del Euro es un muerto viviente desde, al menos, el estallido de la “crisis sistémica” desatada en 2007-2008 en el centro del capitalismo financiero mundial. Pero, contrariamente a lo que podíamos pronosticar en aquel entonces, no son los movimientos populares o la llegada al poder de gobiernos de izquierdas anti-neoliberales los que están acelerando su derrumbe. Más bien los movimientos antiglobalización y la izquierda política están desaparecidos, o peor aún, muchos de ellos están movilizados en defensa del viejo orden mundial unipolar y de la globalización neoliberal. Es la llamada “extrema derecha” o “derecha nacionalista” la que está poniendo en jaque al mundo Occidental.

Si nos fijamos bien, en estos momentos se está produciendo tanto en EU como en Europa una la lucha por el poder entre el capital financiero globalizado (cuyos intereses están ligados al actual sistema financiero, a la globalización y a los grandes tratados de libre comercio)  y un capitalismo nacional-continental más primario cuyos intereses estarían ligados a la producción nacional, al incremento del consumo interno y a la exportación a través de acuerdos comerciales bilaterales con otros países y regiones en función de sus intereses y estrategias particulares (Recomiendo escuchar al respecto el análisis del sociólogo holandés Wim Dierckxsens para el programa de radio Voces del Mundo, en Sputnik Mundo, 23/2/2017).

Si esta guerra por el poder la trasladamos a la esfera política y partidista, la actual contienda se disputa entre el viejo bipartidismo neoliberal defensor de la globalización que se ha turnado en el poder institucional en EU y Europa en las últimas décadas (sector que engloba a los llamados liberales, conservadores, socialdemócratas, progresistas…), y una fortalecida “extrema derecha” o “derecha nacionalista” que pretende recuperar la soberanía nacional volviendo al concepto de Estado-nación  y que tiene ahora a Donald Trump como su máximo exponente, o a Marie Le Pen en Europa. En estos momentos el esquema de disputa Izquierda-Derecha ha sido superado por una confrontación entre Globalización y Nacionalismo, como lo definió muy bien la periodista Vicky Peláez en uno de sus artículos (De la Globalización al Nacionalismo, Sputnik, 1/2/2017).

Como decía anteriormente, la izquierda política y los movimientos sociales no participan como protagonistas en esta batalla. Están desaparecidos del debate geopolítico y geoestratégico que ahora está reconfigurándose, y en la mayoría de los casos se están movilizando en contra de los llamados “populismos” de la mano de los mismos globalistas neoliberales (con Obama-Clinton a la cabeza) que llaman “populistas” a los gobiernos y dirigentes de izquierdas en Latinoamérica, por ejemplo. No ven más allá. Paradójicamente la izquierda “progresista” española (y me temo que la europea en general) está empleando los mismos términos para atacar a la extrema derecha nacionalista. Pero sin darse cuenta, al acusarles de “populistas”, la izquierda está admitiendo intrínsecamente que no pretenden romper con el régimen institucional europeo (incluido el Euro), porque entienden que no es posible hacerlo, dando por hecho que la “extrema derecha” lo hace sólo para captar votos. Los “progresistas” están demostrando que son más reaccionarios que la propia “extrema derecha”, quien en realidad está dejando en evidencia que sí tienen un modelo alternativo a la globalización neoliberal y al orden mundial unipolar (con todas la carencias, excesos o críticas que le queramos añadir a sus propuestas).

La “extrema derecha”, que ahora en Europa se identifica con Trump o Le Pen, ha señalado las causas del empobrecimiento de las clases trabajadoras, y sus dirigentes tienen el valor de denunciar públicamente a los grandes medios corporativos por la manipulación informativa que ejercen, algo que jamás han hecho los dirigentes de la izquierda progresista más reconocidos por temor a que les acusen de “atentar contra la libertad de prensa”. Esta claridad y determinación – entre otros factores – es el que hace que ésta “extrema derecha” encuentre el apoyo entre las víctimas de la globalización neoliberal tanto en EU como en Europa. Centrar todo su energía en reprocharle a la “extrema derecha” su discurso “racista” y en manifestarse en contra de sus políticas “xenófobas”, sin tener en cuenta el resto de su discurso en materia de soberanía económica, política, financiera, geoestratégica o geopolítica, supone un error de bulto que está pagando la “izquierda” con su irrelevancia. En España la “izquierda progresista” se ha situado en el “extremo centro”, el del “consenso político”, el lugar que ocupan los que tienen “sentido de Estado”, y han cedido su histórico espacio ideológico y estratégico a la “extrema derecha” a la que califican de “populista”.

¿Acaso no son “populistas” el resto de partidos “conservadores” y “socialdemócratas” que prometen trabajo y prosperidad a las clases populares? ¿Acaso no es populista “la izquierda” que promete crear una “alternativa” sin abandonar la estructura de poder supranacional que precisamente impide cualquier cambio radical? ¿Acaso no es populista presentar un programa electoral para “los de abajo” desligándolo de un contexto supranacional y global que hará imposible su cumplimiento? ¿Quién tiene la culpa de que la “izquierda” haya dejado huérfanas a las clases trabajadoras que ahora están abrazando a quienes les proponen romper con el sistema que les ha empobrecido?

La llamada “extrema derecha” occidental encabeza ahora el movimiento “antisistema” y “antiglobalización” que otrora fuera la bandera de la izquierda que quería cambiar las cosas. Por eso el pueblo trabajador les apoya. Por eso el enfrentamiento político por el poder se produce entre un bipartidismo neoliberal y globalista-imperialista que pretende mantener el statu quo, y una renovada extrema derecha de corte nacionalista que ataca al establishment y ha presentado una alternativa basada en la recuperación de la soberanía nacional y en acabar con el viejo orden mundial unipolar.

La izquierda “progresista” o “alternativa” no tiene realmente un modelo alternativo que presentar ante las clases populares, y sólo aspiran a sustituir a la socialdemocracia para “reformar” el actual sistema y proceder al reparto de ayudas sociales entre los excluidos pero sin romper de raíz con las estructuras que provocan esa exclusión, esa pobreza y esa desigualdad contra la que dicen luchar. Eso no es una “alternativa al sistema”, sino darle oxígeno y limpiar su imagen. La izquierda se ha mimetizado con la socialdemocracia, que a su vez es indistinguible de la derecha neoliberal. Por eso la “izquierda progresista” no tiene nada que decir ante este histórico cambio de paradigma geopolítico mundial que estamos viviendo. Salvo unirse mansamente a los globalizadores para criticar a Donald Trump.

La vieja Unión Europea atrapada entre Washington y Moscú

Desde hace varios años el llamado viejo Orden Mundial unipolar, caracterizado por la hegemonía de EE.UU. sobre el resto de países, está dando paso a otra realidad donde el poder y la influencia mundial se ha polarizado. En estos momentos aquellos poderes económico-financieros y aquellas élites políticas cuyos intereses están ligados a la continuidad de la Globalización neoliberal y de las guerras imperialistas de la OTAN, tratan de impedir lo inevitable ajenos a la nueva realidad que ya está en marcha. Para ello no dudan en seguir apoyando a los neonazis en Ucrania, a los terroristas de Al Qaeda en Siria, o al fascismo más reaccionario de EE.UU. (el “Estado Profundo”) que trata desesperadamente de derrocar a Donald Trump para conservar su poder.

Una ofensiva política y militar del fascismo occidental ante el fin de su hegemonía

Como se pudo comprobar en la reciente Conferencia de Seguridad de Múnich celebrada entre el 16 y el 19 de febrero, así como en la reunión del Consejo del Atlántico Norte celebrada anteriormente en Bruselas, los gobiernos y tecnócratas europeos continúan apostando su futuro a una confrontación directa contra Rusia bajo la escusa de defenderse de una inexistente invasión rusa de Ucrania que amenaza con extenderse al resto de Europa. Para agitar este viejo fantasma, los organizadores no dudaron en invitar al acto al presidente del régimen neonazi de Ucrania [1]. No les importó a estos defensores de la “democracia” europeos que desde el pasado 28 de enero Poroshenko esté bombardeando intensamente las regiones del Donbass asesinando a decenas de civiles y saltándose de paso todos los acuerdos y compromisos de paz firmados anteriormente. De hecho estos ataques por parte del ejército ucraniano, que violan una vez más los acuerdos de Minsk, se producen en presencia de funcionarios de la OSCE, sin que nadie haya dicho ni una sola palabra al respecto desde la Unión Europea.

En apoyo a la ofensiva criminal del régimen fascista ucraniano contra el Donbass, el pasado 31 de diciembre los senadores estadounidense John McCain  y Lindsay Graham estuvieron junto a Poroshenko visitando a las tropas que están asesinado civiles inocentes, emulando aquellas otras visitas que el sanguinario imperialista John McCain realizó ilegalmente a Libia o Siria para apoyar a los terroristas yihadistas que iniciaron las “primaveras árabes” bajo la dirección de la OTAN. Hace unos días viajó de nuevo a Siria para “evaluar las condiciones dinámicas en el terreno en Siria e Irak”, es decir, comprobar sobre el terreno las posibilidades para reactivar la guerra terrorista contra Siria. Y como ya sabemos, conquistar Siria forma parte de los preámbulos para una guerra mayor contra Irán. Los fundamentalistas del imperio, ajenos a su derrota en Siria, trabajan en la formación de una coalición suní para atacar a Irán.

Mientras tanto los medios corporativos occidentales (especialmente los españoles) guardan un absoluto silencio sobre los crímenes cometidos en pleno continente europeo, así como en Oriente Medio, por los neonazis y mercenarios subcontratados de la OTAN. Son los mismos medios que tienen la desvergüenza de llamar “propaganda rusa” a la información que aportan aquellos que denuncian los crímenes neonazis en Ucrania.

Tres años después del golpe de Estado neonazi del “Euromaidán”, apoyado por Washington y Bruselas, Ucrania atraviesa una grave crisis política, económica, energética y social. Poroshenko necesita buscar un enemigo en el exterior que justifique sus políticas neoliberales y oculte su propio fracaso. El régimen neonazi ucraniano incrementó unilateralmente la guerra contra las repúblicas del Donbáss para buscar el apoyo de Donald Trump frente a la supuesta “agresión rusa” tratando así de impedir el acercamiento entre Washington y Moscú. De hecho el citado John McCain, como jefe de la comisión del Senado para las Fuerzas Armadas de EE.UU., envió una carta al presidente Trump exigiéndole que sea firme y contundente contra Rusia ante la “invasión rusa” en Ucrania, instándole incluso a enviar “armas letales” al régimen de Kiev. Por su parte el presidente de la Comisión de Defensa de la Cámara de Representantes de EE.UU., el republicano William Mac Thornberry, también instó recientemente al presidente Donald Trump a suministrar armamento letal a Ucrania:

“Creo que hay un apoyo bipartidista (demócratas y republicanos) profundo y amplio para proporcionar armas letales a los ucranianos a fin de que puedan defenderse y este ha sido el caso durante los últimos dos años”

John McCain también intervino en la reciente Conferencia de Seguridad de Múnich celebrada este fin de semana, donde siguió empujando a Europa a una guerra contra Rusia [2], un enemigo inexistente pero muy necesario para justificar sus criminales políticas imperialistas. La respuesta de los gobiernos europeos en esa cumbre fue seguir incrementando su escalada militar en las fronteras con Rusia [3].

Una guerra civil encubierta en el corazón político de Estados Unidos

Todos estos movimientos de propaganda política y mediática contra Rusia tratan de presionar al presidente estadounidense para que renuncie a su nueva política exterior y al proceso de “desglobalización” que pretende implementar.  Y forman parte de la guerra civil soterrada que se está produciendo entre las élites estadounidenses por alcanzar el poder.

La sonora renuncia de Michael Flynn como Asesor de Seguridad Nacional [4] supone una batalla  perdida por parte de Trump dentro de esa guerra desatada en la cumbre. La CIA, a la que Trump restó poder dentro del Consejo de Seguridad Nacional, se tomó su venganza filtrando las conversaciones de Flynn con funcionarios rusos durante la última campaña electoral estadounidense. Lo hizo con la imprescindible colaboración de la ex-fiscal general del Estado, Sally Yates, quien ya se había opuesto a aplicar la mal llamada ley “anti musulmana” de Trump, por lo que fue cesada posteriormente. Sally Yates utilizó su cargo para forzar al gobierno a eliminar a Michael Flynn. No fue, por tanto, una acción por cuestiones “legales” sino una acción con fines políticos.

Parece claro que Flynn no violó ninguna ley ni atentó contra la seguridad del país al mantener esas conversaciones privadas. Y mucho menos teniendo en cuenta que lo que dijo Flynn en privado, es decir, la intención de establecer buenas relaciones con Rusia o incluso de eliminar la sanciones en un futuro, estaba siendo defendido abiertamente por Donald Trump ante todo el mundo durante la campaña electoral. A pesar de ello Michael Flynn – que fue cesado por Obama como director de la DIA por oponerse a seguir armando al Estado Islámico en Siria [5] – se vio obligado a dimitir ante la enorme presión mediática y política sufrida. Por el contrario, los miembros de la inteligencia y los funcionarios estadounidenses (incluida la ex-fiscal general del Estado) que participaron en la filtración de esas conversaciones privadas, violaron la ley y la propia Constitución de EE.UU. [6]. Sin embargo, nadie ha puesto el acento sobre este dato, y los medios corporativos y el bipartidismo estadounidense y europeo han criticado duramente la intención de Trump de investigar estas filtraciones ilegales a la prensa. Los únicos que han cometido una ilegalidad son los golpistas de guante blanco que quieren derrocar a Trump.

La hipocresía de estos medios de comunicación y de estos políticos “anti-Trump”, que ahora se oponen a investigar las filtraciones de la CIA, queda en evidencia cuando escuchamos su opinión sobre las filtraciones hechas por Julian Assange (WikiLeaks) o Edward Swoden, los cuales, si de estos “demócratas” dependiera, estarían muertos hace mucho tiempo.

En cualquier caso, veremos muchas más batallas similares dentro de esta guerra por el poder. Trump pretende limpiar las instituciones públicas para poder desarrollar su programa electoral. En estos momentos sus enemigos están dentro de su propia casa. Tiene las manos atadas. Se comprueba de nuevo que ganar las elecciones en las “democracias burguesas” no es sinónimo de alcanzar el verdadero poder. Si Trump no ejecuta esta purga dentro de ese Estado Profundo con rapidez y firmeza su mandato será de corta duración, y aquellos trabajadores y víctimas de la globalización y del imperialismo que le dieron su apoyo recientemente lo acabarán viendo como un traidor más, tal y como vieron a sus antecesores.

Con el tiempo veremos quién sale vencedor en esta guerra. Por el momento la peligrosa estupidez cometida por Donald Trump al arremeter contra Irán para complacer a Israel y Arabia Saudí, no augura nada bueno. Esperemos que su enajenación sea tan solo transitoria.

La Unión Europea perdida ante el nuevo escenario geoestratégico

La respuesta de los gobiernos europeos que se niegan a aceptar la nueva realidad global es seguir repitiendo el mismo discurso ajenos a la nueva realidad geopolítica. La doctrina Wolfowitz [7] ha quedado obsoleta. Sin embargo los tecnócratas europeos que se oponen a la “desglobalización” y al reordenamiento de fuerzas mundial continúan con su agenda belicista contra Rusia con la esperanza de que Trump sea derrocado por el complejo militar industrial y el “Partido de la Guerra” (el bipartidismo globalista).

La Unión Europea se encuentra descolocada y desconcertada ante tanta incertidumbre. Su escalada en contra de Rusia obedecía a una histórica supeditación de sus propios intereses frente a los de EE.UU. en un contexto de Globalización y grandes tratados comerciales impuestos a través de la coacción y las guerras imperialista. Ahora las cosas han cambiado en Occidente, y los gobiernos europeos se encuentran atrapados entre un Donald Trump al que odian y una Rusia a la que siguen acosando por pura inercia del pasado.

Se encuentran en tierra de nadie, abrazados a un viejo modelo que no quieren abandonar pero incapaces de frenar el nuevo esquema que se impone.

Alemania, la “locomotora de Europa”, se prepara para una “guerra monetaria” con Washington [8]. Trump y sus asesores consideran que el Euro está devaluado artificialmente para beneficiar las exportaciones de Alemania, que es el país con el que EE.UU. mantiene el mayor déficit comercial del mundo después de China. De momento sabemos que Alemania ha retirado 300 toneladas de oro que guardaba en la Reserva Federal estadounidense, al mismo tiempo que Merkel sigue enviando tropas y armamento al este de Europa amenazando a Rusia. Y todo esto a la espera de que el Deutsche Bank anuncie si quiebra definitiva.

¿Qué rumbo va a tomar la Unión Europea si Washington y Moscú alcanzan un acuerdo geoestratégico?

La nueva administración estadounidense reconoce la multipolaridad del nuevo Orden Mundial. Donald Trump pretende crear el equivalente a un G-2 junto a Rusia para desligarla de sus acuerdos estratégicos con China. A cambio, Washington ofrecería a Moscú el reparto geoestratégico de la Unión Europea [9] una vez que ésta se descomponga. La posible victoria de Le Pen en Francia, tal y como señalan las encuestas, sería el golpe definitivo al Euro y a la Unión Europea tal y como la conocemos. Y todo este cambio de paradigma global se produce sin que la izquierda política y social mayoritaria tenga nada que decir ni un modelo alternativo que presentar.

REFERENCIAS – NOTAS

[1] Poroshenko en Múnich,- artículo publicado en la web Slavyangrand.es (22/2/2017) Artículo original publicado en Antifashist

[2] McCain in Munich: The War Party Fights Back,- artículo de Justin Raimondo, editor de la web Antiwar.com (Ron Paul Institute for Peace and Prosperity, 20/2/2017)

[3] Las palomas armadas de Europa,- artículo del politólogo Manlio Dinucci (Red Voltaire, 21/2/2017)

[4] El general Flynn y el Imperio del Mal ,-artículo de Joan Carrero (Mallorcadiario.com, 18/2/2017)

[5] Former DIA Chief Michael Flynn Says Rise of Islamic State was “a willful decision” and Defends Accuracy of 2012 Memo,- declaraciones muy relevantes del general Michael Flynn al canal Al Jazeera donde reconoce que EE.UU. impulsó la creación del Estado Islámico para derrocar al presidente Bashar Al Assad, tal y como pudo comprobar en los informes que manejaba cuando era director de la Agencia de Inteligencia de Defensa (DIA, por sus siglas en inglés). (Levant Report, 6/8/2015) https://levantreport.com/2015/08/06/former-dia-chief-michael-flynn-says-rise-of-islamic-state-was-a-willful-decision-and-defends-accuracy-of-2012-memo/

[6] How General Flynn’s accusers broke the law ‘behaved like police state’,- información de Alexander Mercouris (The Duran, 15/2/2017) http://theduran.com/general-flynns-accusers-broke-law/

[7] Paul Wolfowitz, el alma del Pentágono,- un detallado y amplio artículo de Paul Labarique (Red Voltaire, 24/2/2005)

[8] Will Trump destroy the Euro?,- artículo del analista geoestratégico F. Willian Engdahl (New Eastern Outlook, 9/2/2017)  http://journal-neo.org/2017/02/09/will-trump-destroy-the-euro/

[9] “El (des)Orden Global en la Era Trump”,- (VÍDEO) una entrevista donde el experto en geopolítica Alfredo Jalife-Rahme realiza un análisis de la situación internacional tras la llegada de Trump a la presidencia de EE.UU. (vídeo publicado en YouTube, 10/2/2017) https://www.youtube.com/watch?v=op1Grnz1Cwk&t=901s

Trump buscará una alianza con Rusia para frenar a China y dominar Eurasia

China es la principal potencia económica mundial en torno a la cual giran todas las estrategias geopolíticas de los demás países y regiones del mundo, especialmente desde EE.UU. y Europa. Su alianza integral con Rusia – ambos miembros y líderes de los BRICS – está quebrando el viejo Orden Mundial unipolar implantado tras la Segunda Guerra Mundial y removiendo los cimientos donde se asientan desde hace décadas los centros del poder económico mundial [1]. El viejo eje político-financiero de influencia global EE.UU.-Unión Europea ha cedido su protagonismo al nuevo eje eurasiático Rusia-China. Lo visto en el último Foro Económico de Davos (2017) confirma esta realidad y ha evidenciado que China es ahora el máximo exponente de la Globalización y el Libre Comercio mundial, desplazando a EE.UU. de esa posición ahora que su nuevo presidente parece apuntar en otra dirección.

La llegada de Donald Trump a la presidencia, así como la salida de Reino Unido de la UE tras el Brexit (apoyado por la Corona británica y la City de Londres [2]) o la derrota de la OTAN-CCG y sus terroristas en Siria, son acontecimientos que aceleran y confirman el fin de esa hegemonía unipolar de EE.UU. y la llegada de ese nuevo Orden Mundial multipolar donde las potencias Occidentales ya no tienen la última palabra. Esto a su vez explicaría la peligrosa escalada militar de la OTAN en el este de Europa [3] y el despliegue militar estadounidense en el Mar de la China Meridional [4], o el incremento de las sanciones contra Rusia y los desesperados ataques mediáticos lanzados contra Putin y contra el propio Donald Trump que estamos viviendo en las últimas semanas.

El nuevo presidente de Estados Unidos pretende establecer nuevas relaciones con Rusia y alcanzar acuerdos que rebajen la tensión entre ambos países. Esto, supuestamente, significa que se eliminarían las sanciones económicas y la escalada militar contra Rusia. En varias ocasiones Trump ha dejado claro que su intención en política exterior pasa por abandonar los “cambios de régimen” impulsados por las gobiernos imperialistas anteriores, para centrarse en el desarrollo de la infraestructura interna de su país. Nada negativo que decir ante esta declaración de principios, sin duda. Pero ni Donald Trump es el nuevo Fidel Castro ni las grandes corporaciones que están detrás de él (Goldman Sachs, Exxon-Mobil, General Dynamics, etc.) han sufrido un repentino ataque de humanismo y de ética antibelicista. Más bien su llamada al diálogo y al acuerdo con Rusia  esconde una estrategia encaminada a debilitar y aislar a China.

EE.UU. sufre un insostenible déficit comercial con respecto a China. En los últimos 10 años ese déficit comercial se ha multiplicado hasta representar casi la mitad de todo el déficit comercial de EE.UU. China, además, posee un 15% de deuda pública de EE.UU. La consecuencia directa de esta llegada masiva de productos fabricados en China es la deslocalización de miles de empresas estadounidenses en los últimos años, cuyas desastrosas consecuencias para las clases trabajadoras propiciaron posteriormente la victoria electoral de un astuto Donald Trump que comprendió dónde estaba el problema y cuál era el mensaje que debía enviar a esos trabajadores y desempleados víctimas de la globalización capitalista. Este déficit comercial y el aumento de la deuda externa, unido a una previsible subida de los tipos de interés de los bonos públicos por parte de la Reserva Federal, pone en serio peligro la estabilidad del Dólar y de la economía de EE.UU. Estos y otros factores explican, en parte, porqué China está en el punto de mira del nuevo gobierno estadounidense [5].

Donald Trump necesita frenar el crecimiento y la expansión de China, que ha desplazado a EE.UU. como la primera potencia comercial y económica mundial y paradigma del Libre Comercio y la Globalización capitalista. Y para ello Trump pretende utilizar a Rusia, separándola de China y quebrando el bloque político-económico euroasiático que ambos lideran. Esta parece una tarea surrealista si observamos los fuertes lazos que unen a Rusia con China, pero la situación de debilidad de EE.UU. no le permite evaluar muchas más opciones, salvo que recurra a la fuerza militar que nos conduciría a una Tercera Guerra Mundial. Descartada esta opción tras la derrota de Hillary Clinton, el equipo de Trump intentará a través de las negociaciones con Moscú acercar a Rusia a su terreno, siguiendo una estrategia opuesta a la seguida por Obama que fue un fracaso.

¿Y qué puede ofrecer EE.UU. a Rusia para tratar de persuadirlo y que traicione sus compromisos con China?

En primer lugar, el nuevo gobierno de EE.UU. podría ofrecer a Rusia un acuerdo para luchar realmente contra el terrorismo yihadista (y no seguir apoyando al terrorismo como se ha hecho hasta ahora desde Washington), algo que Trump ya declaró en varias ocasiones. También un acuerdo de no injerencia en Siria respetando la soberanía del país, lo que se traduce en aceptar la legitimidad de Bashar de Al Assad como presidente del país. Además podría rebajar la tensión en el este de Ucrania, forzando al régimen de Kiev al cumplimiento de los acuerdos de Minsk, así como el reconocimiento de Crimea como parte legítima de Rusia. Se podría esperar también un retroceso de la escalada militar de la OTAN frente a sus fronteras. Y por supuesto eliminar las sanciones económicas, comerciales y financieras, que en lugar de aislar a Rusia incentivaron la implementación de acuerdos de Moscú con otras naciones y regiones euroasiáticas, fortaleciendo así su relación con China y su influencia en Eurasia. Como ejemplo de ello, el hecho de que la República Islámica de Irán se vaya a incorporar a la Organización de Cooperación de Shanghái (India y Pakistán también han decidido incorporarse próximamente a la OCS). China- Rusia-Irán forman actualmente un eje estratégico (bajo la nueva “Ruta de la Seda” [6]) que trae de cabeza a los poderes económicos y políticos occidentales. Incluso Rusia e Irán estarían pensando en abandonar el Dólar para realizar sus operaciones comerciales, algo a lo que sin duda se uniría China. La amenaza de sanciones por parte de Washington y sus lacayos ya no asusta a nadie; son un arma de doble filo que puede volverse contra ellos mismos.

Rusia es una potencia mundial de primer orden a todos los niveles. Es un Estado soberano que sigue una política independiente en función de sus intereses, y que es capaz de frenar el poderío militar, político, institucional y mediático de EE.UU., como acaba de demostrar en Siria. Resulta impensable que sus dirigentes puedan caer en esa trampa de Washington. Sin embargo el establishment estadounidense lleva meses trabajando en esta tarea. El 17 de abril de 2016 el influyente exconsejero de Seguridad Nacional y asesor político de las élites imperialistas, Zbigniew Brzezinski, publicó un esclarecedor artículo titulado “Hacia un realineamiento global” (Toward a Global Realignment,- The American Interest, 17/4/2016) donde reconocía y aceptaba resignadamente que EE.UU., a pesar de seguir siendo “la potencia mundial más poderosa”, ya no representaba “el poder imperial global” de antaño (al contrario de lo que él mismo había teorizado años atrás) y llamaba a reorientar la estrategia imperialista hacia un acercamiento a Rusia y China para no perder el tren de Eurasia.

El nuevo gabinete de Donald Trump y el resto de miembros de su equipo de asesores parecen elegidos especialmente para implementar esta agenda de conquista euroasiática. Y por encima de todos ellos, otro viejo criminal de guante blanco ejerce su poder de influencia en la sombra: Henry Kissinger, que en 2016 viajó a Moscú y Pekín y mantiene buenas relaciones personales con Putin y Xi Jinping. Algunos medios y analistas geopolíticos (como F. William Engdahl [7] o Pepe Escobar [8]) lo señalan como el principal asesor “no oficial” de Donald Trump en esta materia, y el responsable de la elección de algunos miembros destacados del gobierno de Trump, como el Secretario de Estado Rex Tillerson (vinculado a Exxon Mobil), o el Secretario de Defensa  James Mattis, entre otros.

Y tengamos en cuenta que decir Kissinger es decir Rockefeller, la poderosa familia de banqueros globalistas-neoliberales (fundadores de Exxon Mobil, precisamente) que han estado ligados a él desde sus inicios políticos. Su objetivo siempre ha sido imponer un “gobierno mundial” que estuviese dirigido por una élite financiera occidental que tomara las decisiones por encima de los gobiernos nacionales o los Estados-nación. Si analizamos en qué consisten las políticas neoliberales y vemos cómo en las últimas décadas los Estados y sus gobiernos, especialmente en Europa, han ido perdiendo soberanía frente a otras instituciones supranacionales (como la Troika, por ejemplo) nos daremos cuenta de que el objetivo de la Globalización y el libre mercado que ellos promueven – y tan defendido por la “izquierda progresista” también – era precisamente el de desarmar y vaciar a los Estados para sustituir su soberanía por la de un “gobierno mundial” que buscan imponer las élites financieras pensando en sus intereses privados.

Ahora parece que han cambiado la estrategia a seguir, pero sus objetivos de dominación global siguen siendo los mismos. Los hechos indican que el capitalismo occidental (EE.UU., Reino Unido, Alemania) mira desesperadamente a Eurasia como un gigantesco espacio imprescindible para poder expandirse y desarrollar sus negocios, sobretodo tras la “crisis económica” de 2008 que se ha convertido en crisis perpetua del sistema. En realidad esta visión estratégica no es nueva. Hace casi 20 años, el citado anteriormente Zbigniew Brzezinski, en su libro “El Gran Tablero Mundial”, ya escribió lo siguiente:

Para Estados Unidos, el premio geopolítico es Eurasia. (…). Eurasia es el continente más grande del mundo y es geopolíticamente axial. Un poder que domine Eurasia controlaría dos de las tres regiones más avanzadas y económicamente más productivas del mundo. El 75 por ciento de las personas en el mundo viven en Eurasia, y la mayor parte de la riqueza física del mundo está allí también, tanto en sus empresas y debajo de su suelo. Eurasia representa el 60 por ciento del PNB mundial y cerca de tres cuartas partes de los recursos energéticos conocidos del mundo”. [9]

Para dominar esa gigantesca parte del planeta es necesario romper las actuales estructuras políticas, financieras, comerciales, económicas y militares trazadas por China y Rusia y el resto de aliados, que son ahora quienes expanden su poder de influencia en Eurasia y cohesionan sus agendas e intereses al margen de EE.UU. El mundo que ellos diseñaron con la intención de dominarlo en exclusiva (bajo la fórmula de un único “gobierno mundial”) se ha derrumbado ante sus pies. Su modelo de globalización capitalista se ha vuelto contra ellos mismos. Ahora intentan recomponer el “gran tablero mundial”, pero parece que los globalizadores-neoliberales llegan demasiado tarde a la cita.

Ante este guerra inter-capitalista por el poder mundial que estamos viviendo, la Unión Europea se muestra una vez más fracturada, entre aquellos que se resisten a aceptar los cambios inevitables que anuncian el nuevo Orden Mundial, y aquellos otros poderes fácticos que se están realineando para salir ganando con el cambio. El Reino Unido parece que ha tomado ese camino eurasiático tras el Brexit. Alemania también está dando pasos para emanciparse de EE.UU. y buscar mercados y aliados estratégicos en Eurasia, sobretodo después de que el Tratado de Libre Comercio EE.UU-UE haya fracasado y de la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. Se habla incluso de un nuevo eje Pekín-Moscú-Berlín.

Entre tanto, los empresarios e industriales alemanes ya se han percatado de una nueva realidad: del mismo modo que el mercado final de los productos made-in-China que circularán por las futuras nuevas rutas de la seda será Europa, una circulación en sentido inverso es asimismo evidente. En un posible futuro comercial, China está destinada a convertirse en el principal socio comercial de Alemania para 2018, por delante tanto de EE.UU. como de Francia. [10]

¿Y cuál es el papel de España ante este cambio geopolítico histórico? Ninguno. ¿Y qué dice y hace la “izquierda parlamentaria” y los “medios progresistas” españoles? Pues manifestarse a favor de la Globalización, del Libre Mercado y de las guerras “humanitarias” de la mano de los globalistas-neoliberales encabezados por Hillary Clinton. El panorama institucional y mediático es desolador desde el punto de vista ideológico. La izquierda como tal ha dejado de existir.

Hoy está de plena actualidad aquella vieja estrategia descrita por el geógrafo y político británico Halford John Mackinder en 1904: “Quien domine Europa del Este controlará el Corazón Continental; quien domine el Corazón Continental controlará la Isla Mundial; quien domine la Isla Mundial controlará el mundo”.

Será apasionante observar cómo se desarrollan los acontecimientos geopolíticos en los próximos meses. No en vano, nuestro futuro como sociedad y como país depende en buen medida de cómo se resuelva toda esta guerra geoestratégica mundial.

REFERENCIAS – NOTAS

[1] Los movimientos de China y Rusia acotan, aún más, a Occidente,- artículo del periodista y politólogo Alberto Cruz (CEPRID, 13/12/2016)

[2] El Brexit redistribuye las cartas de la geopolítica mundial, artículo de Thierry Meyssan (Red Voltaire, 27/6/2016)

[3] Video: Military Press Briefing by US and NATO Generals: We’re Ready for War with Russia…,- informe de Michel Chossudovsky (Global Research, 14/1/2017)

[4] Mar de China Meridional: ¿Qué busca EE.UU. allí? ¿Hay peligro de confrontación?,- Gabriel Fernández para La Señal Medios (Annur TV, 19/1/2017)

[5] ¿Porqué la política exterior de Trump anuncia una guerra económica con China ?,- análisis de John Weeks, profesor de la Escuela de Economía de Asia y África de la Universidad de Londres (publicado en la web Salir del Euro, 7/1/2017)

[6] The Iran-Russia-China Strategic Triangle,- artículo del historiador, economista y periodista independiente F. William Engdahl (New Eastern Outlook, 21/11/2016)

[7] Is Trump the Back Door Man for Henry A. Kissinger & Co?,- F. William Engdahl (New Eastern Outlook, 9/1/2017)

[8] Trump will try to smash the China-Russia-Iran triangle … here’s why he will fail,- artículo del analista geopolítico Pepe Escobar (South China Morning Post, 22/1/2017)

[9] El gran tablero mundial roto: Brzezinski renuncia al imperio,- artículo del analista internacional Mike Whitney (Sin Permiso, 31/8/2016)

[10] ¿Pueden China y Rusia echar a Washington a empujones de Eurasia?,- artículo del analista y corresponsal Pepe Escobar para Tom Dispatch (publicado en español por la web Rebelión.org., 9/10/2014)